
miércoles, 24 de junio de 2009
Frases para toda la vida: Donoso Cortés

viernes, 12 de junio de 2009
LA APOSTASÍA DEL MUNDO DE HOY (V)
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Llamamos “mundo cristiano” a aquel que hace profesión pública de aceptación de la ley moral cristiana. Que quiere conformar sus instituciones y su vida pública al Mensaje cristiano. Que acepta en medida más o menos real, más o menos profunda, la influencia purificadora e iluminadora del Evangelio. Y decimos que este mundo, a pesar de su profesión pública de “cristianismo”, ha de ofrecer una preponderancia del mal que lo hace contagioso y peligroso. O sea, que el mundo, el mundo concreto de los hombres tal como se presenta hoy, aún en las mejores condiciones, debe decirse “malo” y, no “bueno”, porque en él, su protagonista principal, aún después del rescate de Cristo, se halla inclinado al mal y va a llevar de hecho una vida perversa.
Pero el mundo puede encerrar una “especial malicia” que puede provenir de circunstancias históricas determinadas. Vale decir que un pueblo, o aún una civilización, puede conocer un desarrollo tal de las fuerzas del mal que le adjudique una especial significación de perversidad. Tal es la condición de lo que se llama “mundo moderno”, “civilización moderna”, “cultura moderna”, “filosofía moderna” en los que “lo moderno” no encierra una connotación puramente cronológica sino valorativa, y que se refiere a un proceso determinado que tiene lugar en esa civilización.
La civilización que se desarrolla en la historia hoy, y que ha comenzado hace aproximadamente cinco siglos, no guarda una continuidad homogénea con la civilización anterior. Hay sí una continuidad cronológica, pero no valorativa. La civilización anterior se proponía, en lo fundamental, la creación del hombre cristiano, es decir, de un hombre para el cual los valores referentes a la vida eterna, cuyo depósito se encuentra en la Iglesia, eran lo supremo. La civilización se ocupaba de los bienes terrestres del hombre, pero en forma tal que reconocía públicamente el orden de valores de los bienes eternos, de cuyo cuidado directo se ocupaba la Iglesia. Por ella, esa civilización, en su política, en su economía, en su filosofía, en su cultura, en su arte, favorecía la creación de un hombre “cristiano”. Era una civilización mundana —con todo lo ambiguo de este vocablo, y, aún con la pendiente al mal que la caracteriza y que señalamos anteriormente—, pero una civilización mundana que reconocía públicamente otros valores rascendentales superiores, a cuyo servicio debía de alguna manera colocarse.
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En los albores del mundo moderno, la civilización deja de mirar a lo eterno, lo divino, lo sobrenatural, del hombre, para concentrarse en lo puramente humano. Ya no pone el acento en lo “sobrenatural”, sino en lo “natural”, en lo “humano”. Y toda la vida, en la filosofía, en las artes, en la política en la economía, desciende de una escala de valores que se orientaba hacia lo sobrenatural, a una escala de valores orientada a lo puramente natural. Aparece el Humanismo; despunta el laicismo de la política y de la vida; se quiebra en la vida pública de las naciones el reconocimiento de la Iglesia como sociedad pública sobrenatural. Y esta quiebra del orden público que deja de rendir a la Iglesia el homenaje que le corresponde como Sacramento de Salud del hombre86 ha de significar al mismo tiempo la erección de otra civilización orientada hacia el humanismo, racionalismo, naturalismo, en que sólo se tengan en cuenta los valores naturales del hombre.
La civilización moderna ha de entenderse como una toma de posición histórica frente a la civilización cristiana, a la que intenta suplantar. Representa otra concepción del hombre, con otra escala de valores. Pero esta escala de valores significa, a su vez, un valor más bajo que aquel que es suplantado. Lo divino es, reemplazado por lo humano. Hay, pues, una degradación. Pero una degradación sumamente peligrosa. Porque precisamente la teología de la gracia enseña que el hombre no puede guardar la ley moral natural en su integridad y de manera conveniente sino con el auxilio de lo sobrenatural. Una civilización que niega o simplemente ignora la gracia, no puede mantenerse por mucho tiempo en el plano humano, y ha de ir descendiendo hacia condiciones infrahumanas. Es el caso de la civilización moderna, que del naturalismo, o racionalismo, o humanismo en que se desarrolla durante los siglos XVI, XVII y XVIII ya bajando a un economismo, o animalismo, propio del siglo XIX. El hombre ya no busca la dignidad humana que procuran la política, la filosofía o la cultura de las letras, sino la abundancia de las riquezas.
