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martes, 1 de septiembre de 2009

Mons. Juan Álvarez de Castro, Obispo de Coria

En el Bicentenario del Obispo mártir de la guerra contra Napoléon
(Rvdo. P. Angel David Martín Rubio)
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A diferencia de lo que ocurría con anterioridad a las revoluciones liberales, las ideologías dominantes en el mundo moderno consideran la religión como un asunto meramente privado (a la manera del liberalismo) o como algo que hay que eliminar (por ejemplo la llamada "escuela de la sospecha": Marx-Nietzsche-Freud y las ideologías inspiradas en estas filosofías).
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Es en este contexto histórico en el que se sitúa un episodio ocurrido en la localidad cacereña de Hoyos el 29 de agosto de 1809 y cuyo significado desborda con creces la pura tragedia humana de un prelado de ochenta y cinco años caído bajo las balas de los representantes del Estado más poderoso del momento para convertirse en un ejemplo más de que el intento de provocar la ruptura de la íntima relación religión-sociedad, hondamente radicada en la entraña de cualquier comunidad, será siempre un fenómeno conflictivo en todos los lugares donde la revolución moderna pretenda aplicar sus criterios y necesariamente desestabilizador y traumático en aquellas ocasiones en que logre alcanzar su objetivo.
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La historia española ha estado atravesada en buena parte de los siglos XIX y XX por esta importante fuente de inestabilidad y desequilibrio que son las políticas laicistas y es de temer que lo siga estando a comienzos del XXI. De ahí la actualidad de un tema como éste en un país controlado por un Gobierno que reivindica a los afrancesados.Alvarez de Castro, mártir de la IndependenciaLa intervención tan relevante que el entonces Obispo de Coria don Juan Álvarez de Castro tuvo para alentar y sostener el esfuerzo bélico protagonizado por sus diocesanos únicamente se entiende si se reconoce que en el 2 de mayo y en la guerra a que da paso no estamos únicamente ante un conflicto contra el francés (en el sentido de afirmación propia frente al dominio extranjero) sino que se trata de una guerra contra la etapa imperial o bonapartista de la Revolución Francesa, al igual que la de 1793-1795 lo había sido contra la etapa jacobina de dicha Revolución.
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Guerra de religión contra las ideas heterodoxas difundidas e implantadas violentamente por las legiones napoleónicas. Como escribía el padre Vélez en 1813:"La misma religión es la que ha armado ahora nuestro brazo para vengar los insultos que ha sufrido del francés en nuestro suelo. Ella ha reanimado nuestra debilidad al ver que se trataba de privarnos de sus cultos: ella nos puso las armas en la mano, para resistir la agresión francesa, que a un tiempo mismo atacaba el trono y destruía el altar. La religión nos condujo a sus templos, bendijo nuestras armas, publicó solemnemente la guerra, santificó a nuestros soldados y nos hizo jurar al pie de las santas aras, a la presencia de Jesucristo en el Sacramento, y de su Santísima Madre en sus iglesias, no dejar las armas de las manos hasta destruir del todo los planes de la filosofía de la Francia y de Napoleón contra el trono de nuestros reyes y contra la fe de nuestra religión".
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La venganza francesa se cruza en el camino de Álvarez de Castro, no por acaso ni de manera trágica pero evitable, sino poniendo fin de manera plenamente consciente a una actividad a favor de la independencia política y religiosa de España que era brillante culminación de una trayectoria coherente iniciada con su llegada al Obispado de Coria en 1790. Poco después estalla la guerra contra los revolucionarios como consecuencia de la ejecución de Luis XVI (21-enero-1793), y escribe una Circular a sus diocesanos para que ayuden a nuestro Ejército. Con ocasión de la guerra contra Inglaterra escribe otra Pastoral (8-agosto-1798) en la que fundamenta doctrinalmente la obligación de contribuir a las necesidades públicas y, para demostrarlo prácticamente, anticipó con su Cabildo quinientos mil reales a la Corona y dos años más tarde trescientos mil más.En 1804, a los ochenta años de edad, se retiró a Hoyos donde acabó fijando su residencia al agravarse sus padecimientos. Nombró Gobernador Eclesiástico Sede Plena al Arcediano de Alcántara don Sebastián Martín Carrasco (14-abril-1806), resolución tomada con el objeto de que no experimentasen retraso los asuntos relacionados con el obispado pero no por eso dejó de ocuparse del gobierno de la Diócesis, confiriendo las Sagradas Órdenes, oyendo reclamaciones y despachando hasta pocos días antes de su muerte.
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Iniciado el alzamiento de mayo de 1808 contra los franceses, invita al Cabildo a contribuir con sus caudales al sostenimiento de las tropas y, atendidas las obligaciones de la Mitra, aplica las restantes rentas a los gastos de la campaña; ordena rogativas por el triunfo de las armas españolas (14-junio-1808); el 23 de junio exhorta al alistamiento que la Junta Suprema de Gobierno de la Provincia estaba emprendiendo. Para ello se habría de verificar un juramento de todos los fieles en sus Parroquias ante el Señor Sacramentado expuesto; en primer lugar debían prestarlo los eclesiásticos quienes explicarían después al pueblo, congregado en un día fijado por mutuo acuerdo entre los curas y las juntas respectivas, las obligaciones contenidas en la fórmula empleada:"Juramos, prometemos a ese Divino Señor Sacramentado guardar la más perfecta unión y respeto y veneración a la Justicia, olvidar para siempre de todo corazón los sentimientos particulares, defender nuestra Santa Religión, a nuestro amado Soberano y Señor don Fernando VII y las propiedades, hasta derramar las últimas gotas de nuestra sangre".
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El Prelado promete, en nombre de Dios, la bienaventuranza eterna a los que mueren por la Patria; da todo cuanto tiene; sus iglesias se empobrecen; entrega las joyas que se funden y sus graneros se abren... La repercusión de estas pastorales y circulares del Obispo en la Diócesis y fuera de ella era grande. Extremadura se levantó en armas y sus sierras se hicieron impenetrables para los ejércitos napoleónicos durante mucho tiempo. Sus Cartas Pastorales serán citadas en las Cortes y recibirán común reconocimiento; en su honor, habló el diputado por la ciudad de Guatemala Larrazábal el 21 de abril de 1814.
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Cuando un Ejército francés, con el Mariscal Soult al frente, se apodera de Plasencia y prolongó sus descubiertas hasta el Puerto de Perales, las denuncias habían circulado y se sabía lo mucho que el Obispo había contribuido al esfuerzo de guerra y que estaba refugiado en Hoyos después de haberse movido buscando seguridad por varios pueblos de la comarca. Hasta allí se trasladó un escuadrón el 29 de agosto de 1809: sacaron de la cama al venerable prelado --que, además de su edad, se encontraba muy debilitado y en peligro de muerte-- y caído en el suelo le dispararon dos tiros de fusil, no sin antes saquear la casa y causar la muerte a uno de los ancianos que se habían refugiado allí, resultando heridos uno de los familiares y otros cinco ancianos.
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Jiménez de Gregorio nos describe el suceso: le arrebatan primero el pectoral que se pasa la soldadesca de a unos a otros haciendo escarnio de la insignia, le arrancan la ropa de cama que le cubría y arrojándolo al suelo desnudo, boca arriba, le disparan un primer balazo en los testículos y después otro en la boca. Fue enterrado sin solemnidad y con apresuramiento en la Parroquia de Hoyos y no conocemos el lugar en que fueron depositados sus restos..
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Iglesia y Estado liberal
