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miércoles, 24 de junio de 2009

Frases para toda la vida: Donoso Cortés



«Las clases menesterosas, señora, no se levantan hoy contra las acomodadas sino porque las acomodadas se han resfriado en la caridad para con las menesterosas. Si los ricos no hubieran perdido, la virtud de la caridad, Dios no hubiera permitido que los pobres hubieran perdido la virtud de la paciencia.»
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Carta a doña María Cristina, del 26 de noviembre de 1851

viernes, 12 de junio de 2009

LA APOSTASÍA DEL MUNDO DE HOY (V)

El Mundo actual envuelve una razón especial de perversidad por la apostasía del cristianismo
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El Mundo, creado por Dios, desordenado por el pecado y rescatado por Jesucristo, aún continúa siendo preferentemente malo. Porque el hombre, aunque bautizado, pero destituido del don de la integridad, se deja arrastrar por el desorden de sus concupiscencias. Esto vale para cualquier mundo; y también para un mundo cristiano.
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Llamamos “mundo cristiano” a aquel que hace profesión pública de aceptación de la ley moral cristiana. Que quiere conformar sus instituciones y su vida pública al Mensaje cristiano. Que acepta en medida más o menos real, más o menos profunda, la influencia purificadora e iluminadora del Evangelio. Y decimos que este mundo, a pesar de su profesión pública de “cristianismo”, ha de ofrecer una preponderancia del mal que lo hace contagioso y peligroso. O sea, que el mundo, el mundo concreto de los hombres tal como se presenta hoy, aún en las mejores condiciones, debe decirse “malo” y, no “bueno”, porque en él, su protagonista principal, aún después del rescate de Cristo, se halla inclinado al mal y va a llevar de hecho una vida perversa.
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En este mundo, así caracterizado, podrá haber almas santas que ejerzan influencias bienhechoras y, saludables, pero éstas nunca lograrán una publicidad tan fuerte que alcance a neutralizar los poderes de la concupiscencia de los ojos, concupiscencia de la carne y soberbia de la vida. De aquí, que para el cristiano, aún en la época de esplendor cristiano, tengan vigencia aquellas palabras del Señor: “No pido que los tomes del mundo, sino que los guardes del mal. Ellos no son del mundo, como no soy del mundo yo”.
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Pero el mundo puede encerrar una “especial malicia” que puede provenir de circunstancias históricas determinadas. Vale decir que un pueblo, o aún una civilización, puede conocer un desarrollo tal de las fuerzas del mal que le adjudique una especial significación de perversidad. Tal es la condición de lo que se llama “mundo moderno”, “civilización moderna”, “cultura moderna”, “filosofía moderna” en los que “lo moderno” no encierra una connotación puramente cronológica sino valorativa, y que se refiere a un proceso determinado que tiene lugar en esa civilización.
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La civilización que se desarrolla en la historia hoy, y que ha comenzado hace aproximadamente cinco siglos, no guarda una continuidad homogénea con la civilización anterior. Hay sí una continuidad cronológica, pero no valorativa. La civilización anterior se proponía, en lo fundamental, la creación del hombre cristiano, es decir, de un hombre para el cual los valores referentes a la vida eterna, cuyo depósito se encuentra en la Iglesia, eran lo supremo. La civilización se ocupaba de los bienes terrestres del hombre, pero en forma tal que reconocía públicamente el orden de valores de los bienes eternos, de cuyo cuidado directo se ocupaba la Iglesia. Por ella, esa civilización, en su política, en su economía, en su filosofía, en su cultura, en su arte, favorecía la creación de un hombre “cristiano”. Era una civilización mundana —con todo lo ambiguo de este vocablo, y, aún con la pendiente al mal que la caracteriza y que señalamos anteriormente—, pero una civilización mundana que reconocía públicamente otros valores rascendentales superiores, a cuyo servicio debía de alguna manera colocarse.
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Una civilización orientada hacia lo divino, y lo eterno del hombre, donde por consiguiente, la Iglesia, cuya razón de ser es precisamente este aspecto del hombre, era reconocida como valor supremo de todos los valores.
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En los albores del mundo moderno, la civilización deja de mirar a lo eterno, lo divino, lo sobrenatural, del hombre, para concentrarse en lo puramente humano. Ya no pone el acento en lo “sobrenatural”, sino en lo “natural”, en lo “humano”. Y toda la vida, en la filosofía, en las artes, en la política en la economía, desciende de una escala de valores que se orientaba hacia lo sobrenatural, a una escala de valores orientada a lo puramente natural. Aparece el Humanismo; despunta el laicismo de la política y de la vida; se quiebra en la vida pública de las naciones el reconocimiento de la Iglesia como sociedad pública sobrenatural. Y esta quiebra del orden público que deja de rendir a la Iglesia el homenaje que le corresponde como Sacramento de Salud del hombre86 ha de significar al mismo tiempo la erección de otra civilización orientada hacia el humanismo, racionalismo, naturalismo, en que sólo se tengan en cuenta los valores naturales del hombre.
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La civilización moderna ha de entenderse como una toma de posición histórica frente a la civilización cristiana, a la que intenta suplantar. Representa otra concepción del hombre, con otra escala de valores. Pero esta escala de valores significa, a su vez, un valor más bajo que aquel que es suplantado. Lo divino es, reemplazado por lo humano. Hay, pues, una degradación. Pero una degradación sumamente peligrosa. Porque precisamente la teología de la gracia enseña que el hombre no puede guardar la ley moral natural en su integridad y de manera conveniente sino con el auxilio de lo sobrenatural. Una civilización que niega o simplemente ignora la gracia, no puede mantenerse por mucho tiempo en el plano humano, y ha de ir descendiendo hacia condiciones infrahumanas. Es el caso de la civilización moderna, que del naturalismo, o racionalismo, o humanismo en que se desarrolla durante los siglos XVI, XVII y XVIII ya bajando a un economismo, o animalismo, propio del siglo XIX. El hombre ya no busca la dignidad humana que procuran la política, la filosofía o la cultura de las letras, sino la abundancia de las riquezas.
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La preocupación “económica” viene a orientar la vida del hombre como si éste fuese sólo un animal confortable. Y el ideal humano no, es ya, no digamos el santo, pero ni siquiera el héroe; ahora lo es el burgués. El capitalismo rige la vida de las naciones. Pero aquí tampoco puede el hombre mantenerse. La degradación ha de continuar. Al burgués lo ha de reemplazar el proletario. El burgués buscaba la riqueza, el bienestar puramente material, lo económico. Al proletario le da sentido, no el bienestar, sino “el trabajo”. El comunismo centra toda la civilización alrededor del trabajo. El hombre está hecho para trabajar. Es un instrumento productivo. No ya un animal, en lo que pretendía convertirle, el capitalismo, sino algo más bajo, un puro instrumento de producción.
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El hombre hoy, después de un proceso de degradación que lleva cinco siglos, se halla en estado de impotencia frente a la “vida pública” que le presiona por todas partes y le empuja a situaciones cada vez más degradantes. Hablamos del empuje de la “vida pública” sobre el hombre individual. La “vida pública”, con su “ideario irreligioso”, con, su “filosofía de la contradicción”, con su política de mentiras con su economía agobiadora, con su publicidad y reclame de reflejos condicionados; una “vida pública”.
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No entramos aquí en deslindar responsabilidades, sino a fijar una significación de valores. Es claro que los hombres de Iglesia también son responsables de los errores históricos que persigue con su poderoso aparato tecnocrático a cada individuo, que ha sido quebrado anteriormente en sus estructuras morales y psíquicas. El mundo que actúa sobre el hombre, lejos de ser el mundo de la creación, del pecado y la redención, de que habláramos antes, es un mundo-máquina que se
presenta ante el individuo como un poderoso aparato triturador. El hombre es presa de un engranaje que se apodera de él, lo envuelve en sus mallas y le hace circular en sus bobinas. Después de la etapa de degradación que se prolonga durante cinco siglos, se inicia, con este residuo degradado que es el hombre moderno, otra etapa de domesticación tecnocrática, en la que se quiere usar al hombre para la construcción de una enorme y poderosa Babel. El hombre, privado del goce de Dios, del goce de la reflexión humana, del goce del placer animal y convertido en simple pieza para la Construcción de una poderosa Babel.
(P. Julio Meinvielle, La Iglesia y el Mundo moderno, edición citada)

sábado, 30 de mayo de 2009

LA APOSTASÍA DEL MUNDO DE HOY (IV)