El hombre hoy, después de un proceso de degradación que lleva cinco siglos, se halla en estado de impotencia frente a la “vida pública” que le presiona por todas partes y le empuja a situaciones cada vez más degradantes. Hablamos del empuje de la “vida pública” sobre el hombre individual. La “vida pública”, con su “ideario irreligioso”, con, su “filosofía de la contradicción”, con su política de mentiras con su economía agobiadora, con su publicidad y reclame de reflejos condicionados; una “vida pública”.
presenta ante el individuo como un poderoso aparato triturador. El hombre es presa de un engranaje que se apodera de él, lo envuelve en sus mallas y le hace circular en sus bobinas. Después de la etapa de degradación que se prolonga durante cinco siglos, se inicia, con este residuo degradado que es el hombre moderno, otra etapa de domesticación tecnocrática, en la que se quiere usar al hombre para la construcción de una enorme y poderosa Babel. El hombre, privado del goce de Dios, del goce de la reflexión humana, del goce del placer animal y convertido en simple pieza para la Construcción de una poderosa Babel.
sábado, 30 de mayo de 2009
LA APOSTASÍA DEL MUNDO DE HOY (IV)
se entremezcla lo malo con lo bueno, pero con inclinación al mal
(P. Julio Meinvielle)
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Este desorden de “la carne”, que afecta también al “mundo”, es consecuencia del pecado original de nuestros primeros padres. Este pecado nos transmite una naturaleza humana “privada del don de la justicia original y del don de la integridad”.
bien malo que bueno.
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Así herido, el hombre no puede cumplir el bien moral. Puede hacer ciertos bienes particulares “como edificar casas, plantar viñas, y otras semejanzas”; “amar a la esposa, a los hijos, a los hermanos, a los parientes, a los amigos”; “obsequiar a los padres, ayudar al necesitado, no oprimir a los vecinos, no robar lo ajeno”; “hacer aquellas cosas que hacen honesta la vida mortal”; “que se refieren a la equidad de la sociedad humana”, pero no puede guardar toda la ley moral, “así como un enfermo enseña Santo Tomás, puede por sí mismo efectuar algún movimiento, pero no puede moverse perfectamente con movimiento de hombre sano si no es sanado con la medicina”.
Los teólogos hacen la demostración teológica de estas enseñanzas, comentando lo de San Pablo a los Romanos, Cap. I a VII, en que el Apóstol recrimina a los paganos y a los judíos por los crímenes abominables que cometían, y que demuestra la debilidad en que viene al mundo toda la generación pecadora de Adán, y que sólo tiene remedio con la gracia de Jesucristo. Remedio, si se aplica eficazmente esta gracia, lo cual no se verifica en el común de los cristianos, que viven una vida tibia, llena de caídas y flaquezas, pero que muestra su poder de curación en los santos heroicos, de los que la Iglesia puede exhibir en todo lugar y época ejemplos extraordinarios.
La razón intrínseca de esta imposibilidad de observar la totalidad de la ley natural la ubican los teólogos en el hecho de que para observarla debía el hombre afirmarse en el fin de la ley, que es el amor de Dios sobre todas las cosas. Pero amar a Dios, a quien no vemos, nos resulta prácticamente imposible, sobre todo amarlo en tal forma efectiva que podamos resistir las tentaciones que nos asedian con fuerza, tentaciones de movimientos de placer, de amor del éxito mundano y de todos los otros atractivos de la vida, cuya renuncia sólo puede hacerse precisamente si tenemos un fuerte amor de Dios.
jueves, 28 de mayo de 2009
LA APOSTASÍA DEL MUNDO DE HOY (III)
Sabido es que al desorden con que el hombre perturbó el orden creacional, Dios respondió con el nuevo orden creacional. Y este orden gira en torno de Jesucristo y de la Iglesia. En torno al Cuerpo Místico, del cual Cristo es cabeza. “Y así Dios amó al mundo hasta entregarle su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga la vida eterna”. Pero sería un error imaginar que, con la redención operada por Cristo, el mundo inficionado por la culpa se hubiera convertido en sano y bueno. Error semejante el del que creyera que porque el hombre perturbó con su culpa al mundo, ya éste hubiera perdido la bondad originaria.
Con la redención de Cristo se le ofrece al hombre, a cada hombre particular, una posibilidad concreta de salvación, y al mundo en su totalidad se le ofrece presente y actuante, un Sacramento universal de salud, el Misterio de la Iglesia. De modo que ahora, después que Cristo ha redimido al hombre, o al mundo que contiene en su ámbito al hombre como su mejor realidad, el mundo, además de la bondad de la creación, y de la maldad del pecado, tiene también en su seno la nueva bondad de la verdad y de la gracia de Cristo.
Pero el hombre, aunque bueno por la creación, después del pecado había quedado de tal suerte pervertido en su comportamiento, que ya no podía cumplir todo el orden del bien, aún del bien propiamente humano, sin la verdad y la gracia de Jesucristo. Y aún hecho cristiano por el bautismo, o sea, recreado por la redención de Cristo, queda inclinado al pecado por el “fomes” del pecado, es decir, por la resistencia del concupiscible y del irascible a sujetarse a la razón. El hombre, aún el cristiano que frecuenta los medios de santificación que nos dejó Cristo en la Iglesia, tiene dentro de sí el desorden de la concupiscencia que lo arrastra al pecado.