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La diócesis de Coria no es una excepción en las manifestaciones del enfrentamiento entre las ideas revolucionarias y liberales con la Iglesia Católica, dándose circunstancias semejantes a las que hubo en las restantes circunscripciones eclesiásticas en Extremadura y en el resto de España (como las desamortizaciones o los intentos de intrusismo) y aspectos específicos como el asesinato del Obispo Álvarez de Castro por los franceses o los asesinatos y profanaciones llevados a cabo por las tropas del Empecinado en el ocaso del Trienio Liberal. Por otro lado, la aportación doctrinal de obispos como el propio Álvarez de Castro, Ramón Montero y Manuel Anselmo Nafría (en este caso antes de llegar a la sede cauriense) puede considerarse de cierto relieve a la hora de configurar el pensamiento contrarrevolucionario español.
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La historiografía ha tratado de explicar estas tensiones siguiendo el modelo francés donde se dice sin ser del todo exacto que, para implantar una realidad opuesta al Ancien Régime, la Revolución ataca igualmente a la Monarquía, la Nobleza y a la Iglesia considerados pilares del orden social anterior a la Revolución. Pero en España la Monarquía se integró en las constituciones liberales y la Nobleza perdió sus obsoletos privilegios jurídicos, conservando sus propiedades y figurando a la par que la burguesía en los cuadros de la jerarquía social mientras que la Iglesia, como afirma José Luis Comellas:"Privada por la fuerza de las propiedades y rentas que disfrutaba en régimen de paralelismo con la nobleza, perseguida por razón de opiniones, exclaustrados, suspendidos o desterrados muchos de sus miembros, invadidas sus instituciones y jurisdicción interior por el poder del Estado, censurados sus escritos y asesinados un buen número de religiosos, hubo de sufrir afrentas como no se recordaban en siglos y vivir uno de los momentos más dolorosos de su historia en España".
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La injerencia del Estado liberal en los asuntos eclesiásticos tenía una raíz muy propia del Antiguo Régimen: el regalismo que, en esto, no se esforzaron en superar sino en heredarlo y aumentarlo. No faltó un proyecto de ley (el cisma de Alonso) que pretendía la creación de una especie de Iglesia nacional de inspiración protestante. Y esta es la clave de explicación, no se persigue a la Iglesia ni por igualitarismo social --cercenar privilegios-- ni por su apoyo --tan matizado-- al carlismo, y basta seguir el encadenamiento de los hechos para comprobar que las medidas antieclesiásticas por parte del Estado son anteriores a las declaraciones de los eclesiásticos: es decir, que la Iglesia protesta porque se sabe atacada, no al revés.
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En el lado de las resistencias a la implantación por la fuerza del Estado liberal encontramos una mentalidad común en las diversas instancias. Para Alfonso Bullón de Mendoza:"Desde nuestro punto de vista, si entre los defensores de Don Carlos encontramos miembros de tan diferentes sectores sociales, si durante siete años se logra mantener, y con buen éxito, una guerra que vista la situación de partida en 1833 parecía imposible que durara más de un par de semanas, es porque los legitimistas combatían por uno de los primeros y fundamentales derechos del hombre, el derecho a continuar siendo él mismo, a no tener que cambiar, si no lo desea, su forma de vida y pensamiento. Por ello, la presentación del carlismo como una lucha en defensa de la libertad, es una constante de la propaganda legitimista".
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Los liberales sabían que no podían consolidar su dominio sobre una sociedad que en buena medida les rechazaba si no suprimía o encauzaba en una dirección favorable el influjo moral que la Iglesia ejercía sobre esa misma sociedad y en la que promovía una serie de principios y comportamientos incompatibles con el liberalismo. De conseguirlo, habría sido neutralizada la única potestad radicalmente independiente del Estado.En la segunda parte del período que nos ocupa, cansada de años de persecución, la jerarquía aceptó la mano tendida de los moderados y pareció que se entraba en un periodo de tregua.
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Los amantes de libertad habían hecho sufrir mucho a la Iglesia pero, probablemente, el daño mayor se produjo cuando el secularismo agresivo y triunfante desde los orígenes del liberalismo consiguió alcanzar un modus vivendi con la Iglesia al lograr un reconocimiento de la Jerarquía, laminando el que debiera haber sido apoyo incondicional al carlismo, en lo que tenía de restauración de la unidad católica, a cambio de unas migajas en el presupuesto y de una nominal declaración de confesionalidad que se hacía compatible con la proliferación de sectas y la libertad de propaganda para el más corrosivo laicismo. Para el radicalismo liberal y el obrerismo revolucionario aquella situación era un clericalismo en el que la Iglesia debería sucumbir entre las ruinas del Estado y la sociedad.
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Empobrecida por las incautaciones y expropiaciones, la Iglesia tuvo que reanudar su labor sin poder ejercer muchas de sus anteriores tareas pastorales, asistenciales y educativas. Y hacerlo sobre una sociedad en cambio y sometida a nuevas influencias sin contar apenas con la esperada colaboración de un Estado y de unos gobernantes nominalmente católicos. Porque como denunciaba en el ocaso del siglo XIX Ramón Nocedal:"No, ni el mundo en general, ni España especialmente se pierden sólo por culpa del liberalismo; se pierden también, y muy principalmente, por culpa de los que abandonan la lucha, y entienden que cumpliendo sus obligaciones particulares ya pueden dejar que azoten a Cristo y crucifiquen a la Patria, y aún ayudar a los sayones, o al menos guardarles la ropa, por un pedazo de pan o por no reñir con nadie".
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Algunas consecuenciasA la vista de todo lo expuesto podemos concluir:
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1. El arraigo en el pasado del secular conflicto que atraviesa la historia contemporánea española y que no es algo coyuntural o resultado de problemas más o menos intrascendentes (por ejemplo, una simple querella dinástica).
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2. La incapacidad del liberalismo español para articular un proceso de modernización económica y participación política se remonta a sus propios orígenes que dan paso a un modelo basado en los propios intereses y no en las reivindicaciones más auténticas de la nación. La tantas veces repetida libertad e igualdad, ausente como en pocos sistemas políticos de la España del siglo XIX y comienzos del XX, apenas hace necesario recurrir a la crítica filosófico-teórica para la demolición polémica del liberalismo español.
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3. La estrecha relación entre ortodoxia política y religiosa y la imposibilidad práctica de perseverar en la segunda cuando no se es consecuente con la primera. Entendemos por "heterodoxia política" la de todos aquellos que de hecho han negado la dimensión teológica en el plano político, la de aquellos que practicando políticamente un criterio puramente mecanicista se niegan a reconocer las exigencias éticas del obrar político, consideran la religión como asunto válido para los actos de significación personal e inválido para los de dimensión social.
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4. Frente a ejemplos luminosos como el de Álvarez de Castro, la existencia --aunque todavía minoritaria-- de un episcopado y un clero afrancesado y colaboracionista e incluso los torpes intentos de reconciliar al liberalismo con la Iglesia puestos en práctica más tarde, ponen de relieve la licitud y necesidad de una resistencia en el terreno cultural y político fundamentada religiosamente a pesar de la oposición de algunos eclesiásticos, por muy arriba que éstos se sitúen.
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Dos pastorales del Obispo mártir pueden leerse en su edición original en http://www.gratisweb.com/eltiempocoria/OAC/OACpastoral.htm

