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miércoles, 25 de noviembre de 2009

Vascongadas y los fueros

Cupos de hoy, ¿fueros o fraude?
(Tetralema - Bitácora Lealtad)


De entre los pocos estudiosos de las instituciones jurídicas de la Tradición Española el Catedrático de Historia del Derecho de la Universidad del País Vasco Jon Arrieta Alberdi ha publicado análisis bien ponderados sobre la foralidad vascongada. Si bien condicionados por manejar en ocasiones términos poco rigurosos en relación con el derecho tradicional hispánico y por un ambiente intelectual donde hay dogmas civiles bien asentados por el nacionalismo que acaban influyendo en el contexto general de la obra, restándole valor. Además están realizados en un ambiente donde es muy difícil pensar o expresarse en libertad, como la UPV, tan copada por el terrorismo etarra.

En cualquier caso, pese a sus carencias, nos gustaría destacar el esfuerzo de comprensión y explicación realizado, que nos lleva a enlazar con la actualidad del falso sistema foral vascongado. El profesor Arrieta realiza la siguiente explicación de la foralidad en su obra La idea de España entre los vascos de la Edad Moderna:


3. EL MUNDO INSTITUCIONAL VASCO: LA FORALIDAD COMO JURISDICCIÓN PROPIA

El periodo abordado en esta exposición (siglos XVI-XVIII) coincide con el asentamiento y madurez de las instituciones vascas de derecho público. El proceso de pacificación y asentamiento de la sociedad vasca en el bajo medievo estuvo centrado en la reducción de la superioridad abusiva de los Parientes Mayores y en la formación de cuerpos provinciales organizados a modo de hermandades, en las que las villas, a la sazón bastante consolidadas, pasaron a ocupar una posición de mucho peso. Las provincias vascas eran, en definitiva, un espacio en el que privaba la implantación de núcleos dotados de jurisdicción propia, dando lugar a un conglomerado de entes capacitados para ejercerla en un mosaico plural y dinámico (López Atxurra).

En la base se encuentra la jurisdicción municipal y la de las corporaciones (consulados de mercaderes, y gremios potentes como los de ferrones). Téngase en cuenta que la Baja Edad Media fue el periodo en el que en estas tierras se consiguió llegar a un equilibrio social y territorial, el primero por superación de los conflictos entre y con los Parientes Mayores, y el segundo por la organización de los núcleos de población en el nivel municipal y urbano –por un lado– y el provincial (Juntas Generales y Diputación) por otro. Los municipios ostentaban la mayor parte de la gestión y ejercicio de la vida pública, pero su representación provincial aparecía cada vez con una forma y presencia más madura y organizada, de modo que era necesario tenerla en cuenta en su relación con otros núcleos, jerárquicamente más elevados, de potestad jurisdiccional (las propias Juntas y el Corregidor, Chancillería de Valladolid, Consejo de Castilla).

La jurisdicción propia requiere de un territorio definido. Las provincias consolidan su forma y proporciones y ligan cada vez más sólidamente a ellas sus instituciones. La madurez jurisdiccional se manifiesta en la capacidad normativa de los municipios en su ámbito y de las Juntas para asuntos provinciales; en la policía y orden público, fomento y algunas prestaciones sociales; en el procedimiento judicial basado en el juez natural y, para Vizcaya, jurisdicción propia en la Chancillería de Valladolid. En cuanto a la fiscalidad y al comercio, los defensores de la foralidad, fiscalidad propia y libre comercio, los explican siempre en función de la defensa, es decir, trasladan la justificación al terreno de las obligaciones.

El conjunto potestativo, que en forma de privilegios, diferencias y ventajas constituye la foralidad, tiene su otra cara en las obligaciones que implica. Todos los defensores de las instituciones forales se refieren a un mismo hecho: las provincias exentas cumplían una función defensiva de la Monarquía. Su situación geográfica era determinante, particularmente ante Francia, que representó en estos siglos el riesgo político, dinástico y religioso por excelencia. Los Pirineos pasaron a ser en el siglo XVI, tanto para Francia como para España, un compacto bloque de defensa integrado por las poblaciones montañesas asentadas y permanentemente preparadas para la guerra. Las provincias y reinos pirenaicos defienden a la Monarquía defendiéndose a sí mismos.