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Pero el mundo, aún después de la venida de Cristo, puede ser bueno si acepta el mensaje que éste ha traído, y puede ser malo si lo rechaza. “El que cree no es juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y el juicio consiste en que vino la luz del mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas”.
Porque el mundo, aún después de la redención de Cristo, es un lugar arrastrado por la escatología donde se mezclan los malos y los buenos. Cristo mismo nos lo explica, en la parábola de la cizaña, diciendo: “El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre, el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino; la cizaña son los hijos del maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la siega es la consumación del mundo; los segadores son los ángeles; a la manera, pues, que se recoge la cizaña y se quema en el fuego, así será en la consumación del mundo”.
Yo les he dado tu palabra, y el mundo los aborreció, porque no eran del mundo, como yo no soy del mundo. No pido que los tomes del mundo, sino que los guardes del mal... Como tú me enviaste al mundo, así yo los envié, a ellos al mundo”.
Este mundo, con todos los valores que contiene, valores de naturaleza y culturales, aún después de la redención tiene para el cristiano una significación ambigua, de suerte que ha de ser apetecido y buscado en la medida en que nos sirva para la vida eterna. De aquí que Cristo puede decir: “¿Y qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?”, y también: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura”. Y las cosas de este mundo, incluso los mismos ministros, de la Iglesia, “ya el mundo, ya la vida, ya la muerte; ya lo presente, ya lo venidero, todo es vuestro; y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios”.
viernes, 22 de mayo de 2009
LA APOSTASÍA DEL MUNDO DE HOY (II)
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Y el hombre se avergonzó de la propia desnudez, porque “sintió el movimiento de la desobediencia de la carne como pena correspondiente a su desobediencia a Dios...”. “Entonces, pues, la carne comenzó a desear contra el espíritu, y con esta batalla y lucha nacimos, trayendo nosotros el origen de la muerte...”. La mujer sintió los trabajos y el dolor su condición de mujer: “Multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Parirás con dolor los hijos, y buscarás con ardor tu marido, que te dominará”. Al hombre se le hizo difícil el trabajo y duro el sostenimiento de la vida. “Por ti será maldita la tierra; con trabajo comerás de ella todo el tiempo de tu vida; y te daré espinas y abrojos, y comerás las hierbas del campo. Con el sudor de tu frente comerás pan. Hasta que vuelvas a la tierra”.
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Al desordenarse el hombre en la relación con Dios, o sea, en lo más alto de su espíritu, se desordenó en las demás partes de su alma, se desordenó con las cosas exteriores y con sus semejantes, y así, toda la vida humana, en las relaciones sexuales, en la economía, en la cultura, en la política, quedó profundamente trastornada. De aquí lo peligroso de ciencias modernas como la psicología y la sociología, si se las quiere tomar —y esta pretensión no falta— como ciencias ordenadoras y remodeladoras del hombre.
El diablo tomó posesión del mundo. Porque es Príncipe de este mundo. Y es “Príncipe de este Mundo” no porque le corresponda por dominio adquirido por derecho, sino porque lo ha usurpado, en cuanto los hombres mundanos, despreciando al Señor, se han sujetado al diablo.El diablo es llamado también dios de este siglo porque le sirven los que viven mundanamente, aquellos cuyo dios es el vientre, del modo como el apóstol dice a los Fil. 3, 19.
Este mundo perturbado por el pecado y colocado bajo el poder del demonio nos es presentado en el Nuevo Testamento como malo y, en consecuencia, como que debe ser evitado por el hombre. “No améis al mundo ni a lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él la caridad del Padre”. “Adúlteros, ¿no sabéis que la amistad del mundo es enemiga de Dios? Quien pretende ser amigo del mundo, se hace enemigo de Dios” dice con fuerza el Apóstol Santiago.
Cristo había empleado un lenguaje de franco distanciamiento frente al mundo. “El mundo no puede aborreceros a vosotros, dice pero a mí me aborrece, porque doy testimonio contra él de que sus obras son malas”.
a las insidias del diablo, que no es nuestra lucha contra la sangre y, la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires”.
jueves, 21 de mayo de 2009
LA APOSTASÍA DEL MUNDO DE HOY (I)
FRENTE A LA IGLESIA
Hemos puntualizado la significación de la Iglesia para el Hombre. Ella es el Misterio que realiza en nosotros los designios más insondables de Dios. Hemos visto también cómo en la Iglesia, aunque todos sus miembros están llamados a una igualdad esencial, que consiste en la santidad, existe por divina disposición una jerarquía de clérigos y de laicos. Los clérigos tienen como misión particular las cosas que se refieren a la Iglesia misma, las cuales todas giran alrededor del Culto. Los laicos tienen como misión especial su santificación en el Mundo. Corresponde ahora que configuremos el significado del Mundo en su relación con la Iglesia.