En el mundo, aún después de la Redención,
se entremezcla lo malo con lo bueno, pero con inclinación al mal
(P. Julio Meinvielle)
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El Pelagianismo moderno
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Este punto es sumamente importante, ya que hoy es olvidado, si no negado implícitamente, por los teólogos más escuchados de la hora actual. Cuando hablamos del “mundo”, así a secas, hablamos cosmos encierra al hombre como a su ser más noble, a cuyo servicio se ordenan los otros seres inferiores. El mundo es bueno o malo si el hombre es bueno o malo. Ahora bien, por lo que tiene de sí, el hombre, aún después de la redención de Cristo, aún provisto de los medios de santificación y de gracia que el Espíritu Santo le proporciona, conserva como pena un desorden que le inclina al mal.
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Es el desorden de “la carne”, en cada hombre individual; es el desorden “del mundo” en las colectividades humanas, desorden uno y otro que son agudizados por la presencia e instigación del diablo, que tiene poder de dañar a aquellos que se ponen a su alcance. Por esto, San Pedro exhorta a los primeros cristianos que se encontraban con todos los recursos de la gracia y con el fervor del primer tiempo: “Estad alertas y velad, que vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda rondando y busca a quien devorar”.
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Este desorden de “la carne”, que afecta también al “mundo”, es consecuencia del pecado original de nuestros primeros padres. Este pecado nos transmite una naturaleza humana “privada del don de la justicia original y del don de la integridad”.
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La justicia original ponía orden en el hombre con respecto a Dios. El hombre era entonces un ser en armonía. En armonía con respecto a Dios, su Creador; en armonía consigo mismo, pues las fuerzas interiores que le mueven a buscar el bien sensible se sujetaban a las fuerzas superiores de la razón, que le mueven a buscar el bien racional, o sea lo bueno. El hombre viene hoy a este mundo con una naturaleza enferma. Una naturaleza enferma, que si no está totalmente corrompida, ya que puede hacer muchas obras particulares buenas, está “debilitada”, “mal inclinada”, “más inclinada al mal que al bien”. Por ello, el mundo, compuesto de hombres es más
bien malo que bueno.
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Pelagio, un monje hereje del siglo V, negaba precisamente que el hombre viniera a este mundo afectado por el pecado original y con inclinación al mal. El hombre, decía, viene bueno a este mundo, con su libre albedrío o libertad, por la cual puede hacer el bien o hacer el mal. “La libertad de albedrío, decían los pelagianos, por la cual el hombre se emancipa de Dios, consiste en la posibilidad de admitir el pecado o de abstenerse del pecado”. “El hombre fue hecho animal racional, capaz de la virtud y del vicio, de donde podía, por la posibilidad que le fue concedida, o bien guardar los mandamientos de Dios o transgredirlos, y así tenía voluntad libre de querer una u otra también y sobre todo del hombre, porque el cosa en lo cual consiste el pecado o la justicia”. “La libertad de arbitrio es entonces la posibilidad de hacer o de rechazar el pecado, que tiene cada uno en su poder para seguir lo áspero y duro de las virtudes o lo cenagoso de los placeres”.
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Los hombres, en consecuencia, están igualmente inclinados al bien o al mal, porque de sí mismos y sin ayuda de Dios, pueden hacer el bien o el mal. Contra Pelagio y los pelagianos se levantó como un gigante San Agustín, sosteniendo que el hombre viene a este mundo en estado de caída por efecto de la culpa original, y que no puede por consiguiente conocer todas las verdades del orden natural, al menos el común de los hombres, con facilidad, con certeza y sin errores; y, que no puede cumplir todos y los más difíciles preceptos de la ley natural.
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De aquí que el hombre tenga necesidad de una gracia externa para conocer fácilmente, con certeza y sin errores la verdad de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma, y de una gracia interna para practicar y cumplir en su totalidad la ley moral, y aún algunos de los más difíciles de sus preceptos. La imposibilidad se hace sobre todo sentir, en este segundo aspecto del orden práctico, por cuanto es la voluntad la facultad más directa y profundamente viciada.
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Sabido es que Sto. Tomás llama “heridas de la naturaleza” al estado en que el hombre ha quedado, a consecuencia del pecado original. Al perderse aquella armonía que la justicia original establecía entre la razón humana y Dios, y entre las fuerzas inferiores de la sensibilidad y la misma razón humana, el hombre quedó afectado de cuatro heridas, la una en la prudencia y es la ignorancia, otra en la voluntad y es la malicia, una tercera en el apetito irascible y es la debilidad, y la última que afecta al concupiscible y, es la concupiscencia o el amor desordenado al placer.
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Así herido, el hombre no puede cumplir el bien moral. Puede hacer ciertos bienes particulares “como edificar casas, plantar viñas, y otras semejanzas”; “amar a la esposa, a los hijos, a los hermanos, a los parientes, a los amigos”; “obsequiar a los padres, ayudar al necesitado, no oprimir a los vecinos, no robar lo ajeno”; “hacer aquellas cosas que hacen honesta la vida mortal”; “que se refieren a la equidad de la sociedad humana”, pero no puede guardar toda la ley moral, “así como un enfermo enseña Santo Tomás, puede por sí mismo efectuar algún movimiento, pero no puede moverse perfectamente con movimiento de hombre sano si no es sanado con la medicina”.
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Los teólogos hacen la demostración teológica de estas enseñanzas, comentando lo de San Pablo a los Romanos, Cap. I a VII, en que el Apóstol recrimina a los paganos y a los judíos por los crímenes abominables que cometían, y que demuestra la debilidad en que viene al mundo toda la generación pecadora de Adán, y que sólo tiene remedio con la gracia de Jesucristo. Remedio, si se aplica eficazmente esta gracia, lo cual no se verifica en el común de los cristianos, que viven una vida tibia, llena de caídas y flaquezas, pero que muestra su poder de curación en los santos heroicos, de los que la Iglesia puede exhibir en todo lugar y época ejemplos extraordinarios.
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La razón intrínseca de esta imposibilidad de observar la totalidad de la ley natural la ubican los teólogos en el hecho de que para observarla debía el hombre afirmarse en el fin de la ley, que es el amor de Dios sobre todas las cosas. Pero amar a Dios, a quien no vemos, nos resulta prácticamente imposible, sobre todo amarlo en tal forma efectiva que podamos resistir las tentaciones que nos asedian con fuerza, tentaciones de movimientos de placer, de amor del éxito mundano y de todos los otros atractivos de la vida, cuya renuncia sólo puede hacerse precisamente si tenemos un fuerte amor de Dios.
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El hombre tiene una voluntad enferma, inestable, ciega por los atractivos de la concupiscencia, más ávido de gloria que de virtud, de suerte que es prácticamente imposible que no incurra en claudicaciones. La experiencia propia y la historia de todos los pueblos lo confirma abundantemente. La herejía pelagiana hoy ha entrado de modo inconsciente en el cristiano moderno. No se tiene idea del estado enfermo y caído en que viene el hombre a este mundo.
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De allí que la exaltación de la persona humana y del Humanismo estén en boca de las gentes. Como si el hombre, por sus propias fuerzas pudiera cumplir la ley moral. Como si no estuviera profundamente debilitado. Y como si no lo estuviera mucho más, a consecuencia del naturalismo, que ha penetrado en la sociedad, destruyendo la concepción cristiana sobre la necesidad de la ayuda sobrenatural para la rehabilitación del orden humano, aún en el aspecto puramente natural.

jueves, 28 de mayo de 2009

LA APOSTASÍA DEL MUNDO DE HOY (III)

El mundo inficionado por el pecado es redimido por Cristo
(P. Julio Meinvielle)
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Sabido es que al desorden con que el hombre perturbó el orden creacional, Dios respondió con el nuevo orden creacional. Y este orden gira en torno de Jesucristo y de la Iglesia. En torno al Cuerpo Místico, del cual Cristo es cabeza. “Y así Dios amó al mundo hasta entregarle su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga la vida eterna”. Pero sería un error imaginar que, con la redención operada por Cristo, el mundo inficionado por la culpa se hubiera convertido en sano y bueno. Error semejante el del que creyera que porque el hombre perturbó con su culpa al mundo, ya éste hubiera perdido la bondad originaria.
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Con la redención de Cristo se le ofrece al hombre, a cada hombre particular, una posibilidad concreta de salvación, y al mundo en su totalidad se le ofrece presente y actuante, un Sacramento universal de salud, el Misterio de la Iglesia. De modo que ahora, después que Cristo ha redimido al hombre, o al mundo que contiene en su ámbito al hombre como su mejor realidad, el mundo, además de la bondad de la creación, y de la maldad del pecado, tiene también en su seno la nueva bondad de la verdad y de la gracia de Cristo.
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Pero el hombre, aunque bueno por la creación, después del pecado había quedado de tal suerte pervertido en su comportamiento, que ya no podía cumplir todo el orden del bien, aún del bien propiamente humano, sin la verdad y la gracia de Jesucristo. Y aún hecho cristiano por el bautismo, o sea, recreado por la redención de Cristo, queda inclinado al pecado por el “fomes” del pecado, es decir, por la resistencia del concupiscible y del irascible a sujetarse a la razón. El hombre, aún el cristiano que frecuenta los medios de santificación que nos dejó Cristo en la Iglesia, tiene dentro de sí el desorden de la concupiscencia que lo arrastra al pecado.
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Con esto queremos significar que el mundo, aún después de la redención de Cristo y aún cuando use los medios de santificación dejados a la Iglesia, conserva la inclinación al pecado que le coloca en situación ambigua. Esta ambigüedad del hombre y por ende del mundo, aún en régimen cristiano, ha de afectar a las instituciones básicas de la civilización humana. Y, en efecto, el matrimonio, en su doble, relación esposo-esposa, padres-hijos, el trabajo, la propiedad, la economía, la cultura, el poder político, aún cuando hayan sido sanados y elevados por la gracia de Cristo, conservan un factor de perturbación que los coloca en situación ambigua, de suerte que, en definitiva, pueden ser buenos o malos.
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De aquí que en la Escritura, primeramente, el mundo nos es presentado como ambiguo, es decir, con capacidad para ser bueno o malo, según use o deje de usar esta redención. En la Carta a los Hebreos leemos: “Por lo cual, entrando en este mundo, dice: “No quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo”. Y San Juan escribe: “Él es la propiciación por nuestros pecados. Y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo”. Y los samaritanos decían a la mujer que les anunciaba al Mesías: “Ya no creemos por tu palabra, pues nosotros mismos hemos oído y conocido que éste es verdaderamente el Salvador del Mundo”. Y Marta confesó a Cristo: “Sí Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios que ha venido a este mundo”. Y Cristo decía: “Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo”.
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Y el Evangelio de San Juan trae el gran texto que dice: “Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna; pues Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para que juzgue al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él”.
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Pero el mundo, aún después de la venida de Cristo, puede ser bueno si acepta el mensaje que éste ha traído, y puede ser malo si lo rechaza. “El que cree no es juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y el juicio consiste en que vino la luz del mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas”.
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Porque el mundo, aún después de la redención de Cristo, es un lugar arrastrado por la escatología donde se mezclan los malos y los buenos. Cristo mismo nos lo explica, en la parábola de la cizaña, diciendo: “El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre, el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino; la cizaña son los hijos del maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la siega es la consumación del mundo; los segadores son los ángeles; a la manera, pues, que se recoge la cizaña y se quema en el fuego, así será en la consumación del mundo”.
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Cristo en la oración de la última cena ruega por sus discípulos, para que Dios no los saque del mundo, sino que los guarde del mal que hay en el mundo. Dice así: “Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que tú me diste, porque son tuyos... Yo ya no estoy en el mundo...
Yo les he dado tu palabra, y el mundo los aborreció, porque no eran del mundo, como yo no soy del mundo. No pido que los tomes del mundo, sino que los guardes del mal... Como tú me enviaste al mundo, así yo los envié, a ellos al mundo”
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Este mundo, con todos los valores que contiene, valores de naturaleza y culturales, aún después de la redención tiene para el cristiano una significación ambigua, de suerte que ha de ser apetecido y buscado en la medida en que nos sirva para la vida eterna. De aquí que Cristo puede decir: “¿Y qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?”, y también: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura”. Y las cosas de este mundo, incluso los mismos ministros, de la Iglesia, “ya el mundo, ya la vida, ya la muerte; ya lo presente, ya lo venidero, todo es vuestro; y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios”.