La pertenencia a un gran Imperio, líder entonces del mundo católico, era una garantía de seguridad para provincias que se hallaban geográficamente situadas en zonas de riesgo. El respaldo general que la Monarquía podía proporcionar era la contraprestación lógica al compromiso de actuar como primer frente de defensa contra potentes enemigos, ante cuyos potenciales ataques, a su vez, el volumen y la solidez del Imperio ejercían un efecto disuasorio tranquilizador para las pequeñas provincias fronterizas. Éstas se sentían relativamente cómodas y seguras y, al mismo tiempo, alejadas, casi ajenas, a la acción jurídico-administrativa directa de la Monarquía.

Es curioso comprobar la gran proximidad de ideas y argumentos que podemos encontrar en las descripciones y defensas de los ordenamientos jurídicos propios de autores guipuzcoanos, catalanes o sardos de la época moderna, cuando Fuenterrabía, el Rosellón y la isla de Cerdeña tenían un valor estratégico considerable.

En lo que a las provincias vascas y a Navarra se refiere Francia representó el riesgo político, dinástico y religioso por excelencia en los siglos XVI y XVII. Valois y Borbones estuvieron intensamente enfrentados con los Habsburgo y estas dos últimas casas tuvieron siempre la vista puesta en conseguir la titularidad del liderazgo político militar de la cristiandad europea. Cuando se abrió el frente de la Reforma y ésta caló en la, hasta entonces, católica Francia, el problema de la posible contaminación provocó el cierre aún mayor de la frontera pirenaica, en parte de la cual, precisamente, había prendido especialmente la nueva confesión.

Como vemos históricamente la foralidad, no solo vascongada, sino también de los reinos hispánicos fronterizos, está determinada además de por un fortalecimiento del poder provincial en detrimento del municipal por su posición de avanzados y fidelísimos reinos ante la más que posible invasión.

Así, el profesor Arrieta reconoce los derechos forales se complementan con obligaciones principalísimas. Faltaría además profundizar algo más en la filosofía jurídica foral. Era un modo de atemperar cualquier tentación absolutista, ajena a la Tradición Española y respondía a la concepción orgánica de la sociedad. Los fueros no solo eran territoriales, y no solo provinciales, pues también los habia municipales. Y al tiempo los habia eclesiásticos, universitarios, militares, etc. con plena vigencia todos en el Señorío de Vizcaya y las Provincias de Álava y Guipúzcoa.

En el ámbito económico los Fueros territoriales de los reinos hispánicos fronterizos disfrutaban de ciertas exenciones fiscales en un contexto de precarísima hacienda pública. Las contribuciones fiscales no eran universales, porque estamos en el contexto de una sociedad jerarquizada en la que cada cuerpo, cada estamento o cada territorio asume circunstancias singulares. En el contexto de los reinos fronterizos estas exenciones se explican por ser los primeros en defender la integridad de la Monarquía. El cupo tal y como lo conocemos hoy vendría después, como desenlace de la III Guerra Carlista en un intento de salvar algún rasgo de foralidad, que enseguida fue usado por los liberales vascongados para sus intereses económicos particulares. En esos años nace un incongruente fuerismo liberal que acabará desembocando en el nacionalismo racista actual.

Esta introducción histórica es muy útil para realizar una reflexión sensata sobre el actual cupo económico de la Comunidad Autónoma Vasca o Euskadi siguiendo la nefasta terminología del racista Sabino Arana. Recientemente el cupo ha vuelto a ser actualidad en primer lugar por el blindaje que el PSOE ha pactado con el PNV del mismo, ha cambio del apoyo sin matizaciones de la nueva ley del genocidio abortista y de otras leyes anticristianas. Y en segundo lugar por la reciente propuesta del partido UPyD, nacida de la delegación del partido en Vascongadas, de anular el cupo vascongado y el concierto económico navarro.

Mal se puede hablar con propiedad de fueros en medio de un parlamentarismo soez, de un Estado anticatólico y antitradicional y mucho menos de cupo y haciendas "forales" cuando las mismas lo única que hacen es ser administradores de un régimen fiscal confiscatorio. La mera especulación de los mismos en el debate parlamentario por si sola invalida la presunción de autenticidad de los actuales "fueros". Pero mucho peor es la dinámica en que se circunscriben: la del liberalismo constitucionalista, que no puede reconocer más derechos que los de la soberanía popular, lo que impide nuevamente la vigencia de un derecho consuetudinario y tradicional como es el foral.