El Mundo de la Creación
Dios ha creado el Mundo y lo ha creado bueno. El Génesis nos cuenta, en una narración llena de frescura, cómo Dios creó la luz, el firmamento, los mares, las plantas, los astros del cielo, los animales, y, al término de cada efecto creador, halló que lo que había hecho era bueno. Creó luego al hombre, a imagen suya, y lo creó macho y hembra. Y les dijo: “Procread y multiplicaos y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre cuanto vive y se mueve sobre la tierra”. Dijo también Dios: “Ahí os doy cuantas hierbas dan semilla sobre la haz de la tierra toda, y cuantos árboles producen fruto de simiente, para que todos os sirvan de alimento”.
De aquí se desprende que todos los valores creacionales, salidos de la mano de Dios, han de estimarse buenos. El Cosmos, con todos los seres que contiene, y sobre todo el hombre, y la institución matrimonial y familiar vinculada con la multiplicación humana de los hombres; el trabajo su poder creador transformativo de la naturaleza; la economía, que es el saber en el uso de las cosas para satisfacer las necesidades humanas; y aún la política, que es la ciencia del ordenamiento y dominio de los hombres, todo es bueno y muy bueno.
Alguien podría pensar que en el estado de inocencia en que originariamente Dios creó al hombre, no habría de haber dominio político de unos sobre otros. No piensa así Santo Tomás. Rechaza sí que pudiera haber dominio como el que existe entre el amo y el esclavo, dominio de servidumbre. Porque en ésta, el señor domina al siervo y lo utiliza en provecho propio. Y es claro que a nadie le gusta verse despojado del fruto de su trabajo en provecho del otro. Sólo un castigo, que no tenía razón de ser en el estado inocencia, podría justificar la introducción de esta institución. Pero el dominio político propiamente dicho, es el que ejerce sobre el dirigido en bien del dirigido mismo, y éste cabe en el estado de inocencia, ya que la vida social y la política forman parte del hombre como una de sus principales y nobles dimensiones.
Es importante destacar este carácter de bondad, que tiene, en su razón originaria, el mundo de la creación. Porque él ha de perseverar, no obstante las perturbaciones que se han de producir con la introducción del pecado. Ello justifica que en la Escritura el Mundo pueda y deba entenderse como una realidad buena. “Todo ha sido hecho por Él y sin Él nada se ha hecho" (Jn., 1, 3). “El Mundo ha sido hecho por Él”, dice San Juan (1, 10). “Todo lo que Dios ha creado es bueno, y ningún alimento se ha de proscribir, si se toma en acción de gracias”, dice el Apóstol (I Tim., 4, 4). Todo el Universo material y visible, todo nuestro universo humano y moral, el cosmos y el hombre, la cultura y la historia, con sus relaciones mutuas, todo es fundamentalmente bueno, porque viene de Dios.
Digitalización y Corrección del texto por religiosos y religiosas del Instituto del Verbo Encarnado (IVE) y de las Servidoras del Señor y la Virgen de Matará (SSVM). Segni (RM))
lunes, 9 de marzo de 2009
De cómo en toda gran cuestión política va envuelta siempre una gran cuestión teológica
M. Proudhon ha escrito en sus Confesiones de un revolucionario estas notables palabras: «Es cosa que admira el ver de qué manera en todas nuestras cuestiones políticas tropezamos siempre con la teología». Nada hay aquí que pueda causar sorpresa, sino la sorpresa de M. Proudhon. La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas.
Esto sirve para explicar por qué causa, al compás mismo con que se disminuye la fe, se disminuyen las verdades en el mundo; y por qué causa la sociedad que vuelve la espalda a Dios ve ennegrecerse de súbito, con aterradora oscuridad, todos sus horizontes. Por esta razón, la religión ha sido considerada por todos los hombres y en todos los tiempos como el fundamento indestructible de las sociedades humanas: Omnis humanae societatis fundamentum convellit qui religionem convellit, dice Platón en el libro X de sus Leyes. Según Jenofonte (sobre Sócrates), «las ciudades y naciones más piadosas han sido siempre las más duraderas y más sabias». Plutarco afirma (contra Colotés) que «es cosa más fácil fundar una ciudad en el aire que constituir una sociedad sin la creencia de los dioses».
La diminución de la fe, que produce la diminución de la verdad, no lleva consigo forzosamente la diminución, sino el extravío de la inteligencia humana. Misericordioso y justo a un tiempo mismo, Dios niega a las inteligencias culpables la verdad, pero no les niega la vida; las condena al error, mas no a la muerte.
Y lo mismo que aquí se dice de las edades, puede decirse de los hombres. Negándoles o concediéndoles la fe, les niega Dios o les quita la verdad; ni les da ni les quita la inteligencia. La de los incrédulos puede ser altísima, y la de los creyentes humilde: la primera, empero, no es grande sino a la manera del abismo, mientras que la segunda es santa a la manera de un tabernáculo: en la primera habita el error, en la segunda la verdad.
domingo, 15 de febrero de 2009
POR QUÉ EL LIBERALISMO DESCRISTIANIZA
Si quieres seguir leyendo este artículo del filósofo Francisco Canals Vidal
lunes, 12 de enero de 2009
POR QUÉ EL LIBERALISMO DESCRISTIANIZA

Aquí me ocuparé de esta tercera acepción, que fue cronológicamente la primera en difundirse y que fue objeto de condenaciones pontificias, sobre todo en los pontificados de Gregorio XVI, Pío IX, León XIII y san Pío X. Pío XI le dio el nombre de laicismo y lo condenó igualmente. Ahora, tanto la palabra liberalismo como la de laicismo, en este sentido de relación entre lo religioso y lo político, están prácticamente rehabilitadas y elaboradas positivamente, lo cual es un factor decisivo de la actual confusión de ideas.