viernes, 22 de mayo de 2009

LA APOSTASÍA DEL MUNDO DE HOY (II)

El Mundo ha sido perturbado por el pecado del hombre
(P. Julio Meinvielle)
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Pero en ese Mundo, que salió bueno de las manos de Dios, el hombre con su pecado introdujo el desorden y con el desorden la muerte. El Génesis cuenta el pecado de Adán. Este, con su culpa, perdió para sí y para su descendencia la justicia original, que le ordenaba con respecto a Dios y que ponía orden en las diversas partes del alma. Al perder el hombre su ordenamiento con respecto a Dios, perdió también el ordenamiento interno del propio ser, por el que las fuerzas inferiores del alma se sujetaban a las superiores. Este desorden en el alma introdujo el desorden en el cuerpo.
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“Dios hizo al hombre recto” y “esta rectitud consistía en que la razón obedecía a Dios, y las fuerzas inferiores a la razón, y el cuerpo al alma. Porque la primera sujeción era causa de la segunda y de la tercera: porque todo el tiempo que la razón permanecía sujeta a Dios, las cosas inferiores se le sujetaban”. Pero también la naturaleza se rebeló contra el hombre y se le convirtió en enemiga. “La desobediencia con respecto al hombre de aquellos que debían estar sujetos siguió en pena del hombre que desobedeció a Dios”.
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Y el hombre se avergonzó de la propia desnudez, porque “sintió el movimiento de la desobediencia de la carne como pena correspondiente a su desobediencia a Dios...”. “Entonces, pues, la carne comenzó a desear contra el espíritu, y con esta batalla y lucha nacimos, trayendo nosotros el origen de la muerte...”. La mujer sintió los trabajos y el dolor su condición de mujer: “Multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Parirás con dolor los hijos, y buscarás con ardor tu marido, que te dominará”. Al hombre se le hizo difícil el trabajo y duro el sostenimiento de la vida. “Por ti será maldita la tierra; con trabajo comerás de ella todo el tiempo de tu vida; y te daré espinas y abrojos, y comerás las hierbas del campo. Con el sudor de tu frente comerás pan. Hasta que vuelvas a la tierra”.
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Se alteraron las relaciones de amor entre hombre y mujer y se introdujeron poligamia y otros desórdenes sexuales. Entraron el odio el crimen en los hombres , y con ello, las guerras de razas, clases, de pueblos. Apuntó ya en la aurora de la humanidad una civilización materialista y tecnocrática. Tubalcaín, descendiente de Caín, fue forjador de instrumentos cortantes de bronce y de hierro. Las lenguas se confundieron. La humanidad se corrompió a tal punto que Dios resolvió exterminarla. “No permanecerá, dijo Dios, por siempre mi espíritu en el hombre, porque no es más que carne”
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Al desordenarse el hombre en la relación con Dios, o sea, en lo más alto de su espíritu, se desordenó en las demás partes de su alma, se desordenó con las cosas exteriores y con sus semejantes, y así, toda la vida humana, en las relaciones sexuales, en la economía, en la cultura, en la política, quedó profundamente trastornada. De aquí lo peligroso de ciencias modernas como la psicología y la sociología, si se las quiere tomar —y esta pretensión no falta— como ciencias ordenadoras y remodeladoras del hombre.
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Como estas ciencias tienen como objeto específico decirnos cómo se desarrollan en concreto, y para el término común, los comportamientos psicológicos y sociológicos, y cómo éstos, funcionando bajo la presión del desorden original, se desenvuelven en contra de las leyes morales, resulta entonces que en nombre de la ciencia se incita al hombre actual al desorden y a la ruina.
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El diablo tomó posesión del mundo. Porque es Príncipe de este mundo. Y es “Príncipe de este Mundo” no porque le corresponda por dominio adquirido por derecho, sino porque lo ha usurpado, en cuanto los hombres mundanos, despreciando al Señor, se han sujetado al diablo.El diablo es llamado también dios de este siglo porque le sirven los que viven mundanamente, aquellos cuyo dios es el vientre, del modo como el apóstol dice a los Fil. 3, 19.
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Aunque no todos los pecados de los hombres proceden directamente de la instigación del diablo, ya que muchos se producen por el mal uso del libre albedrío y por la corrupción de la carne, sin que en ello intervenga el diablo: sin embargo, indirectamente el diablo es causa de todos nuestros pecados, porque él instigó al primer hombre a pecar, y de este pecado se ha seguido en todo el género humano cierta inclinación a todos los pecados.
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Este mundo perturbado por el pecado y colocado bajo el poder del demonio nos es presentado en el Nuevo Testamento como malo y, en consecuencia, como que debe ser evitado por el hombre. “No améis al mundo ni a lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él la caridad del Padre”. “Adúlteros, ¿no sabéis que la amistad del mundo es enemiga de Dios? Quien pretende ser amigo del mundo, se hace enemigo de Dios” dice con fuerza el Apóstol Santiago.
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Y conocidas las palabras del Apóstol San Juan: “Porque todo lo que hay en el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no viene del Padre, sino que procede del mundo”. Y el mismo Apóstol opone fuertemente al cristiano y el mundo: “Sabemos que somos de Dios, mientras que el mundo todo está bajo el maligno”. Ya el mismo
Cristo había empleado un lenguaje de franco distanciamiento frente al mundo. “El mundo no puede aborreceros a vosotros, dice pero a mí me aborrece, porque doy testimonio contra él de que sus obras son malas”.
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Y vuelve el Señor, en su famoso discurso de la última cena a denunciar el odio del mundo contra El y los suyos: “Si el mundo os aborrece, dice60, sabed que me aborreció a mí primero que a vosotros. Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por esto el mundo os aborrece. El mundo se halla bajo las potencias del mal y bajo el diablo, príncipe de este mundo, y contra ellos es necesario combatir: “Vestíos de toda la armadura de Dios, dice el Apóstol, para que podáis resistir
a las insidias del diablo, que no es nuestra lucha contra la sangre y, la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires”.

jueves, 21 de mayo de 2009

LA APOSTASÍA DEL MUNDO DE HOY (I)

EL MUNDO, EN SUS MÚLTIPLES SIGNIFICADOS,
FRENTE A LA IGLESIA
(P. Julio Meinvielle, "La Iglesia y el Mundo Moderno", Ediciones Theoria, Buenos Aires, versión digital 2008)
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Hemos puntualizado la significación de la Iglesia para el Hombre. Ella es el Misterio que realiza en nosotros los designios más insondables de Dios. Hemos visto también cómo en la Iglesia, aunque todos sus miembros están llamados a una igualdad esencial, que consiste en la santidad, existe por divina disposición una jerarquía de clérigos y de laicos. Los clérigos tienen como misión particular las cosas que se refieren a la Iglesia misma, las cuales todas giran alrededor del Culto. Los laicos tienen como misión especial su santificación en el Mundo. Corresponde ahora que configuremos el significado del Mundo en su relación con la Iglesia.
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El Mundo de la Creación
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Dios ha creado el Mundo y lo ha creado bueno. El Génesis nos cuenta, en una narración llena de frescura, cómo Dios creó la luz, el firmamento, los mares, las plantas, los astros del cielo, los animales, y, al término de cada efecto creador, halló que lo que había hecho era bueno. Creó luego al hombre, a imagen suya, y lo creó macho y hembra. Y les dijo: “Procread y multiplicaos y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre cuanto vive y se mueve sobre la tierra”. Dijo también Dios: “Ahí os doy cuantas hierbas dan semilla sobre la haz de la tierra toda, y cuantos árboles producen fruto de simiente, para que todos os sirvan de alimento”.
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Y aquí el Génesis comenta: “Y vio ser muy bueno cuanto había hecho”. Si la creación del mundo de las cosas y animales resultó “buena”, la creación del mundo del hombre resultó “muy buena”. Y en este mundo del hombre hemos de incluir con el hombre mismo y con todo lo que a él se refiere, su diferencia de sexos la fecundidad procreativa, y su dominio sobre toda la creación inferior, y la capacidad de alimentación de la tierra y finalmente, las relaciones mismas de los hombres.
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De aquí se desprende que todos los valores creacionales, salidos de la mano de Dios, han de estimarse buenos. El Cosmos, con todos los seres que contiene, y sobre todo el hombre, y la institución matrimonial y familiar vinculada con la multiplicación humana de los hombres; el trabajo su poder creador transformativo de la naturaleza; la economía, que es el saber en el uso de las cosas para satisfacer las necesidades humanas; y aún la política, que es la ciencia del ordenamiento y dominio de los hombres, todo es bueno y muy bueno.
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Alguien podría pensar que en el estado de inocencia en que originariamente Dios creó al hombre, no habría de haber dominio político de unos sobre otros. No piensa así Santo Tomás. Rechaza sí que pudiera haber dominio como el que existe entre el amo y el esclavo, dominio de servidumbre. Porque en ésta, el señor domina al siervo y lo utiliza en provecho propio. Y es claro que a nadie le gusta verse despojado del fruto de su trabajo en provecho del otro. Sólo un castigo, que no tenía razón de ser en el estado inocencia, podría justificar la introducción de esta institución. Pero el dominio político propiamente dicho, es el que ejerce sobre el dirigido en bien del dirigido mismo, y éste cabe en el estado de inocencia, ya que la vida social y la política forman parte del hombre como una de sus principales y nobles dimensiones.
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Es importante destacar este carácter de bondad, que tiene, en su razón originaria, el mundo de la creación. Porque él ha de perseverar, no obstante las perturbaciones que se han de producir con la introducción del pecado. Ello justifica que en la Escritura el Mundo pueda y deba entenderse como una realidad buena. “Todo ha sido hecho por Él y sin Él nada se ha hecho" (Jn., 1, 3). “El Mundo ha sido hecho por Él”, dice San Juan (1, 10). “Todo lo que Dios ha creado es bueno, y ningún alimento se ha de proscribir, si se toma en acción de gracias”, dice el Apóstol (I Tim., 4, 4). Todo el Universo material y visible, todo nuestro universo humano y moral, el cosmos y el hombre, la cultura y la historia, con sus relaciones mutuas, todo es fundamentalmente bueno, porque viene de Dios.
(Capítulo III, Edición digital dirigida por R. P. Dr. Arturo A. Ruiz Freites IVE
Digitalización y Corrección del texto por religiosos y religiosas del Instituto del Verbo Encarnado (IVE) y de las Servidoras del Señor y la Virgen de Matará (SSVM). Segni (RM))

lunes, 9 de marzo de 2009

De cómo en toda gran cuestión política va envuelta siempre una gran cuestión teológica

J. Donoso Cortés
"Ensayo sobre el Catolicismo, Liberalismo y Socialismo", Libro I, Cap. I

M. Proudhon ha escrito en sus Confesiones de un revolucionario estas notables palabras: «Es cosa que admira el ver de qué manera en todas nuestras cuestiones políticas tropezamos siempre con la teología». Nada hay aquí que pueda causar sorpresa, sino la sorpresa de M. Proudhon. La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas.