Más difícil se hace todavía hablar de fueros cuando estos sirven para amparar las políticas contranaturam de los parlamentos liberales, sean estos estatales o autonómicos, cuando los fueros en su origen eran una custodia y estaban sometidos a la ortodoxía pública católica.

En este contexto el cupo hoy día no es más que una coartada de los nacionalistas para alegar "hechos diferenciales", cuando si en algo se diferenciaban los fueros de los reinos hispánicos fronterizos es que se justificaban por una lealtad que se entendia inquebrantable a Dios, a la Patria y al Rey.

Además del aspecto exótico que defienden hay que considerar el poder económico que suponen unos presupuestos controlados por los nacionalistas, pues su gran poder económico es una de las explicaciones de la dictadura nacionalista. El desfalco y fraude que ha protagonizado el cupo desde que está en manos de los nacionalistas es uno de los robos más grandes de la historia. Mientras que el régimen navarro dentro de sus carencias y debilidades ha aportado con justicia al sostenimiento de los gastos comunes el cupo ha sido la excusa para chantajear y chulear al Estado aportando siempre objetivamente mucho menos de lo que se recibe y no colaborando en los gastos generales de los que se benefician los vascongados (la propia fundación del BBVA lo ha denunciado en el mismo Bilbao), como en el reciente caso de la defensa de atuneros españoles por las Fuerzas Armadas.

Los tradicionalistas se encontraron además con un apoyo esencial a la reivindicación foral con la doctrina católica --defendida por la máxima autoridad magisterial de todos los Papas-- del principio de subsidiariedad. Dicho principio ya estaba de hecho en la configuración tradicional de las Españas. Por contra los actuales "cupos" y "pseudofueros" no hacen más que reproducir la indeseable inmiscusión de lo público allá donde no le corresponde.
Más que la anulación del cupo de las Vascongadas, lo que deseamos es la restauración y correspondiente dignificación de todo el régimen foral hispánico y de su Monarquía legítima, corolario y garantía plena del mismo.

(http://montejurralealtad.blogspot.com/2009/11/el-cupo-hoy-fueros-o-fraude.html)

viernes, 23 de octubre de 2009

Del navarrismo al nacionalismo

El liberalismo contra los pueblos
(Tetralema - Bitácora Lealtad)


Nos hemos ocupado reiteradas veces en él de la situación política del Reino de Navarra, tanto porque nos han llegado las oportunas colaboraciones como porque la singularidad de su régimen político, sin ser plenamente foral, aún custodia algunas singularidades del derecho tradicional que hacen que su alteración preocupe a todos los que luchamos por las Españas. Hemos tratado de la traición de UPN a los principios que dicen inspirarla, la defensa de Navarra, y que son la base del sustrato sociológico mayoritario en el Viejo Reyno.

En estas continuas ceremonias de confusión el cercano quinto centenario de la victoria de los beamonteses está dando lugar a las más disparatadas dialécticas, como ya pasó hace un siglo. En aquel entonces fue el carlista Víctor Pradera Larumbe, el encargado de enmendar la confusión.

En la actualidad además ha irrumpido un elemento nuevo: el nacionalismo sabiniano, especialmente en su versión marxista, posee más fuerza que hace un siglo. Y curiosamente, los que se supone que deben defender Navarra se han aliado en muchas ocasiones con los mayores enemigos de la existencia de Navarra para conmemorar dicho centenario.

Así nos encontramos el apoyo institucional a la iniciativa batasunera 1512 Nafarroa bizirik en la que concejales de UPN,, CDN y PSN se han sumado a un demencial manifiesto elaborado en los ayuntamientos de pueblos de las Vascongadas gobernados por ANV y EA. Asimismo esta dialéctica también se ha hecho presente en la exposición titulado De Reyno a Comunidad Foral organizada en el Archivo de Navarra en lo referente a los hechos de 1512, aparte de la total omisión de las guerras carlistas y de la Cruzada, Precisamente UPN es uno de los principales enemigos de la Cruzada con la devastación, acompañada de no pocas complicidades eclesiales, de todo símbolo de la misma.