Me voy a ocupar, en esta ocasión, de razonar el acierto del juicio de la Iglesia -recordemos que los juicios doctrinales no se derogan por el silencio ni por el lenguaje más o menos preciso con que se planteen cuestiones en el campo político o sociológico- atendiendo a una fuente filosófica fundamental, inspiradora del Contrato social de Rousseau, orientadora de la Ilustración del siglo XVIII y que está en el origen de la «desconfesionalización» de la sociedad política en los Estados Unidos: me refiero a la doctrina de Spinoza, el judío holandés enemistado con la sinagoga de su tiempo y más amigo de los cristianos liberales que eran los republicanos holandeses, enfrentados al calvinismo de Guillermo de Orange, el que «salvó» Inglaterra del catolicismo e instauró y reforzó la confesionalidad en el Reino de la Iglesia de Inglaterra ratificada en su protestantismo reformado, es decir, calvinista.
Bonifacio VIII promulgó una bula de las más denostadas y desprestigiadas, no sólo por los enemigos de fuera de la Iglesia, sino también desde dentro, por todos los regalistas, galicanos y febronianos y, desde luego, por los católicos liberales.
Leamos el punto de partida y la definición a que llega la bula, de 18 de noviembre de 1302: «La fe nos urge y obliga a creer y mantener y confesar que es una la Santa Iglesia Católica y Apostólica, fuera de la cual no se da salvación ni remisión de los pecados, que es único el Cuerpo místico, cuya Cabeza es Cristo, que es el Cristo de Dios, en la cual Iglesia hay un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo» (DS núm. 870).
«El poder eclesiástico no debe ejercer su autoridad sin permiso ni asentimiento de la autoridad política» (DS núm. 2920).
Y en la proposición treinta y nueve, encontramos condenado el siguiente principio: «El Estado de la República (es decir, el Estado de origen democrático), en cuanto que es el origen y la fuente de todos los derechos, goza de un derecho no circunscrito por límite alguno» (DS núm. 2939).
Recuerdo que, en los tiempos del ascenso del totalitarismo del Estado nazi, comentaban algunos que Pío IX se había anticipado a su condenación. Lo que en realidad hizo Pío IX es condenar muy explícitamente y con perfecto conocimiento de causa el liberalismo de su tiempo, que sentó el principio que desde entonces no ha hecho sino consolidarse y desarrollarse en sus consecuencias. La democracia absoluta que ahora se presenta a sí misma como la única forma de poder humano acorde con la naturaleza del hombre se fundamenta en principios filosóficos de los que se deduce lógicamente la absoluta independencia respecto de Dios de la voluntad política de los hombres.
En realidad, el Estado moderno de inspiración filosófica deriva prácticamente del panteísmo que. con formulaciones de un monismo estático spinoziano o de un monismo dialéctico hegeliano, vino a reinar en el Occidente apóstata del cristianismo a partir de la Revolución francesa. La primera proposición del Syllabus de Pío IX contiene una admirable síntesis de todos los errores contemporáneos en esta su doble raíz spinoziana y hegeliana. La proposición condenada dice así:
universalidad de las cosas, y Dios es idéntico con la naturaleza y, por lo mismo, sometido a cambio, y en realidad Dios se realiza en el hombre v en el mundo, y todas las cosas son Dios, y tienen la mismísima substancia de Dios, y una y la misma cosa es Dios y el mundo y, por consiguiente, el espíritu y la materia, la necesidad y la libertad, lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto» (DS núm. 2901).
Hay que reconocer que desde la ONU, como desde los poderes políticos estatales, ni se espera ni se aceptaría un juicio moral venido del mundo religioso. Sociológica y culturalmente, nos encontramos con la trágica exclusividad del islamismo en aparecer como una resistencia explícita a la secularización del laicismo en nuestra vida colectiva. Si se hubiese atendido a los procesos reales que hemos presenciado y que han llevado a la descristianización de la cristiandad occidental, tendríamos que reconocer dos hechos importantísimos y de significado decisivo:
Al preparar el envío de la ponencia pronunciada en Barcelona en el último congreso de la Ciudad Católica, me parece oportuno añadir unas notas sobre la filosofía profunda de los nacionalismos, a modo de homenaje al eminente pensador Rafael Gambra, recientemente fallecido, y que durante tantos años había colaborado activamente manteniendo la presencia del pensamiento tradicional en tantos ámbitos de la vida española.