Esto sirve para explicar por qué causa, al compás mismo con que se disminuye la fe, se disminuyen las verdades en el mundo; y por qué causa la sociedad que vuelve la espalda a Dios ve ennegrecerse de súbito, con aterradora oscuridad, todos sus horizontes. Por esta razón, la religión ha sido considerada por todos los hombres y en todos los tiempos como el fundamento indestructible de las sociedades humanas: Omnis humanae societatis fundamentum convellit qui religionem convellit, dice Platón en el libro X de sus Leyes. Según Jenofonte (sobre Sócrates), «las ciudades y naciones más piadosas han sido siempre las más duraderas y más sabias». Plutarco afirma (contra Colotés) que «es cosa más fácil fundar una ciudad en el aire que constituir una sociedad sin la creencia de los dioses».

La diminución de la fe, que produce la diminución de la verdad, no lleva consigo forzosamente la diminución, sino el extravío de la inteligencia humana. Misericordioso y justo a un tiempo mismo, Dios niega a las inteligencias culpables la verdad, pero no les niega la vida; las condena al error, mas no a la muerte.

Y lo mismo que aquí se dice de las edades, puede decirse de los hombres. Negándoles o concediéndoles la fe, les niega Dios o les quita la verdad; ni les da ni les quita la inteligencia. La de los incrédulos puede ser altísima, y la de los creyentes humilde: la primera, empero, no es grande sino a la manera del abismo, mientras que la segunda es santa a la manera de un tabernáculo: en la primera habita el error, en la segunda la verdad.
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En el abismo está, con el error, la muerte; en el tabernáculo, con la verdad, la vida. Por esta razón, para aquellas sociedades que abandonan el culto austero de la verdad por la idolatría del ingenio, no hay esperanza ninguna. En pos de los sofismas vienen las revoluciones, y en pos de los sofistas los verdugos.
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Posee la verdad política el que conoce las leyes a que están sujetos los gobiernos; posee la verdad social el que conoce las leyes a que están sujetas las sociedades humanas; conoce estas leyes el que conoce a Dios; conoce a Dios el que oye lo que Él afirma de sí y cree lo mismo que oye. La teología es la ciencia que tiene por objeto esas afirmaciones. De donde se sigue que toda afirmación relativa a Dios, o, lo que es lo mismo, que toda verdad política o social se convierte forzosamente en una verdad teológica.
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(Extractos)

domingo, 15 de febrero de 2009

POR QUÉ EL LIBERALISMO DESCRISTIANIZA

La palabra liberalismo tiene diversidad de acepciones, con frecuencia no precisadas en su posible conexión. El liberalismo económico ahora casi define la ideología de las actuales «derechas», que preferentemente gustan de llamarse «centro». Liberalismo, en el mundo protestante, especialmente anglosajón, es sinónimo, en lo religioso y teológico, del modernismo que condenó san Pío X o del actual progresismo....

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lunes, 12 de enero de 2009

POR QUÉ EL LIBERALISMO DESCRISTIANIZA


Una conferencia inolvidable de Francisco Canals Vidal


La palabra liberalismo tiene diversidad de acepciones, con frecuencia no precisadas en su posible conexión. El liberalismo económico ahora casi define la ideología de las actuales «derechas», que preferentemente gustan de llamarse «centro». Liberalismo, en el mundo protestante, especialmente anglosajón, es sinónimo, en lo religioso y teológico, del modernismo que condenó san Pío X o del actual progresismo. En el siglo XIX era una doctrina que se orientaba hacia la separación de la Iglesia y el Estado, y se realizaba en el reconocimiento obligatorio de la igualdad de derechos de todas las confesiones religiosas.

Aquí me ocuparé de esta tercera acepción, que fue cronológicamente la primera en difundirse y que fue objeto de condenaciones pontificias, sobre todo en los pontificados de Gregorio XVI, Pío IX, León XIII y san Pío X. Pío XI le dio el nombre de laicismo y lo condenó igualmente. Ahora, tanto la palabra liberalismo como la de laicismo, en este sentido de relación entre lo religioso y lo político, están prácticamente rehabilitadas y elaboradas positivamente, lo cual es un factor decisivo de la actual confusión de ideas.
Buscando razones en defensa del juicio condenatorio de la Iglesia sobre el liberalismo así entendido, se podrían aducir muchos hechos que hacen patente el efecto profunda y extensamente descristianizador de la política y de la legislación liberales. En esta misma asociación de la Ciudad Católica, y aquí en Barcelona, el profesor Alsina analizó documentadamente la pavorosa decadencia de la vida religiosa y de la fecundidad de las familias cristianas en cuanto a las vocaciones sacerdotales y religiosas, que han acaecido en España como efecto de la transición a la democracia, con el paso de una legislación que proclamaba el deber de regularse según la doctrina católica a la afirmación de la completa «descatolización» del Estado español.

Me voy a ocupar, en esta ocasión, de razonar el acierto del juicio de la Iglesia -recordemos que los juicios doctrinales no se derogan por el silencio ni por el lenguaje más o menos preciso con que se planteen cuestiones en el campo político o sociológico- atendiendo a una fuente filosófica fundamental, inspiradora del Contrato social de Rousseau, orientadora de la Ilustración del siglo XVIII y que está en el origen de la «desconfesionalización» de la sociedad política en los Estados Unidos: me refiero a la doctrina de Spinoza, el judío holandés enemistado con la sinagoga de su tiempo y más amigo de los cristianos liberales que eran los republicanos holandeses, enfrentados al calvinismo de Guillermo de Orange, el que «salvó» Inglaterra del catolicismo e instauró y reforzó la confesionalidad en el Reino de la Iglesia de Inglaterra ratificada en su protestantismo reformado, es decir, calvinista.

Bonifacio VIII promulgó una bula de las más denostadas y desprestigiadas, no sólo por los enemigos de fuera de la Iglesia, sino también desde dentro, por todos los regalistas, galicanos y febronianos y, desde luego, por los católicos liberales.

Leamos el punto de partida y la definición a que llega la bula, de 18 de noviembre de 1302: «La fe nos urge y obliga a creer y mantener y confesar que es una la Santa Iglesia Católica y Apostólica, fuera de la cual no se da salvación ni remisión de los pecados, que es único el Cuerpo místico, cuya Cabeza es Cristo, que es el Cristo de Dios, en la cual Iglesia hay un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo» (DS núm. 870).
La conclusión que contiene la fórmula definitoria dice:
«Así pues, estar sometido al Romano Pontífce es absolutamente de necesidad para la salvación para toda humana criatura. Lo declaramos, lo afrmamos y lo decimos» (DS núm. 875).
En el texto de la bula se habla de las «dos espadas», la espiritual y la temporal. «La primera, ejercida por la Iglesia: la segunda, por los reyes y soldados. Pero, según el agrado y tolerancia del sacerdote. Pues es necesario que una espada esté bajo la otra espada, y que la autoridad temporal se someta a la autoridad espiritual» (DS núm. 873).
El tema de las dos espadas se toma a partir del pasaje evangélico en el cual los Apóstoles, durante la Pasión del Señor, aluden a que tenían «dos espadas». Según el magistral estudio del padre Francisco Segarra, esta argumentación y su contexto no son lo definido infaliblemente. Lo definido infaliblemente es el universal deber de obedecer a la Iglesia en todo lo humano, fundado en que la Iglesia es la única Iglesia de Cristo.
El rey Jacobo I de Inglaterra escribió el tratado Contra la doctrina católica de la autoridad pontificia sobre los reyes. El último acto de juicio formal condenatorio de un rey, y declaratorio de que sus súbditos no le debían obediencia, por oponerse él a la Ley divina, es el de san Pío V contra la reina Isabel de Inglaterra, en una bula de 25 de febrero de 1570 (véase Historia de los papas, de Ludovico Pastor, versión castellana, vol. XVIII, Barcelona, 1931, p. 180 ss.).
Notemos que es el último papa canonizado anterior a Pío X y recordemos que los ingleses católicos no lo recibieron con adhesión entusiasta. En réplica al rey Jacobo, escribió Suárez, en 1613, su Defensa de la fe católica contra los errores de lo secta anglicana con respuesta a lo apología a favor del juramento de fidelidad y el Prefacio monitorio del Serenísimo Rey de Inglaterra Jacobo.
En esta obra de Suárez, la cuestión decisiva es tratada en su parte tercera. El rey Jacobo defendía que, siendo el poder real de origen divino, era una usurpación de los papas romanos pretender que tenían juicio y autoridad sobre el poder real. Suárez argumenta contra el rey Jacobo partiendo del principio de que no podrían existir en el mundo dos autoridades soberanas entre las que no se diese ningún orden ni dependencia de una con otra: «O la Iglesia tiene autoridad sobre los reyes en lo que ha sido confiado a la autoridad de la Iglesia o, por el contrario, habrá que reconocer que la Iglesia ha de someterse al poder real». Si no se acepta la autoridad del Papa sobre los reyes, hay que aceptar la autoridad de los reyes sobre la Iglesia.
En realidad, en la hostilidad secular contra la doctrina de Bonifacio VIII estaba subyacente la voluntad de que el poder humano de las autoridades de los estados no tuviese que reconocer ninguna dependencia ni deber de obediencia respecto de los juicios morales que diese la Iglesia sobre las leyes y decisiones políticas. Esta emancipación del hombre frente a Dios, realizada a pretexto del principio de independencia de lo político respecto de la autoridad religiosa, que fue madurando desde el regalismo a través de la Ilustración de las monarquías del despotismo ilustrado, no tendría en el mundo su culminación definitiva más que en el Estado liberal. En la proposición veinte del Syllabus de Pío IX, de 8 de diciembre de 1864, leemos:
«El poder eclesiástico no debe ejercer su autoridad sin permiso ni asentimiento de la autoridad política» (DS núm. 2920).