sábado, 18 de abril de 2009

LA VERDADERA IMAGEN DE JESUS MISERICORDIOSO


Primer cuadro de Jesús de la Divina Misericordia, que corresponde al que Santa María Faustina Kowalska solicitó pintar en 1934 por intrucciones del Señor. Es obra de Eugênio Kazimirowski.
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Esta imagen, que es la que se ha difundido por el mundo, fue pintada el año 1944 por Adolfo Hyla, al margen de las instrucciones que el Señor dio a la santa.
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La imagen genuina

La devoción a Jesús de la Divina Misericordia, que corresponde a la fiesta litúrgica del domingo siguiente a la Pascua de Resurrección, se ha multiplicado por el mundo en las últimas décadas. Sin embargo, la imagen que se asocia a la devoción, y que todos conocemos, inexplicablemente no es la auténtica.
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Santa María Faustina recibió del Señor el encargo de que hiciera pintar su imagen en un lienzo. La santa durante seis meses orientó los trabajos del pintor. A su término, el Señor le prometió que las gracias que El concedería por medio de la devoción de la Divina Misericordia estarían asociadas a esa imagen. “Por medio de esta imagen voy a conceder muchas gracias, por eso, que cada alma tenga acceso a ella” (Diario 570). Sin embargo, la imagen que pasa por tal no es la genuina. He aquí la historia.
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“Pinta una imagen según el modelo que ves, con la frase: Jesús, en Ti confio” (Diario, 47). “Ofrezco a los hombres un recipiente con el que han de venir a la Fuente de la Misericordia para recoger gracias. Ese recipiente es esta imagen con la frase: Jesús, en Ti confío” (Diario, 327).
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Santa María Faustina Kowalska (1905 - 1938)
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A petición de Santa María Faustina Kowalska (1905 - 1938), el Beato Miguel Sopocko (1888-1975) encargó el cuadro de Jesús Misericordioso a principios de 1934 en Vilna (Vilnius, Lituania), al pintor Eugeniusz Kazimirowski. El piso del padre Sopocko y el piso de Kazimirowski junto con su estudio se encontraban en el mismo edificio. Durante seis meses la santa fue al estudio del pintor para dar indicaciones y detalles respecto al cuadro. El Beato Sopocko personalmente se encargó de que el lienzo fuera pintado exactamente según las indicaciones. En junio de 1934, el cuadro ya estaba listo. El Beato Sopocko preguntó entonces a Santa Faustina qué texto debería escribirse bajo la pintura.
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Beato Miguel Sopocko (1888-1975)
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Cuenta Santa Faustina en su Diario: “Una vez el confesor (Padre Sopocko) me preguntó cómo debía ser colocada la frase, ya que todo eso no cabía en la imagen. Contesté que rezaría y que daría la respuesta la semana siguiente. Al alejarme del confesionario, y pasando cerca del Santísimo Sacramento, recibí el entendimiento interior de cómo debía ser la frase. Jesús me recordó lo que me había dicho la primera vez, es decir, que estas tres palabras debían ser puestas en evidencia. Las palabras son: Jesús, en Ti confío” (Diario, 327).
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Al recibir la respuesta, el Beato Sopocko puso el texto en el marco debajo del cuadro. El 4 de abril de 1937, con el permiso del Metropolitano de Vilna, el Arzobispo Romuald Jalbrzykowski, el cuadro de Jesús Misericordioso, tras haber recibido la opinión positiva de los expertos, fue bendecido y llevado a la iglesia de San Miguel en Vilna, dónde empezaron a rodearlo de veneración cada vez mayor. Una comisión de expertos convocada en 1941 por la orden del Metropolitano, confirmó la opinión positiva y afirmó que “El cuadro constituye una obra de arte y un ejemplo de arte contemporáneo religioso de valor.” (Protocolo de la Comisión de la evaluación y la conservación del cuadro de Jesús Misericordioso en la Iglesia de San Miguel de Vilna de 27 de mayo de 1941 firmado por expertos: Profesor de la historia de arte dr. M. Morelowski, Profesor de dogmática padre dr. L. Puchaty y el Conservador padre Dr P. Sledziewski).
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El cuadro en la Iglesia de San Miguel (1937-1948)
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A causa de las operaciones militares (1939- 1945) de la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética se anexiona Lituania. El cuadro queda entonces en territorio dominado por el ateísmo despótico y policíaco del comunismo, y por unas decenas de años inaccesible para los peregrinos. A pesar de muchos peligros (estuvo escondido en un desván, enrollado, guardado en la humedad y en el frío; muchas veces inhábilmente restaurado), gracias a la Providencia Divina, el lienzo perduró a la época soviética.
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En 1948 cuando el gobierno comunista cerró la Iglesia de San Miguel, el cuadro fue depositado en la Iglesia del Espíritu Santo, cuyo párroco, el p. Jan Ellert no estuvo interesado en guardarlo. Un amigo del Beato Sopocko, p. Józef Grasewicz, lo llevó a la parroquia en Nowa Ruda, en Bielorusia. Aquí, a pesar de muchos cambios en la administración de la iglesia, el cuadro permaneció durante 40 años (1949-1986).