UPN ha claudicado y ha modificado el foralismo por un mero autonomismo estatutario protonacionalista. Así se diseñó esa calamidad constitucionalista del Estado de las Autonomias, en una carrera por la depredación cainita y el invento de hechos diferenciales. Navarra hoy en día ha sido conducida a ser un actor más de este espectáculo, haciéndola virar los políticos insensatos entre el panvasquismo y el antivasquismo, todo por un premeditado desapego de su genuina identidad histórica.

Navarra que llaman “corazón de España”, la antigua Vasconia o tierra de vascones, montañeses de tenaz apego a su independencia. Tierra de hayedos, pinabetes, rocas que vieron pasar muchedumbres de peregrinos que venían a visitar el cuerpo de Santiago. Gargantas de Roncesvalles por las que pasó Carlomagno, los Doce Pares y las huestes lúcidas. Dicen que el valí de Zaragoza, Suleiman Ibn Alarabí, le había llamado para pelear contra el emir de Córdoba y que luego se arrepintió, ello es que Carlomagno ni entró en Zaragoza ni venció a los moros; lo que hizo fue desmantelar los muros de Pamplona. Entró con sus bizarras huestes en son de conquista.

Si solo hubiera tenido intento de pelear contra los moros, los vascones de estas tierras, cristianos todos ellos, le hubieran ayudado, pero vieron en él un enemigo a su independencia. Rodrigo Jiménez de Rada, dijo en su día, que Roncesvalles fue una victoria nacional de todos los pueblos de España, que eran acaudillados por el rey de León. Canta el romancero popular a Bernardo del Carpio como adalid de la independencia hispana, que no sufre la intromisión del emperador ni de gentes extrañas en los asuntos de nuestra patria, y tal es, de hecho, el espíritu de aquella batalla.

Sus montañas no fueron holladas por los moros, sus defensores fueron echándolos con tenacidad, de modo que a finales del S.VIII el territorio de Pamplona y la montaña, estaban regidos por señores independientes, bravos guerreros, hermanos todos, que fundaron un reino y un condado, el de Aragón. Nunca ha sido pues la antigua Vasconia, ajena a la historia de sus hermanos peninsulares. Condes de su misma sangre rigieron los destinos de la Jacetania y de Sobrarbe.

Como bien desarrolló Armando Besga, en un mundo rural, como el del primer milenio, el reino de Pamplona nació en una ciudad, esto es, nació en lo distinto: en lo heredado de Roma. Era ya en tiempos inmediatos a la invasión musulmana, una ciudad visigoda situada en la frontera con los vascones; fue la ciudad hispanocristiana que más veces se rebeló contra los musulmanes en el siglo VIII, lo cual indica la existencia de una alianza de los antiguos enemigos (Pamplona y vascones) frente a un enemigo común: el Islam. Esa alianza tuvo un carácter decisivo en la larga y compleja gestación del Reino hispano de Pamplona.

Por tanto, los orígenes hispanogodos del reino están y siempre estuvieron documentados: todo lo relativo al Derecho pamplonés y navarro se relaciona con la tradición romano-visigótica, los códices neogóticos encargados por miembros de la dinastía jimenda, utilización de la cursiva visigótica, etc…etc…etc…que para nada la hacía extraña a otras tierras hermanas como Asturias o Aragón, sino que mas bien, seguía su misma evolución.

Sancho III el Mayor, el gran monarca pamplonés, el “Rex Hispaniarum”, fue el artífice del nacimiento de los dos reinos que iban a ser llamados a cumplir el gran destino que la Providencia tenía reservado a la patria: por un lado Castilla, en la figura de Fernando el Magno (conde y padre del reino de Castilla en la figura de su hijo Sancho II) de sangre vascona como bien escribió Vizcarra Arana, y por otro lado, Aragón, en la figura de Ramiro su primer monarca y de sangre vascona como su padre y hermano. Castilla evangelizó América, Aragón con sus naves, conquistó el Mediterráneo.