Y en la proposición treinta y nueve, encontramos condenado el siguiente principio: «El Estado de la República (es decir, el Estado de origen democrático), en cuanto que es el origen y la fuente de todos los derechos, goza de un derecho no circunscrito por límite alguno» (DS núm. 2939).

Recuerdo que, en los tiempos del ascenso del totalitarismo del Estado nazi, comentaban algunos que Pío IX se había anticipado a su condenación. Lo que en realidad hizo Pío IX es condenar muy explícitamente y con perfecto conocimiento de causa el liberalismo de su tiempo, que sentó el principio que desde entonces no ha hecho sino consolidarse y desarrollarse en sus consecuencias. La democracia absoluta que ahora se presenta a sí misma como la única forma de poder humano acorde con la naturaleza del hombre se fundamenta en principios filosóficos de los que se deduce lógicamente la absoluta independencia respecto de Dios de la voluntad política de los hombres.
Spinoza sostiene que «siempre que en un Estado se admita el ejercicio de una autoridad independientemente del poder político habrá, necesariamente, escisión y lucha, como ocurrió a los reyes de Israel, a los que pretendían juzgar los Profetas». Y, a partir de aquí, sostiene que «sólo el poder político puede ser fuente de la vida moral» y que «los que tienen el poder soberano son guardianes e intérpretes, no sólo del derecho civil, sino también del sagrado, y que únicamente ellos tienen derecho a decidir qué sea lo justo y qué lo injusto, lo que sea conforme o no a la piedad. Mi conclusión, finalmente, es que, en orden a mantener el derecho de la mejor manera posible y asegurar la estabilidad del Estado, conviene dejar a cada uno libre de pensar lo que quiera, y de decir lo que piense» (Tractatus theologico-politicus, prefacio).
El Tractatus theologico-politicus de Spinoza fue escrito en 1670. Fue más conocido como el punto de partida de los criterios metafísicos y epistemológicos que pusieron en marcha la lectura racionalista y modernista de la Sagrada Escritura, pero ejerció una inspiración profunda en lo más originario y auténtico del pensamiento liberal. Parece muy probable que el verdadero creador del edificio político americano, Thomas Jefferson, aparentemente «unitariano» era, en su pensamiento profundo, un discípulo de Spinoza, porque hacía ya tiempo que el unitarianismo, que se presentaba como «negador de la Trinidad», había evolucionado en la dirección del monismo panteísta y naturalista que se había expresado en forma tan explícita en la obra del judío no creyente, sino «filósofo», Baruch de Spinoza.
Los católicos liberales del siglo XIX ponían en duda el acierto y la justicia de las condenaciones pontificias sobre el liberalismo, e inspiraron prácticamente la aceptación de los principios liberales. Si hubiesen atendido a las fuentes filosóficas del liberalismo, hubieran comprendido el profundo acierto de las condenaciones de la Iglesia.

En realidad, el Estado moderno de inspiración filosófica deriva prácticamente del panteísmo que. con formulaciones de un monismo estático spinoziano o de un monismo dialéctico hegeliano, vino a reinar en el Occidente apóstata del cristianismo a partir de la Revolución francesa. La primera proposición del Syllabus de Pío IX contiene una admirable síntesis de todos los errores contemporáneos en esta su doble raíz spinoziana y hegeliana. La proposición condenada dice así:
«No existe ningún poder divino supremo sapientísimo y providentísimo, distinto de la
universalidad de las cosas, y Dios es idéntico con la naturaleza y, por lo mismo, sometido a cambio, y en realidad Dios se realiza en el hombre v en el mundo, y todas las cosas son Dios, y tienen la mismísima substancia de Dios, y una y la misma cosa es Dios y el mundo y, por consiguiente, el espíritu y la materia, la necesidad y la libertad, lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto» (DS núm. 2901).
Si los católicos liberales hubiesen atendido a las fuentes filosóficas del liberalismo, hubieran podido advertir la razón profunda de su devastadora influencía descristianizadora. El venerable obispo Torras y Bages veía la revolución liberal como la puesta en práctica del Contrato social de Rousseau. Acertaba plenamente, pero podemos añadir que el propio Rousseau, en su Contrato social, viene a ser un epígono de Spinoza, en todo el sistema de su pensamiento (expuesto en la Ethica, el Tractatus theologico-politicus y el Tractatus politici).
Desde el naturalismo integral de Spinoza carece de sentido el libre albedrío, la conciencia del deber, del mérito y del demérito, o del bien y del mal, pensados como distintos de la utilidad o del deseo al que el hombre es impulsado necesariamente por la naturaleza. Si proclamamos la necesidad natural de todas las operaciones del hombre, nos libramos del sentimiento de culpa por el remordimiento.
El mismo Freud es spinoziano. Un misterio presente en el mundo contemporáneo descristianizado es la frecuencia del lenguaje moralizador, condenatorio precisamente de lo tradicional cristiano y del orden natural de las cosas -del matrimonio monógamo e ¡ndisoluble entre varón y mujer, de la fecundidad contraria al aborto, de la conservación de la vida contraria a la eutanasia, de toda autoridad en la familia y en la escuela- para cumplir literalmente la profecía bíblica: «¡Ay de los que a lo bueno llaman malo y a lo malo, bueno!».
Nuestro mundo está atravesado por la desconcertante paradoja de que la filosofía que inspira el liberalismo es determinista, negadora del libre albedrío y desconocedora del carácter personal del individuo humano. Por esto, no es de extrañar que la mayoría de los que combaten la pena de muerte defiendan la licitud del aborto y de la eutanasia. El juicio condenatorio de Pío IX en la Quanta cura y el Syllabus fue reiterado y sistematizado con precisión admirable en el plano doctrinal por León XIII, sobre todo en sus encíclicas Immortale Dei y Libertas, que presentan el liberalismo como la puesta en práctica del inmanentismo naturalista y, a la vez, advierten que el liberalismo conduce al ateísmo.
León XIII insistió en que viene del ateísmo el que el Estado conceda a todas las religiones iguales derechos. Su juicio se corresponde plenamente con la intención profunda de la concesión, por el Estado liberal, del derecho que propugnaba Spinoza de dejar a cada uno pensar lo que quiera y decir lo que piensa como camino para que el poder político se constituya en única fuente de ideas morales.
En realidad, estamos viendo esto en la vida política interna de los estados y en la vida internacional: desde la ONU y desde la UNESCO, los criterios y las normas con que se pretende evitar el contagio del SIDA o regular la explosión demográfica en el mundo dan por presupuesto como algo obvio que desde los poderes estatales o internacionales no se ha de esperar ni se puede aceptar ninguna normatividad moral de origen religioso, procedente de cualquier iglesia o confesión.

Hay que reconocer que desde la ONU, como desde los poderes políticos estatales, ni se espera ni se aceptaría un juicio moral venido del mundo religioso. Sociológica y culturalmente, nos encontramos con la trágica exclusividad del islamismo en aparecer como una resistencia explícita a la secularización del laicismo en nuestra vida colectiva. Si se hubiese atendido a los procesos reales que hemos presenciado y que han llevado a la descristianización de la cristiandad occidental, tendríamos que reconocer dos hechos importantísimos y de significado decisivo:
En primer lugar, la injusticia sectaria que ha hecho evolucionar el Estado separado de la Iglesia hacia el Estado laicista opresor del derecho a la presencia de la fe en la educación y en la vida social, que no es algo contradictorio con los principios de liberalismo que la Iglesia condenó, ni accidental su dinamismo profundo. En segundo lugar, la hegemónica influencia del sectarismo anticristiano en los medios de comunicación social y en todos los ámbitos culturales que han conformado la mentalidad contemporánea antiteística es algo no sólo coherente con los principios del liberalismo, sino algo intentado por «principios» explícitamente afirmados como la finalidad del propio liberalismo desde sus fuentes filosóficas originarias y capitales.

Al preparar el envío de la ponencia pronunciada en Barcelona en el último congreso de la Ciudad Católica, me parece oportuno añadir unas notas sobre la filosofía profunda de los nacionalismos, a modo de homenaje al eminente pensador Rafael Gambra, recientemente fallecido, y que durante tantos años había colaborado activamente manteniendo la presencia del pensamiento tradicional en tantos ámbitos de la vida española.

En un iluminador trabajo titulado Patriotismo y nacionalismo, publicado en la revista barcelonesa Cristiandad (núm. 160. noviembre 1950, pp. 507-508), Rafael Gambra formuló un análisis profundo y fundamental sobre la génesis y el sentido de la ideología nacionalista que me parece oportuno citar literalmente con alguna extensión:

«Para los ilustrados, las diversas religiones... eran visiones burdas, representaciones populares de una más profunda verdad, que es la comprensión racional, científica, del universo. Y como complemento de este nuevo gnosticismo vulgarizado dominó, en el ambiente de las Luces, una filosofía de la historia según la cual se va operando lentamente un proceso de racionalización en el cual la razón va abriéndose paso a través de las nieblas de la ignorancia, de la superstición y de la creencia. [...]