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El cuadro en la iglesia de Nowa Ruda, actualmente Bielorrusia (1949-1986)
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En 1970, las autoridades comunistas en Nowa Ruda decidieron convertir la iglesia en un almacén. El Beato Sopocko, que entonces estaba en Polonia pidió al p. Grasewicz que trasladara el cuadro a algún otro sitio seguro. En secreto, mandó una petición de colgar el cuadro en la iglesia de la Puerta del Amanecer de Vilna (Lituania), donde había sido expuesto por primera vez para la adoración pública. La petición fue transmitida solo en 1982 (ya después de la muerte del Beato Sopocko). En 1986 el lienzo es trasladado nuevamente a la Iglesia del Espíritu Santo, en Vilna, donde permaneció hasta el año 2005.
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..El cuadro antes de su restauración
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A consecuencia de la restauración realizada el año 2003, el cuadro recuperó su aspecto original. En el marco nuevo se fijó un letrero, según el proyecto del conservador, con las palabras: JESÚS, EN TI CONFÍO (el marco con el letrero original se perdió cuando el cuadro estaba escondido).
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Desde el año 2005, el lienzo se venera el el Santuario de la Divina Misericordia, en Vilna.
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DIARIO de Santa Sor Faustina, Plock, Polonia, 22 de febrero de 1931.
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"Al anochecer mientras estaba en mi celda, vi al Señor Jesús vestido con una túnica blanca. Tenía una mano levantada para bendecir y con la otra tocaba la túnica sobre el pecho. De la túnica entreabierta en el pecho, salían dos rayos grandes: uno rojo y otro pálido. En silencio, atentamente miraba al Señor, mi alma estaba llena de temor, pero también de gran alegría. Un momento después, Jesús me dijo: Pinta una cuadro según el modelo que ves, y firma: Jesús, en Ti confío.(...)
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Prometo que el alma que venere esta cuadro no perecerá. También prometo, ya aquí en la tierra, la victoria sobre los enemigos y, sobre todo, a la hora de la muerte. (...) Deseo que haya una Fiesta de la Misericordia. Quiero que este cuadro que pintarás con el pincel, sea bendecido con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia. Deseo que los sacerdotes proclamen esta gran misericordia que tengo para las almas pecadoras. Que el pecador no tenga miedo de acercarse a Mí. (...)
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Una vez, cansadísima por las múltiples dificultades que tenía por el hecho de que Jesús me hablaba y exigía que fuese pintada la cuadro, decidí firmemente, antes de los votos perpetuos, pedir al padre Andrasz que me liberara de estas inspiraciones interiores y de la obligación de pintar la cuadro. Al escuchar la confesión, el padre Andrasz me dio la siguiente respuesta: No la dispenso de nada, hermana y no le está permitido sustraerse de estas inspiraciones interiores, sino que debe decir todo al confesor, eso es necesario, absolutamente necesario, porque de lo contrario se desviará del buen camino a pesar de estas grandes gracias del Señor. De momento usted se confiesa conmigo, pero ha de saber que debe tener un confesor permanente, es decir un director espiritual.(...)
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Me afligí muchísimo. Pensaba poder liberarme de todo y había pasado todo lo contrario: una orden clara de seguir las peticiones de Jesús. Y otra vez el tormento porque no tengo un confesor permanente. (...) Sin embargo la bondad de Jesús no tiene límites, me prometió una ayuda visible en la tierra y la recibí poco después en Vilna (Vilnius), Lituania. En el padre Sopocko reconocí esa ayuda de Dios. Le había conocido en una visión interior antes de llegar a Vilna. Un día lo vi en nuestra capilla entre el altar y el confesionario. De repente en mi alma oí una voz: He aquí la ayuda visible para ti en la tierra. Él te ayudará cumplir Mi voluntad en la tierra” (Diario, 47-50).
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sábado, 11 de abril de 2009

La presencia de Nuestro Señor en la semana santa madrileña

PROCESION DE NUESTRO PADRE JESUS NAZARENO EL POBRE Y DE LA VIRGEN DEL DULCE NOMBRE Y DE LA ESPERANZA
Jueves Santo, 2009, Madrid de los Austrias







































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Señor del Universo y cautivo de nuestro miope egoismo:
tú, Jesús, eres el Dios de los contrastes.
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Tu rostro de dolor es la alegría de los hombres rectos;
tus manos atadas son la omnipotencia que salva;
la corona de espinas que te cubre la cabeza es promesa de vida eterna,
para quien sigue tus caminos.
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Creo en tu amor, Jesús El Pobre y Cautivo;
creo que es bendito quien siempre permanece en ti.
¡Líbranos Jesús El Pobre y Cautivo!
Líbranos de las voces que buscan alejarnos de ti.
Líbranos del demonio, del mundo y de la carne.
Líbranos de nuestra soberbia, de nuestro egoísmo y de nuestro pecado.
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domingo, 5 de abril de 2009

¿Cuál es el significado del "Domingo de Ramos"?