Esa fue la cosmovisión no solo del Mayor, sino de sus descendientes. De un conjunto de tribus pirenaicas se pasó a un gran reino que extendía su influencia desde tierras gallegas a catalanas. De las montañas, se había bajado a tierra llana y la expansión hacia el sur (que luego quedó ahogada por los reinos que ella misma había fundado) se hizo inevitable y deseada, recayendo en Nájera su capitalidad. El hermoso romance navarroaragonés, se asentaba y la historia del antiguo Reyno corría pareja a la de sus hermanos peninsulares, con los que luchó codo a codo, pues todos compartían ya desde siglos la misma empresa, en las Navas de Tolosa la gran batalla, si no decisiva, de la Cristiandad en Occidente.

Fue el mismo Sancho VII el Fuerte, héroe y veterano ya de las Navas, quién firmó con Jaime I de Aragón un tratado de prohijamiento o adopción, por el que se instituían ambos dos, herederos de sus respectivos reinos; tratado que no llegó a cumplirse pero que dio muestra de la poca visión individualista, pero gran visión hispana que tenía el Fuerte. Por desgracia, en este caso, el pueblo navarro es celoso de su independencia y libertades y buena parte de él no vió con buenos ojos que su reino cayera en manos del rey conquistador, quizá recordando la amarga experiencia que quedó cuando el gran Alfonso el Batallador de Aragón y de Pamplona, lego sus reinos a las órdenes militares.

A partir de ahí, Navarra se convirtió a su pesar, en patio de atrás de las dinastías francesas, salvo pocas excepciones como la de Carlos III el Noble, hasta que fue recuperada legítimamente por Fernando el Católico: Tanto su esfuerzo como el de su esposa, la gran Isabel la Católica, estaba en ensanchar su imperio por el ámbito geográfico que la naturaleza parecía haberles señalado. La Hispania romana y visigótica no podía ni debía estar mutilada por ninguna de sus partes y en ello centraron sus esfuerzos.

Proyectaron varios enlaces entre príncipes de Navarra y de Castilla, planes siempre frustrados desde el lado francés. Se intentó atraer a Juan y Catalina de Albret y apartarlos de la influencia francesa, protegiéndolos de las pretensiones de Juan de Foix, señor de Narbona, que pretendía arrebatarles la Corona. El propio Luis XII apoyaba a su sobrino Gastón de Foix con pretensiones al trono navarro, pero al fallecer éste en batalla, cambiaron las cosas. El interesado rey cismático de Francia se atrajo a Navarra de nuevo a su órbita y combatió al Papa Julio II por los territorios del norte de Italia, cosa que provocó su excomunión y la de sus aliados navarros y dio luz verde a Fernando, aliado de Roma, para recuperar, que no conquistar, el antiguo Reino. A partir de ahí Navarra se incorporó a Castilla, conservando sus fueros y libertades.

Dio Navarra grandes hombres que sintieron la causa de España como propia: ahí estaba Antonio de Leiva (1480-1536) que sucedió al Gran Capitán al mando de las tropas españolas en Italia; Rodrigo de Narváez; Pedro Vereterra, roncalés, célebre en las guerras de Italia; Pedro de Ursúa, baztanés y fundador de Tudela y Pamplona en Nueva Granada y explorador del Dorado y Omagua con 500 españoles; Francisco Espoz y Mina, azote de franceses en la Guerra de Independencia.

Dio grandes cronistas medievales como Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo; Martín de Azpilicueta, maestro en materias morales; buenos médico como Juan Huarte; Fray Diego de Estella, notable escritor místico. Nacido en Tudela, Miguel Server gran médico y heterodoxo, quemado en Ginebra por el protestante Calvino; Don Juan de Palafox; San Francisco Javier, apóstol que él solo vale por 1000; Hilarió Eslava, maestro y compositor de música religiosa; Julián Gayarre, de voz maravillosa e ideas políticas detestables; Santiago Ramón y Cajal el más célebre premio Nobel español oriundo del enclave navarro en tierra aragonesa Petilla de Aragón, Pablo de Sarasate, el gran violinista; el autor de grandes zarzuelas, Emilio Arrieta y tantos y tantos otros que han engrandecido la tierra navarra y han dado nombre a España.


(http://montejurralealtad.blogspot.com/2009/10/el-liberalismo-contra-los-pueblos-del.html)