»La actitud personal del enciclopedista, congruente con esta concepción, habría de ser idéntica a la del antiguo sofos griego, que fue heredada por el gnosticismo: un aristocrático desdén hacia las perecederas creencias del pueblo y del medio ambiente, y la pasividad meramente espectadora del «iniciado» que espera lo que necesariamente y por sus pasos contados ha de suceder.
»Sin embargo, en el seno de la Ilustración, surgió una voz que, si participante del espíritu general del movimiento, era disidente respecto de la filosofía de la historia... fue la voz la J.J. Rousseau. Para el autor del Emilio, el advenimiento de la era racional de la humanidad no ha de venir por sus pasos contados, en un lento pero necesario abandono de los ídolos, porque la irracionalidad no es meramente un estrato previo que se transformará en Ilustración, sino que es causa del mal, del único mal posible, origen de la perversión del hombre, naturalmente bueno... es preciso, en consecuencia, destruir esa sociedad para, sobre ella, edificar la nueva sociedad racional, en la que el hombre, libre de estas influencias deletéreas... recupere el máximo posible de libertad, y con ello de espontánea inocencia.
»Entonces surge de un modo explícito el espíritu revolucionario, por oposición y en contraste con el plácido espíritu enciclopedista que, simplemente, esperaba la evolución. [...] »Esta organización de la sociedad sobre bases racionales a partir de una ruptura con el pasado debería realizarse, para ser lógica, sobre la sociedad universal, o al menos sobre un ideal universalista, antinacional.

»Sin embargo, contra la lógica interna del sistema, el constitucionalismo decimonónico admitió y se aplicó a las nacionalidades existentes, estableciéndose para cada nación una Constitución racional y definitiva que tomaba como objeto y calificativo, precisamente, el nombre de la nacionalidad. Entonces surge un nuevo y extraño sentimiento que, como el antiguo patriotismo, representa una adhesión afectiva a la propia nación, pero que no puede llamarse ya 'patriotismo' porque reniega de la obra de los padres y antepasados, y se funda sobre una ruptura con su mundo y sus valores. Este sentimiento es el nacionalismo».
A continuación, Gambra señala dos características del nacionalismo como «nueva fuerza espiritual del mundo moderno»: su naturaleza teórica frente a la meramente afectiva y existencial del patriotismo... y su absolutividad.
«Al paso que el patriotismo puede ser un sentimiento condicionado y jerarquizado... en el nacionalismo la razón de Estado es causa suprema e inapelable, y la nación o Estado, hipostasiados, comunidad abstracta, constituyen una instancia superior sin ulterior recurso». El fundamentado juicio de Rafael Gambra responde a un conocimiento auténtico de las bases filosóficas y los condicionamientos culturales en que se gestó la doctrina nacionalista: el idealismo filosófico, elaborado en el contexto cultural del Romanticismo alemán. En esta nota de homenaje a Gambra, no haré sino subrayar los rasgos característicos de este pensamiento en el doctrinario del nacionalismo catalán.
Enric Prat de la Riba, en su decisivo manifiesto La nacionalitat catalana, afirma:
«Descentralización, autogobierno, federalismo, estado compuesto, autonomismo, particularismo, suben con el astro nuevo, pero no lo son. Una Cataluña libre podría ser uniformista, centralizadora, democrática, absolutista, católica, librepensadora. Unitaria, federal, individualista, estatista, autonomista, imperialista, sin dejar de ser catalana. Son problemas internos que se resuelven en la conciencia y en la voluntad de un pueblo, como sus equivalentes se resuelven en el alma de un hombre, sin que el hombre y el pueblo dejen de ser el mismo hombre y el mismo pueblo por el hecho de pasar por estos diferentes estados».
No puedo dejar de recordar la indignación con que leía este texto de Prat de la Riba el padre Orlandis, al dármelo a conocer. Contiene un juicio desorientado y desorientador que explica, probablemente, muchas incoherencias internas y debilidades en las posturas políticas que ven en esto una inspiración de sus actitudes pero, con su vaciedad e inconsistencia, el significativo párrafo de Prat de la Riba es coherente con la inspiración filosófica que revela al escribir «la nacionalidad es un 'Volksgeist', un espíritu social o público».
Para los sistemas idealistas en que se plasmaron estos conceptos, este «espíritu del pueblo» es una más cercana y profunda expresión de lo absoluto que la fe o el culto religioso. Aunque tal vez Prat de la Riba no fuese plenamente consciente de ello, se habia ciertamente contaminado e impregnado de aquellas deletéreas concepciones filosóficas.
Se explica así que, para negar que la «unidad católica» pueda ser admitida como explicación de la existencia histórica de España, afirme que «es un contrasentido inexplicable hacer de la religión católica, que es por su naturaleza universal, un elemento de diferenciación de los pueblos. Por su origen, por su fin, por su doctrina y por su misión social, la religión católica es incompatible con la acción nacionalizadora que se le atribuye».
Podríamos observar aquí el carácter abstracto y, en el fondo, racionalista, que atribuye a la catolicidad de la Iglesia, que siempre, a lo largo de su historia, ha asumido y se ha compenetrado en la vida histórica de los pueblos, de tal manera que no sólo los pensadores católicos, apologistas de la fe y de la Iglesia en los distintos pueblos, sino la misma autoridad jerárquica de la Iglesia, ha hablado frecuentemente y ha reconocido secularmente su presencia generadora de tradición católica en los pueblos.
Hace poco tiempo, Juan Pablo II llamó a España «evangelizada y evangelizadora», y nunca la Iglesia ha dejado de proclamarse «generadora maternal» de la vida colectiva y de la tradición de pueblos como Italia, Irlanda, Polonia, Francia o Bélgica. La Santa Sede ha dado el título de Católica a la Corona española, de Cristianísima a la Corona francesa, de Fidelísima a la Corona portuguesa, o de Apostólica a la Corona de Hungría.
El pensamiento implícito del extraño juicio de Prat de la Riba se pone más gravemente de manifiesto si continuamos la lectura del párrafo en que acaba de negar la posibilidad de que la Iglesia católica ejerza una acción formadora de la tradición de un pueblo. Escribe Prat de la Riba:
«Causa de individualización social sólo podrían serlo las religiones antiguas, las religiones naturales, que nacían en cada pueblo como los otros elementos de la vida popular, como el derecho, la lengua. No lo podrá ser la religión de todas las naciones y lenguas».
La extravagancia de estas afirmaciones, desenfocadas y erróneas, pone también de manifiesto que Prat de la Riba no era consciente de que, en la filosofía inspiradora del contemporáneo nacionalismo revolucionario, la negación o total olvido de la trascendencia de lo religioso sobrenatural sobre la sociedad y la cultura humana se apoya, precisamente, en aquella absolutización de lo inmanente. No se da cuenta de que, entendida como «espíritu del pueblo», universalizada y absolutizada en las filosofías idealistas, la nación pasa a tener el papel de las religiones gentiles y a dar desde luego por «cancelada» la economía sobrenatural y divinizante de la Iglesia católica, máximamente apta para ser orientadora y generadora de culturas humanas.
(Esta conferencia fue pronunciada en la Reunión de Amigos de la Ciudad Católica, celebrada en la Fundación Balmesiana (Barcelona) los días 28, 29 y 30 de noviembre de 2003. Se encuentra publicada en la Revista Cristiandad)









domingo, 11 de enero de 2009

EL CARLISMO Y LA LIBERTAD RELIGIOSA

El Carlismo y la Libertad Religiosa


UN TEXTO CÉLEBRE DE RAFAEL GAMBRA
SOBRE LA DECLARACIÓN DE LA LIBERTAD RELIGIOSA
DEL CONCILIO VATICANO II

El Carlismo ha defendido siempre la unidad religiosa de España. Más aún: esa unidad es la piedra angular del orden político que el Carlismo propugna. Cuando hace de Dios el primero de sus lemas no significa simplemente que cree en la existencia de Dios en el Cielo o que propone la religiosidad como norma de vida de sus adeptos.


El trilema carlista no es un programa de vida personal, sino el ideario de un sistema político. La unidad católica, por lo demás, aunque a veces de forma incongruente con el régimen político, ha estado vigente en España desde tiempos de Recaredo, en el siglo VI, hasta la actual Constitución de 1978, con la sola excepción de los cinco años de la segunda República.


¿Qué es la unidad religiosa? Para mejor entendernos, digamos ante todo qué no es la unidad religiosa. No es, contra lo que muchos creen, coacción ni intolerancia. La fe no puede imponerse a nadie, ni moral ni siquiera físicamente, puesto que es una virtud infusa que Dios concede y que incide en lo más íntimo de cada alma. Tampoco debe ejercerse coacción alguna sobre el culto privado de otras religiones, ni sobre su práctica en locales o templos reservados, con tal de que no se exteriorice ni se propague públicamente, ya que en un Estado confesional la difusión de las religiones falsas debe considerarse como más dañina que la propagación de drogas o sustancias nocivas.


Más aún: el sistema tradicional aconseja el prudencialismo político de acuerdo con el cual el gobernante católico en cuyo pueblo estén arraigadas de hecho más de una confesión religiosa, debe basarse en lo que tengan de común esas religiones, y practicar la tolerancia de cultos. No es el caso de España, donde no existe otra religión ni histórica ni ambientalmente establecida más que la católica.


¿Qué significa entonces la unidad religiosa que el Carlismo propugna como primero de sus lemas? Simplemente, que la legislación de un país debe estar inspirada por la fe que se profesa –la católica en nuestro caso– y que no puede contradecirla; que las costumbres, en cuanto son influidas por la ley y la política del gobernante, debe procurarse que permanezcan católicas. Que la religión, en fin, debe ser objeto de protección por parte de la autoridad civil.


Dicho de otro modo: que no se pueden dictar ni proponer leyes que contradigan a la moral católica –ante todo el Decálogo–, ni que atenten a los derechos y funciones de la Iglesia. Este fundamento religioso (religión es religación con un orden sobrenatural) es radicalmente opuesto al principio constitucional moderno, según el cual el poder procede del hombre, de su voluntad mayoritaria, y nada tiene que ver con Dios ni con el Decálogo, que sólo concierne a la vida privada de quienes profesan esa religión. Recordemos que el origen de nuestras guerras civiles –que siempre tuvieron un trasfondo religioso– los dos gritos que se oponían entre sí eran ¡Viva la Religión! y ¡Viva la Constitución!