En un iluminador trabajo titulado Patriotismo y nacionalismo, publicado en la revista barcelonesa Cristiandad (núm. 160. noviembre 1950, pp. 507-508), Rafael Gambra formuló un análisis profundo y fundamental sobre la génesis y el sentido de la ideología nacionalista que me parece oportuno citar literalmente con alguna extensión:
«Para los ilustrados, las diversas religiones... eran visiones burdas, representaciones populares de una más profunda verdad, que es la comprensión racional, científica, del universo. Y como complemento de este nuevo gnosticismo vulgarizado dominó, en el ambiente de las Luces, una filosofía de la historia según la cual se va operando lentamente un proceso de racionalización en el cual la razón va abriéndose paso a través de las nieblas de la ignorancia, de la superstición y de la creencia. [...]
»La actitud personal del enciclopedista, congruente con esta concepción, habría de ser idéntica a la del antiguo sofos griego, que fue heredada por el gnosticismo: un aristocrático desdén hacia las perecederas creencias del pueblo y del medio ambiente, y la pasividad meramente espectadora del «iniciado» que espera lo que necesariamente y por sus pasos contados ha de suceder.
»Sin embargo, contra la lógica interna del sistema, el constitucionalismo decimonónico admitió y se aplicó a las nacionalidades existentes, estableciéndose para cada nación una Constitución racional y definitiva que tomaba como objeto y calificativo, precisamente, el nombre de la nacionalidad. Entonces surge un nuevo y extraño sentimiento que, como el antiguo patriotismo, representa una adhesión afectiva a la propia nación, pero que no puede llamarse ya 'patriotismo' porque reniega de la obra de los padres y antepasados, y se funda sobre una ruptura con su mundo y sus valores. Este sentimiento es el nacionalismo».
«Descentralización, autogobierno, federalismo, estado compuesto, autonomismo, particularismo, suben con el astro nuevo, pero no lo son. Una Cataluña libre podría ser uniformista, centralizadora, democrática, absolutista, católica, librepensadora. Unitaria, federal, individualista, estatista, autonomista, imperialista, sin dejar de ser catalana. Son problemas internos que se resuelven en la conciencia y en la voluntad de un pueblo, como sus equivalentes se resuelven en el alma de un hombre, sin que el hombre y el pueblo dejen de ser el mismo hombre y el mismo pueblo por el hecho de pasar por estos diferentes estados».
domingo, 11 de enero de 2009
EL CARLISMO Y LA LIBERTAD RELIGIOSA
¿Qué es la unidad religiosa? Para mejor entendernos, digamos ante todo qué no es la unidad religiosa. No es, contra lo que muchos creen, coacción ni intolerancia. La fe no puede imponerse a nadie, ni moral ni siquiera físicamente, puesto que es una virtud infusa que Dios concede y que incide en lo más íntimo de cada alma. Tampoco debe ejercerse coacción alguna sobre el culto privado de otras religiones, ni sobre su práctica en locales o templos reservados, con tal de que no se exteriorice ni se propague públicamente, ya que en un Estado confesional la difusión de las religiones falsas debe considerarse como más dañina que la propagación de drogas o sustancias nocivas.
Más aún: el sistema tradicional aconseja el prudencialismo político de acuerdo con el cual el gobernante católico en cuyo pueblo estén arraigadas de hecho más de una confesión religiosa, debe basarse en lo que tengan de común esas religiones, y practicar la tolerancia de cultos. No es el caso de España, donde no existe otra religión ni histórica ni ambientalmente establecida más que la católica.
¿Qué significa entonces la unidad religiosa que el Carlismo propugna como primero de sus lemas? Simplemente, que la legislación de un país debe estar inspirada por la fe que se profesa –la católica en nuestro caso– y que no puede contradecirla; que las costumbres, en cuanto son influidas por la ley y la política del gobernante, debe procurarse que permanezcan católicas. Que la religión, en fin, debe ser objeto de protección por parte de la autoridad civil.
La confesionalidad del Estado y la conservación de la unidad religiosa allá donde exista son, ante todo, una consecuencia del primer Mandamiento que nos prescribe amar a Dios sobre todas las cosas, y no sólo en nuestro corazón o privadamente, sino también las colectividades que formemos, familiares o políticas. En segundo término, es una necesidad para conservar el bien inmenso de una religiosidad ambiental o popular, de lo que depende en gran medida la salvación de las almas.
Bastará que el afectado por el mandato o la prohibición apele a una religión cualquiera –incluso individual– que autorice tal práctica o la prohiba. ¿Y qué límite podrá poner el Estado a esa libertad religiosa si se la supone basada en "el derecho de la persona"? Quien desee divorciarse o vivir en poligamia no tendrá más que declararse adepto a múltiples religiones orientales, o al Islam, o a los mormones. Quien quiera practicar la eutanasia o inducir al suicidio, podrá declararse sintoísta. El que desee practicar el desnudismo público alegará su adscripción a la religión de los bantús, y los objetores al servicio militar buscarán su apoyo en los Testigos de Jehová. En fin, los que vivan en promiscuidad o se droguen, hallarán un recurso en los antiguos cultos dionisíacos o báquicos.