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La bendición de las palmas o de los Ramos es el primer rito que se desarrolla en Semana Santa y podemos juzgar acerca de su importancia por la solemnidad que la Iglesia despliega en su celebración (...)
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Después del canto de la antífona Hosanna, estas ramas de olivo reciben con una sola oración, acompañada de la incensación y de la aspersión del agua bendita, una virtud que las eleva al orden sobrenatural y las hace a propósito para ayudar a la san­tificación de nuestras almas y a la protección de nuestros cuerpos y de nuestras casas. Los fieles deben te­ner con respeto estos ramos en sus manos durante la procesión y colocarlos con honor en sus casas, como un signo de su fe y de su esperanza en la ayuda divina (...)
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Estas manifestaciones de fe ayudan a comprender por qué la Iglesia quiere que, en la procesión de los Ramos, sea honrado Jesucristo como presente en su triunfo. Busquemos entonces por medio del amor "a este humilde y dulce Salvador que viene a visitar a la hija de Sión", como dice el profeta. Aquí está en medio de nosotros; a Él se dirige el tributo de nues­tros ramos; unámosle también el de nuestros corazones. Se presenta para ser nuestro Rey; recibámoslo y digamos: Hosanna al hijo de David, Señor y Dios nuestro.
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(Tomado de El año litúrgico de Mons. Próspero Guéranger)


sábado, 28 de marzo de 2009

SANTA TERESA DE LISIEUX Y LAS CRUZADAS

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Me quedé dormida un segundo durante la oración. Y soñé que hacían falta soldados para una guerra. Tú dijiste: Hay que mandar a sor Teresa del Niño Jesús. Yo respondí que hubiera preferido mucho más que fuera para una guerra santa. Finalmente, partí, lo mismo.
No, yo no hubiera tenido miedo de ir a la guerra. ¡Qué feliz hubiera partido, por ejemplo, en tiempos de las cruzadas para combatir a los herejes! ¡Ya lo creo! ¡No hubiera tenido miedo a toparme con la espada!
(4.8.6)
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¿Es posible que yo, que deseaba el martirio, me muera en una cama? (4.8.7)
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(“Ultimas conversaciones”, del “Cuaderno amarillo” de la Madre Inés, 4 de agosto de 1897)

jueves, 26 de marzo de 2009

EL CABALLERO CRISTIANO: PERSONALIDAD (II)

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(Manuel García-Morente, "Idea de Hispanidad", II, 8)
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Entre españoles manda el que «puede»; no el «elegido» por votación. La ley tiene que ir acompañada de otras fuerzas reales, para que su predominio sea efectivo: prestigio personal, tradición secular, superioridad psicológica, jerarquía religiosa. Pero la simple abstracción legal no tiene acceso en el ánimo de los hispanos, siempre propensos a cotejar toda cosa o idea con la íntima realidad de su propia persona individual.
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Esta condición radicalmente individualista -y diríamos realista, si este término no fuera expuesto a confusiones- del caballero cristiano, podría fácilmente dar lugar a una falsa apreciación del carácter español. Adelantémonos, pues, a declarar que el caballero español no conoce el «resentimiento». Es raro, muy raro, que un español sea «resentido». Justamente porque el español tiene una conciencia muy elevada de sí mismo y de su valía -conciencia a veces excesiva y exagerada- no incide con facilidad en la envidia y muda codicia rencorosa de lo ajeno. El resentimiento -como el snobismo- no es vicio español. El resentimiento es defecto natural de almas reptantes o trepadoras.
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Pero el caballero cristiano podrá caer en cualquiera otra aberración antes que en la bajeza o vileza del espíritu reptil. Lo que sucede es que entre el resentimiento o envidia reprimida y el profundo sentimiento de la propia estimación y superioridad, las diferencias externas, visibles y palpables, son sutiles y no siempre claras. El hombre que tiene de sí mismo una alta idea, un profundo sentimiento, propende naturalmente a no percibir los valores ajenos y aun a menospreciarlos. Ahora bien, precisamente esa actitud de menosprecio a lo ajeno es la que el resentido o envidioso adopta también.
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La conducta es, pues, la misma en los dos casos. Por eso se explica fácilmente la confusión. Pero la diferencia interna es profundísima. El resentido finge ese menosprecio, porque siente su propia inferioridad. El hombre de honda conciencia personal siente de veras ese menosprecio, porque no reconoce nada ni nadie superior a sí mismo. El español, que lleva consigo por el mundo el repertorio personal de sus gustos, de sus preferencias, de sus admiraciones, niégase terminantemente a reconocer valor a todo lo que no coincida con su propia norma. Pero esto, lejos de ser resentimiento, es, por el contrario, la ingenua y a veces pueril manera de manifestar la obstinada afirmación de su índole personal.Este hermetismo ante la vida puede tener en ocasiones su lado deplorable y aun doloroso.
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Así, por ejemplo, entre los españoles, el reconocimiento de la superioridad artística, literaria o científica del poeta, del pintor, del pensador, tarda mucho tiempo -a veces mucho más que la vida de un hombre- en expandirse y consolidarse; precisamente porque es difícil forzar la admiración de un hombre que, como el caballero español, está dispuesto de antemano a no admirar. Casos ilustres conoce nuestra historia. Citemos uno solo: Cervantes. Pero este aspecto se compensa por otros favorables del mismo sentimiento. Ese recato, ese retraimiento, ese intimismo del caballero español, imprime, en cambio, a la producciones del arte y de la vida hispanos un peculiar carácter de espontánea sencillez, opuesta a toda convención falsa y vacía.
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El español -tanto en su arte como en los momentos de su vida- huye siempre de lo resobado, de lo convencional, de lo falso. Podrá ser, a veces, ampuloso y exagerado; pero nunca inauténtico, nunca preparado, aderezado y -para decirlo de una vez- cursi. La poderosa impresionante sinceridad del arte español constituye el anverso del hermetismo y recogimiento del ánimo en la psicología del caballero.

miércoles, 25 de marzo de 2009

EL CABALLERO CRISTIANO: PERSONALIDAD (I)