La confesionalidad del Estado y la conservación de la unidad religiosa allá donde exista son, ante todo, una consecuencia del primer Mandamiento que nos prescribe amar a Dios sobre todas las cosas, y no sólo en nuestro corazón o privadamente, sino también las colectividades que formemos, familiares o políticas. En segundo término, es una necesidad para conservar el bien inmenso de una religiosidad ambiental o popular, de lo que depende en gran medida la salvación de las almas.


En algunos momentos cumbre de la historia el Cristianismo se propagó de un modo súbito, cuasi milagroso: en el Imperio Romano en tiempos de los apóstoles, en la rápida cristianización de los pueblos bárbaros a la caída de Roma, en la difusión fulgurante de nuestra fe en la América española. Pero en lo demás la fe requiere ser mantenida con esfuerzo y evitarle peligros, al igual que debemos hacer con nuestra fe personal, y con la salud y el dinero, y cualquier género de bienes, que requieren ser guardados y preservados. Bajo un Estado laico la fe tiene que perderse, porque ese pueblo no merece la fe que ha recibido, y ello está a la vista en nuestra sociedad.

En segundo lugar, tampoco puede subsistir un gobierno estable que no se asiente en lo que Wilhelmsen ha llamado una "ortodoxia pública". Es decir, un punto de referencia que sirve de fundamento a la autoridad y a la obligatoriedad de las instituciones, las leyes, las sentencias. En rigor, si se establece la libertad religiosa (y el consecuente laicismo de Estado) resulta imposible mandar ni prohibir cosa alguna. ¿En nombre de qué se preservará en una tal sociedad el matrimonio monógamo? ¿Bajo qué título se prohibirá el aborto, la eutanasia y el suicidio? ¿Qué se podrá oponer al nudismo, a la objeción de conciencia, a las drogas o a la promiscuidad de las comunas?


Bastará que el afectado por el mandato o la prohibición apele a una religión cualquiera –incluso individual– que autorice tal práctica o la prohiba. ¿Y qué límite podrá poner el Estado a esa libertad religiosa si se la supone basada en "el derecho de la persona"? Quien desee divorciarse o vivir en poligamia no tendrá más que declararse adepto a múltiples religiones orientales, o al Islam, o a los mormones. Quien quiera practicar la eutanasia o inducir al suicidio, podrá declararse sintoísta. El que desee practicar el desnudismo público alegará su adscripción a la religión de los bantús, y los objetores al servicio militar buscarán su apoyo en los Testigos de Jehová. En fin, los que vivan en promiscuidad o se droguen, hallarán un recurso en los antiguos cultos dionisíacos o báquicos.


La inviabilidad última de cualquier gobierno humano (que recurre simplemente a la fuerza) se hace así patente. La "libertad religiosa" es, por su misma esencia, la muerte de toda autoridad y gobierno.


Se objetará, sin embargo, que la Declaración Conciliar Dignitatis Humanae del Concilio Vaticano II ha propugnado la libertad religiosa y el consiguiente laicismo de Estado.


¿Qué hemos de pensar de esto los carlistas? A mi juicio, lo siguiente:

1.º.- El Concilio Vaticano II no es un concilio dogmático sino sólo pastoral, por propia declaración: por lo mismo, exento de infalibilidad.

2.º.- La libertad religiosa en el fuero externo al individuo contradice la enseñanza de todos los papas anteriores (uno de ellos santo) desde la época de la Revolución Francesa, y particularmente a la encíclica Quanta Cura de Pío IX que reviste las condiciones de la infalibilidad.

3.º.- La Declaración Conciliar se contradice a sí misma, puesto que afirma al mismo tiempo que deja intacta la doctrina anterior.

4.º.- Los amargos frutos de esa Declaración son bien patentes en la Iglesia y en la sociedad.

5.º.- Si esa Declaración hubiera de ser recibida como "palabra de Dios", al Carlismo no le quedaría más que disolverse, porque ha sido el último y más heroico empecinamiento en la defensa del régimen de Cristiandad.


(Cfr. HOJA INFORMATIVA de la Comunión Católico-Monárquica-Legitimista, Madrid, septiembre
1985)

lunes, 13 de octubre de 2008

Ernest Hello, luz de las letras francesas

“LA MEDIOCRIDAD”

El filósofo y ensayista Ernest Hello (1828-1885) es una de las mayores luces de las letras francesas. Ha sido admirado por Michaux, Fumet, Claudel, Bernanos, Goyau y sin embargo es continuamente olvidado en el ámbito de la historia del pensamiento y de la literatura. En su diario, León Bloy lo califica como “el gran desconocido”. Y San Juan María Vianney –el famoso “Cura de Ars”- decía de él que había “recibido de Dios el genio”.



Quienes han tenido la dicha de leer y gozar su obra más original, “L'Homme (1872), saben que Hello es precisamente eso, un genio, a quien le fue dado unir en feliz enlace la Fe, la filosofía y el arte. El año 1993, Patrick Kéchichian le consagró un libro bajo un evocador título: Les usages de l’éternité. Y recientemente, Editions de Paris ha reeditado “El hombre” (foto de arriba) en una fina y cuidada edición.

Ernest Hello

Extractamos algunas de las reflexiones de Hello sobre el vicio de la mediocridad. La traducción es nuestra, con lo que pedimos disculpas, pues es en el original francés donde realmente se puede palpar la belleza de sus expresiones y la profundidad de su pensamiento.

El hombre superior eleva la frente para admirar y para adorar; el hombre mediocre eleva la frente para burlarse; le parece ridículo todo lo que está por encima de él, y lo infinito le parece vacío.


El hombre superior eleva su frente para admirar y adorar

El hombre mediocre es mucho peor de lo que él cree y de lo que los demás creen, porque su frialdad encubre su malignidad. Comete infamias pequeñas que, de puro pequeñas , parecen no ser infamias. Pica con alfileres y se regocija cuando ve manar sangre, mientras que aún al asesino le da miedo la sangre que vierte. El hombre mediocre nunca tiene miedo. Se siente apoyado en la multitud de aquellos que se le parecen.


El hombre superior, incesantemente atormentado, desgarrado por la oposición entre lo ideal y lo real, siente mejor que nadie la grandeza y la miseria humana. Siéntese llamado con más fuerza hacia el fin ideal, que es nuestro fin, el fin de todos, y, sin embargo, más mortalmente dañado por la antigua caducidad de nuestra pobre naturaleza. Nos comunica estos dos sentimientos que él experimenta, encendiendo en nosotros el amor del Ser y despertando incesantemente la conciencia de nuestra nada.

El hombre mediocre no siente la grandeza, ni la miseria, ni el Ser, ni la nada. Es que no se arroba ni se precipita (por lo inmenso).

El rasgo característico, absolutamente característico del hombre mediocre, es su deferencia por la opinión pública. No afirma jamás, siempre repite. Sus admiraciones son prudentes, sus entusiasmos son oficiales. Admite algunas veces un principio, pero si tú llegas a las consecuencias de ese principio te dirá que exageras. Si la palabra exageración no existiera, el mediocre la inventaría.


El Cid, ejemplo paradigmático de anti-mediocridad


El mediocre sólo tiene una pasión: el odio a lo bello. Quizás repita con frecuencia una verdad trivial en tono asimismo trivial. Expresa tú la misma verdad con esplendor y te maldecirá pues habrá encontrado lo bello, que es su personal enemigo.

Al mediocre, toda afirmación categórica le parece insolente, pues excluye la propuesta con­traria. Pero si alguien es un poco amigo y un poco enemigo de todas las cosas, lo considerará sabio y reser­vado, le admirará la delicadeza de pen­samiento, le elogiará el talento de las transacciones y de los matices.

Para escapar a la censura de intole­rante, hecha por el mediocre a todos los que piensan con firmeza, sería necesario refugiarse en la duda absoluta: e incluso en tal caso, sería preciso no llamar a la duda por su nombre. Por eso, se expresa en términos de opinión modesta, que respeta los derechos de la opinión opuesta, toma aires de decir alguna cosa y no dice cosa alguna. Es preciso añadir a cada frase una paráfrasis azucarada: 'parece que’, 'yo osaría decir que', 'si es licito expresarse así’.

"El mediocre dice que hay algo de bueno y de malo en todas las cosas, que es preciso no ser absoluto en los juicios. Si alguien afirma con fuerza la ver­dad, el mediocre lo acusará de exceso de confianza en sí mismo. El, que tiene tanto orgullo, no sabe lo que es el orgullo. El es modesto y orgulloso, dócil frente a los revolucionarios (1), y rebelde contra la Iglesia Católica. Su lema es el grito de Joab: 'Soy audaz sólo contra Dios’ ."



Si el hombre naturalmente mediocre se hace seriamente cristiano, cesa absolutamente de ser mediocre. El hombre que ama (el absoluto) no puede ser mediocre.

(1) En el original dice "Voltaire"

miércoles, 1 de octubre de 2008

Vázquez de Mella lo dijo hace más de un siglo


Don Juan Vázquez de Mella no necesita presentación en Chile. Recientemente, a través de las páginas de “El Mercurio”, se desarrolló un debate sobre la eventual influencia de este gran político, tribuno y pensador carlista en Jaime Guzmán, fundador de la UDI.
No entraremos nosotros en el debate por el momento, pues sólo queremos resaltar que Vazquez de Mella es un punto de referencia de la genuina filosofía política católica, esto es, la tradicionalista, que no tiene nada que ver con la que hoy, en nuestra época de confusiones, pasa por tal, cual es el llamado “humanismo cristiano”, amago vergonzoso de demo-cristianismo y viejo maritainismo. Veamos una lúcida advertencia de este notable pensador español, hace algo más de un siglo:



"Mi creencia es tan firme sobre la esterilidad de las contiendas parlamentarias y la proximidad de las terribles contiendas sociales, que, si no la hubiera arraigado en mí el estudio de la impiedad moderna en todas sus formas, me la impondría la extraña ceguera de los que no ven la marcha vertiginosa de la revolución y todavía creen -por no fijar la vista empañada más que en un punto y no compararlo con lo que lo rodea, para notar las diferencias de posición- en la perpetuidad de un presente que hace tiempo se desliza, por un plano inclinado, hacia el abismo.