Se objetará, sin embargo, que la Declaración Conciliar Dignitatis Humanae del Concilio Vaticano II ha propugnado la libertad religiosa y el consiguiente laicismo de Estado.
¿Qué hemos de pensar de esto los carlistas? A mi juicio, lo siguiente:
(Cfr. HOJA INFORMATIVA de la Comunión Católico-Monárquica-Legitimista, Madrid, septiembre
lunes, 13 de octubre de 2008
Ernest Hello, luz de las letras francesas
El filósofo y ensayista Ernest Hello (1828-1885) es una de las mayores luces de las letras francesas. Ha sido admirado por Michaux, Fumet, Claudel, Bernanos, Goyau y sin embargo es continuamente olvidado en el ámbito de la historia del pensamiento y de la literatura. En su diario, León Bloy lo califica como “el gran desconocido”. Y San Juan María Vianney –el famoso “Cura de Ars”- decía de él que había “recibido de Dios el genio”.
Extractamos algunas de las reflexiones de Hello sobre el vicio de la mediocridad. La traducción es nuestra, con lo que pedimos disculpas, pues es en el original francés donde realmente se puede palpar la belleza de sus expresiones y la profundidad de su pensamiento.
El hombre superior eleva la frente para admirar y para adorar; el hombre mediocre eleva la frente para burlarse; le parece ridículo todo lo que está por encima de él, y lo infinito le parece vacío.
El hombre superior eleva su frente para admirar y adorar
El hombre mediocre es mucho peor de lo que él cree y de lo que los demás creen, porque su frialdad encubre su malignidad. Comete infamias pequeñas que, de puro pequeñas , parecen no ser infamias. Pica con alfileres y se regocija cuando ve manar sangre, mientras que aún al asesino le da miedo la sangre que vierte. El hombre mediocre nunca tiene miedo. Se siente apoyado en la multitud de aquellos que se le parecen.
El hombre superior, incesantemente atormentado, desgarrado por la oposición entre lo ideal y lo real, siente mejor que nadie la grandeza y la miseria humana. Siéntese llamado con más fuerza hacia el fin ideal, que es nuestro fin, el fin de todos, y, sin embargo, más mortalmente dañado por la antigua caducidad de nuestra pobre naturaleza. Nos comunica estos dos sentimientos que él experimenta, encendiendo en nosotros el amor del Ser y despertando incesantemente la conciencia de nuestra nada.
El hombre mediocre no siente la grandeza, ni la miseria, ni el Ser, ni la nada. Es que no se arroba ni se precipita (por lo inmenso).
El rasgo característico, absolutamente característico del hombre mediocre, es su deferencia por la opinión pública. No afirma jamás, siempre repite. Sus admiraciones son prudentes, sus entusiasmos son oficiales. Admite algunas veces un principio, pero si tú llegas a las consecuencias de ese principio te dirá que exageras. Si la palabra exageración no existiera, el mediocre la inventaría.
El Cid, ejemplo paradigmático de anti-mediocridad
El mediocre sólo tiene una pasión: el odio a lo bello. Quizás repita con frecuencia una verdad trivial en tono asimismo trivial. Expresa tú la misma verdad con esplendor y te maldecirá pues habrá encontrado lo bello, que es su personal enemigo.
Al mediocre, toda afirmación categórica le parece insolente, pues excluye la propuesta contraria. Pero si alguien es un poco amigo y un poco enemigo de todas las cosas, lo considerará sabio y reservado, le admirará la delicadeza de pensamiento, le elogiará el talento de las transacciones y de los matices.
Para escapar a la censura de intolerante, hecha por el mediocre a todos los que piensan con firmeza, sería necesario refugiarse en la duda absoluta: e incluso en tal caso, sería preciso no llamar a la duda por su nombre. Por eso, se expresa en términos de opinión modesta, que respeta los derechos de la opinión opuesta, toma aires de decir alguna cosa y no dice cosa alguna. Es preciso añadir a cada frase una paráfrasis azucarada: 'parece que’, 'yo osaría decir que', 'si es licito expresarse así’.
"El mediocre dice que hay algo de bueno y de malo en todas las cosas, que es preciso no ser absoluto en los juicios. Si alguien afirma con fuerza la verdad, el mediocre lo acusará de exceso de confianza en sí mismo. El, que tiene tanto orgullo, no sabe lo que es el orgullo. El es modesto y orgulloso, dócil frente a los revolucionarios (1), y rebelde contra la Iglesia Católica. Su lema es el grito de Joab: 'Soy audaz sólo contra Dios’ ."

Si el hombre naturalmente mediocre se hace seriamente cristiano, cesa absolutamente de ser mediocre. El hombre que ama (el absoluto) no puede ser mediocre.