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(Manuel García-Morente, "Idea de hispanidad", II, 7)
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Todas estas cualidades del caballero van, en resumidas cuentas, a parar a una característica fundamental: la afirmación enérgica de la personalidad individual. El caballero español se siente vivir con fuerza; se sabe a sí mismo existiendo como un poder de acción y de creación. El caballero español es regularmente una personalidad fuerte. No cede, no se doblega, no se somete.
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Afirma su yo con orgullo, con altivez, con tesón; a veces con testarudez. Pero siempre con nobleza; es decir, sobre la base de una honda convicción y de una honrada estimación de la propia valía. Es un carácter enérgico, violento y tenaz; pero noble y generoso. Y así como cultiva en sí mismo las virtudes de la resistencia y de la dureza, así también las admira en los demás. Acaso sea la única cosa ajena que él admira.
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Una ilustración del temple acerado con que está hecha el alma del caballero español encuéntrase en los innumerables ejemplos de predominio vital de los españoles y de lo español. En un conjunto de individuos pertenecientes a varias nacionalidades, si uno de ellos es español, raro será que no imponga insensiblemente a los demás sus normas de vida y de conducta; y más raro aún que se deje imponer esas mismas normas por los demás. A lo sumo se segregará del grupo y emprenderá su camino solitario, si la divergencia entre él y los restantes componentes del conjunto se hace muy tirante.
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Así, por ejemplo, el idioma español cuando entra en contacto con otros idiomas suele desenvolver un extraño poder de prevalencia -o desaparece en seguida y por completo-. Y se da el caso curioso de que los habitantes franceses de la frontera hispanofrancesa entiendan y hablen el español, mientras que los españoles no entienden ni hablan el francés. Hay en lo hispánico -en los hombres, en las costumbres, en todo lo que contenga átomos de espiritualidad- una especie de poderío afirmativo, una capacidad de prevalecimiento, un poder de imperar y sobreponerse, que se refleja en los más menudos rasgos de la vida individual y colectiva.
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Se refleja, desde luego, en la preferencia resuelta que los españoles dan a las relaciones reales sobre las relaciones formales. Llamo reales a aquellas relaciones entre los hombres, que se fundan en lo que cada persona es realmente, en lo que uno siente y piensa y en cómo siente y piensa, en lo que uno es y en lo que uno vale. Llamo, en cambio, formales a aquellas relaciones que se basan en la abstracción pura, en el mero «ser ciudadano», o «ser hombre» o «ser prójimo»; es decir, en una simple forma, despojada de toda realidad personal, individual, concreta y reducida a mero concepto del derecho o de la moral.
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El caballero español no siente y casi no comprende la relación abstracta: por ejemplo, la de ciudadanía pura o la de pura humanidad. Necesita cuanto antes «conocer» al otro, hacerse amigo -o enemigo- del otro; establecer con el otro una relación que se funde en la singular persona del otro y no en su simple carácter de «hombre», o de «ciudadano». Por eso entre españoles el trato puede más que el contrato, y las obligaciones de amistad pesan mucho más que las obligaciones jurídicas.
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La virtud de la obediencia -por ejemplo- no será fácilmente practicada por el español cuando el jefe, a quien deba obedecer, no tenga en su persona cualidades reales, individuales, que lo impongan naturalmente como jefe. El español se somete con gusto y entusiasmo a otro yo real, en quien percibe fuerza, energía, poder de mando, dureza y superioridad de carácter. Pero no se inclina ante la autoridad puramente metafísica de un concepto; no se somete a la mera idea jurídica de la soberanía, basada, por ejemplo, en voto o sufragio o procedimiento cualquiera de tipo formalista.

martes, 24 de marzo de 2009

EL CABALLERO CRISTIANO: MÁS PÁLPITO QUE CÁLCULO

(Manuel García-Morente, "Idea de Hispanidad", II, 6)

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Este tipo de hombre, que se precia de llevar dentro de sí el guía certero de su vida por el mundo, ha de tomar sus resoluciones más por obediencia a los dictados misteriosos de esa voz interna, que por estudio prudente de las probabilidades.

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Vosotros tenéis aquí, en América, una palabra lindísima para expresar lo que quiero decir, la palabra pálpito. El caballero es hombre de pálpitos más que de cálculos. ¿Imagináis a los conquistadores calculando y computando sabiamente las posibilidades de conquistar Méjico o el Perú? Si tal hubiesen hecho no habrían acometido jamás la empresa, porque el número de probabilidades de fracasar era tan grande y el de triunfar tan ridículamente pequeño, que un cálculo somero bastara para hacerles abandonar el propósito.

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Pero el caballero cristiano no echa semejantes cuentas; no se pregunta si es fácil, si es difícil y ni aun siquiera si es posible la empresa que tiene ante los ojos. Bástale con que su corazón le mande ejecutarla, para que la acometa, sin detener ni contener su ánimo en el estudio exacto de las probabilidades.

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Sin duda el caballero fracasa y fenece muchas veces. Pero muchas veces también triunfa por ventura y casi por milagro; y si no fuese por ese arrojo increíble y esa obediencia ciega a los dictados del corazón, la historia no registraría entre sus páginas muchas de las más estupendas hazañas que el género humano ha llevado a cabo.

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Esa preferencia del pálpito al cálculo significa en el caballero simplemente la fe inquebrantable en sí mismo y en su destino personal. El caballero cristiano acaricia como supremo ideal de vida el de ser él mismo autor, actor y total responsable de su propia existencia.


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En dos grupos podrían generalmente dividirse los hombres en lo que al régimen y dirección de la vida se refiere: los que hacen ellos mismos su propia vida y los que la reciben pasivamente ya hecha. Los primeros buscan sus directivas en el fondo de sus propios corazones; actúan de dentro a fuera; influyen sobre el medio y el contorno; imponen a las cosas la huella de su voluntad soberana. Los segundos acatan normas ajenas, a que el medio social u otros individuos les constriñen; viven al dictado; son materia plástica y sumisa.

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Al primer grupo, sin vacilación alguna, pertenece el caballero cristiano, cuya existencia es una alternativa entre la acción denodada y la abstención orgullosa. El caballero es lo que quiere ser o no es nada.

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Hay en el fondo del alma del caballero un residuo indestructible de estoicismo -Seneca era español- que, hermanado íntimamente con el cristianismo, ha enseñado a los hombres de España a sufrir y a aguantar por una parte, a acometer y a dominar por otra.