En las crisis supremas suelen los humildes ver con más lucidez que los hábiles. Yo tengo el presentimiento de que la hora de una catástrofe social, preparada por tres siglos de herejías y por uno de ateísmo, está próxima, y que se va a dividir de nuevo la historia con una edad que termina y con otra que comienza.


Y temo que el día en que se apague una lucecilla que arde en la colina del Vaticano, lanzando melancólicos resplandores sobre la iniquidad de un mundo ingrato; el día en que -cumplida la misión providencial de haber llevado hasta el último límite la misericordia divina para preparar el camino de la justicia- la luz se apague, puede ser que un viento de muerte sacuda la pesada atmósfera que gravita sobre las almas, y que, en el momento en que una turba insensata, acaudillada por los apóstoles de la impiedad, escale los muros del templo para arrancar de la techumbre social la cruz de Cristo, que es y será siempre el pararrayos espiritual contra todas las tempestades de la vida, puede ser que una nube sombría y tormentosa invada los horizontes y los ilumine súbitamente con la centella que rasgue sus entrañas, para que veamos avanzar sobre el suelo, calcinado por la revolución, de esta Europa apóstata y cobarde una ola negra, muy negra, coronada de espumas ensangrentadas, que arrastre, entre sus aguas impuras, astillas de tronos y fragmentos de altares, y que d‚ comienzo a una noche funeral que se cierna sobre la tierra y parezca interrumpir la historia".

(Cfr. Juan VAZQUEZ DE MELLA, “La Iglesia independiente del Estado ateo”, discurso pronunciado en Santiago de Compostela el 29-07-1902, en sus Obras Completas, Vol. 5, Voluntad, Madrid, 1931, pp. 63 ss; pp. 351-353)

martes, 16 de septiembre de 2008

Texto escogido: ese descarado progresismo católico

TEXTO ESCOGIDO DE RAFAEL GAMBRA: RAIZ HISTÓRICA Y EMOCIONAL DEL PROGRESISMO CATOLICO

Cristo, como lo imagina típicamente el progresismo católico. La imagen pertenece al nuevo edificio del Santuario de Fátima, en Portugal


Cristo, el Señor, según la piedad católica tradicional.
La imagen pertenece al edificio antiguo del Santuario de Fátima.

Estas dos imágenes de Cristo nos sirven de introdución imaginativa para ensayar la siguiente pregunta:¿ellas representan realmente una misma religión, una misma Iglesia, o son dos visiones distintas, opuestas, que se enfrentan?

* * *

El texto que a continuación transcribimos nos permitirá situar los marcos teóricos de una respuesta, que se la dejamos a cada cual. Leámoslo:

"Nuestra constante obsesión por mantenernos al día es equivalente a lo que en el orden colectivo representan los esfuerzos del Concilio (Vaticano II) por adaptar la Iglesia al mundo moderno, o los del Estado multiplicando sus planes de desarrollo, de modernización, de actualización, en reajustes diarios.

Nadie construye hoy nada con pretensión de duración ni menos de perennidad. Las leyes, como las carreteras, se hacen con la conciencia de que en el momento mismo de su puesta en uso requerirán ya readaptaciones y ensanchamientos.
Como en el mito de Sísifo, el hombre contemporáneo sabe que nunca logrará asentar el peñasco de su constante esfuerzo, y que este rodará obstinadamente por una ladera cada vez más alta y empinada.
Fue Daniel Halévy, en su notable ensayo sobre la aceleración de la Historia, quien nos hizo reflexionar sobre este hecho, por lo demás evidente. El filósofo belga Marcel de Corte dedica al mismo el capítulo más importante de su libro “L´Homme contra lui-même”, y trata en él de precisar sus causas, tanto en lo que el hecho tiene de cósmico e inevitable, como en lo que tiene de humano y libre.
Si los Capetos tardaron ocho siglos en formar lo que llamamos Francia, en el siglo pasado un Bismark o un Cavour realizaron esa misma obra en diez años con Alemania e Italia; y hoy, en no más tiempo que el empleado para redactar una ley, se pretende crear el congo como nación, pasando su población del neolítico y de la antropofagia al sufragio universal en un régimen democrático y constitucional.
Del mismo modo, si la física de los cuatro elementos estuvo vigente dos milenios, la de Newton estuvo dos siglos, y la de Einstein parece que cumplirá su ciclo en dos décadas (...)
Llegó un momento en que la aceleración de la Historia produjo un claro desfasamiento entre la Iglesia y el llamado “mundo moderno”, con un cada vez más acentuado contraste de espíritu, lenguaje y estructuras.
Surge entonces en muchos cristianos y eclesiásticos una impresión de malestar ante un mundo exterior vertiginoso que parece escapar de su esfera de comprensión y de influencia; un mundo con el cual ya ni siquiera se dialoga.
Surge asimismo el cansancio de una permanente actitud de oposición y de lucha, junto a un anhelo de “arreglo de cuentas” con el mundo circundante que permita a la Iglesia situarse en él como un poder más en posición normal, respetada y aún influyente.
En efecto: para un mundo que sólo valora la eficacia en la acción, que solo conoce problemas económicos –y sociales en cuanto a económicos-, que sólo aspira a producir más en un ambiente progresivamente tecnificado ¿qué sentido puede tener la vida contemplativa o el sacrificio expiatorio? Para una mentalidad racionalista y organizativa ¿qué valor puede otorgarse al misterio y a la gracia (divina)?
En una “sociedad de masas” en que sólo existen individuos-números frente a un Estado tecnocrático ¿qué lugar conceder a los ritos, la comunión de las almas, la unción del sacerdote? En una moral de situación o de eficacia, ¿cómo mantener la rigidez preceptiva de una moral de principios o de religación? La tentación es entonces demasiado fuerte, y a ella responde por entero el llamado progresismo católico.
La Iglesia de siempre: el Papa San Pío X celebra la Santa Misa en la Capilla Sixtina

La Iglesia de siempre: celebración actual de la Misa tradicional

El progresismo católico: celebración actual de una Misa "picnic",
bajo el auspicio del Arzobispado de Viena

El Cardenal Alois Kothgasser de Salzburg, Austria (segundo a la izquierda) celebra la misa, según los cánones de adaptación al mundo moderno. Sin comentarios.

Todo el problema se reduce para él en el desfasamiento de la Iglesia Católica que no ha evolucionado con el ritmo de los tiempos y ha dejado de responder a las exigencias de la Historia.
Bastará entonces con un arreglo de pesas y medidas con el mundo moderno para que una Iglesia debidamente progresada vuelva a dialogar con ese mundo y ocupe en él un puesto de poder –no ya rector- pero sí respetado y nunca más en situación de lucha y condenación de ese mundo.
La labor del progresismo católico consistirá en minimizar la fe y la moral, reduciéndola a lo que haya de estimarse esencial, en limar cuantas aristas rocen a la mentalidad y formas de vida modernas para demostrar al mundo de hoy que ser católico viene a ser lo mismo que no serlo, y que tal profesión en nada choca con las exigencias del mundo actual.
Consistirá asimismo en limitar la vida religiosa al interior de las conciencias, abandonando toda pretensión social de que la fe informe jurídica o políticamente la vida de los pueblos. (Consistirá también en crear) un lenguaje aséptico en el que los términos derecho, paz y tolerancia hagan intercambiables los mensajes cristianos con los de la ONU o de la Cruz Roja Internacional.

De esta nueva actitud de la Iglesia, surgirá, según ellos, no solo la paz y el diálogo con el mundo moderno, sino el ecumenismo que acabe con los recuerdos de las luchas de religión e incluso con las mismas diferencias religiosas.
No se trata en ellos de un sano espíritu ecumenista, sino más bien de diluir las diferencias con protestantes, judíos, con otras religiones, con deístas.... a base siempre de difuminar y ensanchar los límites, el perfil, de la Iglesia, que, así, a fuerza de querer serlo todo, acabaría por no ser nada.

En el 32 Festival de Circo internacional, en Mónaco, el Arzobispo Bernard Barsi y el Obispo de Mónaco celebran una misa......


A fuerza de querer serlo todo, se acaba por no ser nada....


El progresismo católico ignora la grandeza de la Iglesia en esta hora y su significación histórica frente a un mundo lanzado al vértigo de la revolución continua por el mito de la Historia y la ruptura de los diques humanos que contenían antaño la aceleración del proceso histórico.
Al propugnar su incorporación a esta dinámica y a su ritmo desconoce la misión providencial de la Iglesia, que ha mantenido el sentido de la continuidad y de los límites en un tiempo interior o continuo, y librado así a los hombres de la completa incoherencia y de la corrupción.

Ignora también el sentido del silencio de Cristo, que rehúsa responder desde la Cruz a quienes le dicen que se salve a sí mismo y que durante su vida niega el diálogo a quienes le hablan con intención de tentarle, y al diablo que le ofrece la posesión de toda la tierra.


(Cfr. Gambra Ciudad, Rafael, “La unidad religiosa y el derrotismo católico. Estudio sobre el principio religioso de las sociedades históricas, y en particular, sobre el catolicismo en la nacionalidad española”, Ed. Nueva Hispanidad, Buenos Aires, 2002)


Breve reseña filosófica del autor:

Rafael Gambra es uno de los filósofos más destacados del pensamiento político y social hispano del siglo XX. Dotado de un excepcional talento sintético, explicitó los males de la filosofía racionalista y sus reflejos en la civilización europea; precisó las críticas al liberalismo político y a sus dogmas democráticos; denunció lo que llamó la “delicuescencia” intelectual sembrada por el progresismo católico en el ámbito del pensamiento cristiano.
Gambra perteneció de este modo a esa generación de pensadores que podemos calificar como genuinamente anti-modernos. Sin embargo, no luchó en el mundo de las ideas desde las fáciles trincheras de la hoy llamada “posmodernidad”. No caben en él ni la semi-modernidad complaciente de Habermas, ni la anti-modernidad disolvente y disoluta de Foucault o Derrida. No. Gambra fue simplemente un sabio maestro del viejo tradicionalismo católico, defendiendo con un rigor nuevo e implacable el valor de lo perenne, en un mundo que se cae a pedazos.
Las fotos de las "misas nuevas" las hemos tomado de la página norteamericana
http://www.tradictioninaction.org/, sin que necesariamente compartamos todos sus comentarios