(1) En el original dice "Voltaire"
miércoles, 1 de octubre de 2008
Vázquez de Mella lo dijo hace más de un siglo


"Mi creencia es tan firme sobre la esterilidad de las contiendas parlamentarias y la proximidad de las terribles contiendas sociales, que, si no la hubiera arraigado en mí el estudio de la impiedad moderna en todas sus formas, me la impondría la extraña ceguera de los que no ven la marcha vertiginosa de la revolución y todavía creen -por no fijar la vista empañada más que en un punto y no compararlo con lo que lo rodea, para notar las diferencias de posición- en la perpetuidad de un presente que hace tiempo se desliza, por un plano inclinado, hacia el abismo.
En las crisis supremas suelen los humildes ver con más lucidez que los hábiles. Yo tengo el presentimiento de que la hora de una catástrofe social, preparada por tres siglos de herejías y por uno de ateísmo, está próxima, y que se va a dividir de nuevo la historia con una edad que termina y con otra que comienza.
Y temo que el día en que se apague una lucecilla que arde en la colina del Vaticano, lanzando melancólicos resplandores sobre la iniquidad de un mundo ingrato; el día en que -cumplida la misión providencial de haber llevado hasta el último límite la misericordia divina para preparar el camino de la justicia- la luz se apague, puede ser que un viento de muerte sacuda la pesada atmósfera que gravita sobre las almas, y que, en el momento en que una turba insensata, acaudillada por los apóstoles de la impiedad, escale los muros del templo para arrancar de la techumbre social la cruz de Cristo, que es y será siempre el pararrayos espiritual contra todas las tempestades de la vida, puede ser que una nube sombría y tormentosa invada los horizontes y los ilumine súbitamente con la centella que rasgue sus entrañas, para que veamos avanzar sobre el suelo, calcinado por la revolución, de esta Europa apóstata y cobarde una ola negra, muy negra, coronada de espumas ensangrentadas, que arrastre, entre sus aguas impuras, astillas de tronos y fragmentos de altares, y que d‚ comienzo a una noche funeral que se cierna sobre la tierra y parezca interrumpir la historia".
(Cfr. Juan VAZQUEZ DE MELLA, “La Iglesia independiente del Estado ateo”, discurso pronunciado en Santiago de Compostela el 29-07-1902, en sus Obras Completas, Vol. 5, Voluntad, Madrid, 1931, pp. 63 ss; pp. 351-353)
martes, 16 de septiembre de 2008
Texto escogido: ese descarado progresismo católico
TEXTO ESCOGIDO DE RAFAEL GAMBRA: RAIZ HISTÓRICA Y EMOCIONAL DEL PROGRESISMO CATOLICO
Cristo, como lo imagina típicamente el progresismo católico. La imagen pertenece al nuevo edificio del Santuario de Fátima, en Portugal
Estas dos imágenes de Cristo nos sirven de introdución imaginativa para ensayar la siguiente pregunta:¿ellas representan realmente una misma religión, una misma Iglesia, o son dos visiones distintas, opuestas, que se enfrentan?
* * *
El texto que a continuación transcribimos nos permitirá situar los marcos teóricos de una respuesta, que se la dejamos a cada cual. Leámoslo:
"Nuestra constante obsesión por mantenernos al día es equivalente a lo que en el orden colectivo representan los esfuerzos del Concilio (Vaticano II) por adaptar la Iglesia al mundo moderno, o los del Estado multiplicando sus planes de desarrollo, de modernización, de actualización, en reajustes diarios.
De esta nueva actitud de la Iglesia, surgirá, según ellos, no solo la paz y el diálogo con el mundo moderno, sino el ecumenismo que acabe con los recuerdos de las luchas de religión e incluso con las mismas diferencias religiosas.
En el 32 Festival de Circo internacional, en Mónaco, el Arzobispo Bernard Barsi y el Obispo de Mónaco celebran una misa......
A fuerza de querer serlo todo, se acaba por no ser nada....El progresismo católico ignora la grandeza de la Iglesia en esta hora y su significación histórica frente a un mundo lanzado al vértigo de la revolución continua por el mito de la Historia y la ruptura de los diques humanos que contenían antaño la aceleración del proceso histórico.
Ignora también el sentido del silencio de Cristo, que rehúsa responder desde la Cruz a quienes le dicen que se salve a sí mismo y que durante su vida niega el diálogo a quienes le hablan con intención de tentarle, y al diablo que le ofrece la posesión de toda la tierra.
(Cfr. Gambra Ciudad, Rafael, “La unidad religiosa y el derrotismo católico. Estudio sobre el principio religioso de las sociedades históricas, y en particular, sobre el catolicismo en la nacionalidad española”, Ed. Nueva Hispanidad, Buenos Aires, 2002)
Breve reseña filosófica del autor:
Rafael Gambra es uno de los filósofos más destacados del pensamiento político y social hispano del siglo XX. Dotado de un excepcional talento sintético, explicitó los males de la filosofía racionalista y sus reflejos en la civilización europea; precisó las críticas al liberalismo político y a sus dogmas democráticos; denunció lo que llamó la “delicuescencia” intelectual sembrada por el progresismo católico en el ámbito del pensamiento cristiano.