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En la historia de nuestra nación hispana adviértese, en efecto, una como oscilación pendular entre el heroísmo y el abstencionismo, entre la hazaña y la inmovilidad, que encuentra bella expresión de sus contrastes en múltiples aspectos de nuestra pintura y de nuestra literatura. Sólo una cosa se mantiene firme: la resolución de no ser vulgar, de ser auténtico, de no sucumbir a la mediocridad de lo común, informe y mostrenco.
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Por eso, también -y perdonad esta digresión hacia lo adjetivo- el caballero cristiano es elegante en su porte e indumentaria. La elegancia de los españoles es proverbial desde hace siglos. Ya Baltasar Castiglione la pondera. Nuestro arte la documenta. Y la raíz de esta cualidad vital se encuentra justamente en la acentuación enérgica que el español reclama de su propia autonomía.

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Al español le preocupa sin duda -y mucho- el que dirán. Pero no lo teme. En la aprobación ajena, que espera y desea, encuentra la confirmación de la valiosa idea que tiene de sí mismo. Pero si lo que hace o dice obtuviere la reprobación ajena, no por eso cambiaría ni su conducta ni la opinión que de sí mismo ha formado. Así las actitudes del caballero, su porte, su indumentaria llevan siempre el sello de la más perfecta desenvoltura y son la expresión más sencilla, directa y espontánea de la seguridad con que su alma siente y piensa.

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La elegancia del caballero español no consiste ni en el minucioso cuidado del atuendo ni en el aspecto artístico de la indumentaria; estriba toda ella en la perfecta naturalidad, en la adecuación perfecta de lo exterior con lo interior. Dijérase que el vestido cae sobre el español como si perteneciera a su propia esencia, como si fuere la prolongación natural de su alma. En este caso -al parecer nimio- se realiza plenamente el hondo ideal del caballero: que la envoltura exterior sea fiel imagen y producto de la esencia interna.

lunes, 23 de marzo de 2009

EL CABALLERO CRISTIANO: ALTIVEZ CONTRA SERVILISMO

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(Manuel García - Morente, "Idea de Hispanidad", II, 5)
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La combinación de la confianza en sí mismo con la grandeza y el arrojo dan de sí, inevitablemente, la altivez y casi diríamos el orgullo. En esta cualidad el caballero cristiano peca un tanto por exceso -aunque hay casos en que, como dice Aristóteles, es preferible pecar por exceso que por defecto-.
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El caballero cristiano, huyendo del servilismo, incide gustoso en la altivez. Como no estima ninguna cosa nunca tanto como su propia persona, guardaráse muy mucho siempre de mostrar aprecio a cosas ajenas, de aparecer rendido, obsequioso, y de manifestar que encuentra fuera de sí mismo valores que apeteciera poseer.
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El caballero, si es rico, se ufana de menospreciar su riqueza; y si es pobre, se ufana de serlo y subraya su pobreza con su altivez. En todo caso el caballero se precia de ser más que de poseer, y opone el desdén a todo oropel adventicio y material. Esta altivez, en unión con el arrojo, de donde procede, manifiéstase también como afirmación inquebrantable del propósito.
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El caballero no gusta de componendas, apaños ni medias tintas. Aparece en la vida -y es en verdad- intransigente y a veces terco. Pero es la intransigencia y la terquedad del que se siente llamado a cumplir una misión. Es la intransigencia que abre vía a las iniciativas particulares, individuales. Es la intransigencia fecunda que permite a todo propósito sincero desenvolver su propia esencia hasta el término final y completo. Mas como el caballero funda su acción y su conducta en la alta idea que de sí mismo tiene, resulta que nunca aspira a ser otro que el que es; y si se complace y alegra en el trato de los demás hombres, es sólo en cuanto que son en efecto hombres y caballeros, pero no porque ocupen puestos elevados o sean de categoría o alcurnia superior.
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Nada más lejos del alma española que el moderno vicio del snobismo. El español no puede ser snob. Tiene de sí harto elevada opinión y tan profunda conciencia de su ser personal, que prefiere ser quien es -por humilde que sea su condición y posición- a incidir en ridículas y serviles actitudes, saliéndose de su media y categoría humana. El español ha sabido realizar con maravillosa naturalidad y sencillez la síntesis más difícil que pueda imaginarse: servir con dignidad, estar en su sitio sin humillación ni vergüenza y desempeñar con desenvoltura y gravedad al mismo tiempo los más humildes menesteres.
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Dos matices de conducta completarán el cuadro de la altivez del caballero: el silencio y la grandilocuencia. El caballero castellano es hombre silencioso y aun taciturno, grave en su apostura y de pocas palabras en el comercio común. Pero cuando se ofrece ocasión solemne o momento de emoción punzante, el caballero sabe alzar la voz y encumbrarse a formas superiores de la elocuencia y de la retórica. Gustará, entonces, de hablar en términos escogidos y aun, si se quiere, rebuscados; en los términos que él juzga congruentes con el valor de su persona, pensamiento y voluntad.

sábado, 21 de marzo de 2009

EL CABALLERO CRISTIANO: ARROJO CONTRA TIMIDEZ

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(Manuel García Morente; "Idea de Hispanidad", II, 4) .
Otra consecuencia del «ser» caballeresco es la preferencia del arrojo a la timidez o de la valentía al apocamiento. El caballero cristiano es esencialmente valeroso, intrépido. No siente miedo más que ante Dios y ante sí mismo. Pero ¿qué sentido tiene esta valentía? O dicho de otro modo: ¿por qué no conoce el miedo el caballero cristiano?
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Lo característico, a mi juicio, de la intrepidez hispánica es, en términos generales, su carácter espiritualista o ideológico, o también podríamos decir religioso. En efecto, se puede ser valiente -o por lo menos dar la impresión de la valentía- de dos maneras: por una especie de embotamiento del cuerpo y de la conciencia al dolor físico, o por un predominio decisivo de ciertas convicciones ideales.
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En el primer caso situaríamos la valentía de los primitivos, de los hombres toscos, rudos, endurecidos, encallecidos física y psíquicamente; es una valentía hecha en su mayor parte de inconsciencia y de anestesia fisiológica; es una propiedad -¿cualidad o defecto?- de la raza, de la fisiología, de la constitución somática. En el segundo caso situaríamos la valentía de los que van a la lucha y a la muerte sostenidos por una idea, una convicción, la adhesión a una causa. Estos saben bien lo que sacrifican; pero saben también por qué lo sacrifican. Tipo supremo: los mártires.
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Sin duda alguna este segundo modo de la valentía es la que merece más propiamente el nombre de humana. La primera es animal; está en relación con el sexo, con la fisiología, con la anatomía, con la especie o la variedad biológica. La segunda, la humana, es superior a esas limitaciones o condicionalidades «naturales»; es superior al sexo, a la edad, a la efectividad fisiológica y anatómica. Depende exclusivamente del poder que la idea -la convicción- ejerza sobre la voluntad -la resolución.
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Ahora bien, una de las características esenciales del caballero cristiano -y por consiguiente del alma hispánica- es la tenacidad y eficacia de las convicciones. Precisamente porque el caballero no toma sus normas fuera, sino dentro de sí mismo, en su propia conciencia individual, son esas normas acicates eficacísimos y tenaces, es decir capaces de levantar el corazón por encima de todo obstáculo. La valentía del caballero cristiano deriva de la profundidad de sus convicciones y de la superioridad inquebrantable en su propia esencia y valía.
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De nadie espera y de nadie teme nada el caballero, que cifra toda su vida en Dios y en sí mismo, es decir en su propio esfuerzo personal. Escaso y escueto, o abundante y rico en matices, el ideario del caballero tiene la suprema virtud de ser suyo, de ser auténtico, de estar íntimamente incorporado a la personalidad propia. Por eso es eficaz, ejecutivo y sustentador de la intrépida acción.
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El caballero no conoce la indecisión, la vacilación típica del hombre moderno, cuya ideología, hecha de lecturas atropelladas, de pseudocultura verbal, no tiene ni arraigo ni orientación fija. El hombre moderno anda por la vida como náufrago; va buscando asidero de leño en leño, de teoría en teoría. Pero como en ninguna de esas teorías cree de veras, resulta siempre víctima de la última ilusión y traidor a la penúltima. El caballero, en cambio, cree en lo que piensa y piensa lo que cree. Su vida avanza con rumbo fijo, neto y claro, sostenida por una tranquila certidumbre y seguridad, por un ánimo impávido y sereno, que ni el evidente e inminente fracaso es capaz de quebrantar.
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Esa seguridad en sí mismo del caballero cristiano es por una parte sumisión al destino y por otra parte desprecio de la muerte. Ahora bien, la sumisión del caballero a su destino no debe entenderse como fatalismo. Ni su desprecio de la muerte como abatimiento. Ya iremos viendo más adelante el sentido completo de estas cualidades. Baste, por ahora, observar que esa sumisión al destino no se basa en una idea fatalista o determinista del universo, sino que, por el contrario, se funda en la idea opuesta, en la idea de que el destino personal es obra personal, es decir, congruente con el ser o esencia de la persona, que «hace» su propio destino.
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Cada caballero se forja su propia vida; pero no una vida cualquiera, sino la que está en lo profundo de su voluntad, es decir, de su índole personal. Y de su congruencia entre lo que cada cual es y lo que cada cual hace, o entre la índole personal y los hechos de la vida, responde en el fondo la Providencia, Dios eterno, juez universal e infinitamente justo. La fe tranquila, sin nubes, del caballero cristiano es el fundamento de su tranquila y serena sumisión a la voluntad de Dios.
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El desprecio a la muerte tampoco precede ni de fatalismo ni de abatimiento o embotamiento fisiológico, sino de firme convicción religiosa; según la cual el caballero cristiano considera la breve vida del mundo como efímero y deleznable tránsito a la vida eterna. ¿Cómo va a conceder valor a la vida terrenal quien, por el contrario, percibe en ella un lugar de esfuerzo, un seno de penitencia, un valle de lágrimas, hecho sólo para prueba de la santificación creciente? Así la fe religiosa del caballero cristiano, compenetrada estrechamente con su personal fe y confianza en sí mismo, es la que sirve de base a la virtud de la valentía o del arrojo.

viernes, 20 de marzo de 2009

EL CABALLERO CRISTIANO: GRANDEZA CONTRA MEZQUINDAD


(Manuel García Morente; "Idea de Hispanidad", II, 3)
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De esa condición primaria del caballero, paladín de su propio ideal, derívanse un cierto número de preferencias más concretas, que vamos a enumerar rápidamente. En primer lugar la preferencia de la grandeza sobre la mezquindad. Pero ¿qué es la grandeza y qué la mezquindad?
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Grandeza es el sentimiento de la personal valía; es el acto por el cual damos un valor superior a lo que somos sobre lo que tenemos. Mezquindad es justo lo contrario, esto es, el acto por el cual preferimos lo que tenemos a lo que somos. El caballero cristiano cultiva la grandeza, porque desprecia las cosas, incluso las suyas, las que él posee. Pone siempre su ser por encima de su haber. Se confiere a sí mismo un valor infinito y eterno. En cambio no concede valor ninguno a las cosas que tiene. Vale uno por lo que es y no por lo que posee. Don Quijote lo afirma: «dondequiera que yo esté, allí está la cabecera».
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Antes, pues, consentirá el caballero cristiano sufrir toda clase de penurias y de pobrezas y verse privado de toda cosa, que rebajar su ser con el gesto vil, innoble, de la mezquindad, que es adulación a las cosas materiales. El adulador atribuye falsamente al adulado valores y modalidades que éste no tiene; de igual modo el mezquino supone falsamente en las cosas materiales valores que éstas no poseen. El caballero cristiano no adula ni a las personas ni a las cosas. Su grandeza le protege de cualquier mezquindad. Prefiere padecer toda escasez y sufrir trabajos que doblegar la conciencia que de sí mismo tiene.
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Esta preferencia por lo grande sobre lo mezquino, documentaríase fácilmente en mil hechos de la historia española, en innumerables productos del arte y de la vida españoles. El Escorial, por ejemplo, es la ilustración en piedra de esa preferencia; es pura grandeza pobre. La sobriedad de las formas personales y estéticas -a veces rayana en austeridad y aun en tosquedad- impresiona a todo el que se acerca a la vida española; y no es sino un derivado inmediato de esa preferencia esencial de lo grande a lo mezquino.
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La generosidad, a veces loca, del español; el desprecio impresionante con que trata las cosas materiales; la sencillez sublime con que se despoja de todo; la disposición tranquila al sacrificio de todo bien material; he aquí algunas de las consecuencias prácticas de esa condición hispánica que hemos llamado grandeza. El alma española no puede nunca conceder a lo material más valor que el de un simple medio para realzar y engarzar el valor supremo de la persona.