martes, 2 de diciembre de 2008

El Concilio Vaticano II: Indecisión frente a los pedidos de la Madre de Dios

4) LA ACTUACIÓN DE PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA
(Julio Alvear Téllez)


Plinio Corrêa de Oliveira siempre hacía ver el vínculo, actual o virtual, entre el progresismo teológico y el “izquierdismo católico”. En las luchas anti-progesistas dentro del Concilio, la labor del Dr.Plinio a este respecto será decisiva.

En las vísperas del Vaticano II se traslada a Roma, y junto a sus discípulos, instala una oficina para colaborar con sus dos obispos más íntimos: Mons. Geraldo de Proença Sigaud y Mons. Antonio de Castro Mayer. La oficina se transforma pronto en la secretaría del Coetus Internationalis Patrum, que integran Mons. Marcel Lefèbvre, Mons. Luigi Carli y otros treinta ilustres obispos, además de un grupo de profesores de la Universidad Lateranense.

El Dr. Plinio colabora en algunos documentos que estarán llamados a hacer historia, y que colocarán al Concilio en la alternativa de alertar a los fieles y continuar la lucha contra los errores del mundo moderno, o ceder y cantar loas de compromiso con ese mismo mundo, con la esperanza de que tras un intercambio de sonrisas, el mundo no entraría en la Iglesia para devorarla en su propio seno.

Uno de esos documentos tiene que ver con el Cielo. Está referido al mensaje que la Madre de Dios anunció al mundo y a la Iglesia en Fátima. Al respecto, el Concilio constituía históricamente una oportunidad excepcional para que el Papa, en conjunto con los obispos de todo el orbe católico, atendieran a los pedidos de la Sma. Virgen respecto de la conversión de Rusia a su Inmaculado Corazón. Como sabemos, dicha consagración ya había sido hecha por Pío XII, pero como acto solemne del Papa, sin la unión con los obispos del mundo.

Desde la perspectiva de Fátima, Rusia representaba –y representa- un papel especial y misterioso dentro del plan de la Providencia. En 1917, en la Segunda parte del Secreto, ella era indicada como un azote de Dios. Fue un castigo para la humanidad que el comunismo tomara cuenta de Rusia, y desde ahí se expandiera por el mundo por el fraude o el río de sangre. La Virgen hace depender de un acto del Papa y de la jerarquía católica la conversión de Rusia y hace depender de esa conversión la paz del mundo.

El Dr. Plinio Corrêa de Oliveira no podía callar en este punto, porque ya veía venir in toto la desastrosa “ostpolitik” vaticana con la Unión Soviética y sus satélites. El Dr. Plinio tuvo la idea y colaboró en la redacción de una solicitud a Paulo VI implorándole que, en unión con todos los obispos del mundo, atendiese a los pedidos de la Virgen y consagrase de manera explícita a Rusia a su Inmaculado Corazón.

La petición fue suscrita por 510 Patriarcas, cardenales y obispos de 78 naciones y fue entregada personalmente al Papa por Mons. Geraldo de Proença Sigaud el 3 de febrero de 1964. El Dr. Plinio escribía un mes después que se trataba de un documento “de inconfundible importancia en la lucha contemporánea contra el mayor adversario del Santo Padre, de la Igresia Católica y de la Cristandade” (Cfr. “À margem de três documentos providenciais”, in Catolicismo, 159, Marzo de 1964)

El 14 de septiembre de 1964 se abrió la tercera sesión o etapa del Concilio, la que se clausuró el 21 de noviembre del mismo año. Sabiendo que una minoría muy activa de obispos se oponía a la consagración de Rusia, los obispos que la firmaron se mantuvieron expectantes frente a la actitud que tomaría el Papa.

En efecto, los temas del comunismo y la misma Santísima Virgen tenían un cierto vínculo problemático para quienes, en nombre del ecumenismo o de doctrinas innovadoras, pretendían que el Concilio se abriese al mundo evitando condenaciones.

Liderados por algunos Cardenales franceses y alemanes neo-modernistas, un grupo de obispos ya se había opuesto a que el Concilio le dedicara a la Madre de Dios un documento especial. El Cardenal Köenig lideró tal propuesta. Entre los motivos alegados figura explícitamente la ratio oecumenica, el deseo de agradar a los protestantes (Cfr. Alberigo, G., “Historia del Concilio Vaticano II”, Vol. III, edición española de Peeters/Sígueme, Salamanca, 2006, p.98-99 (artículo de A. Melloni). Este grupo se había organizado también para que la Virgen no fuera invocada como “Madre de la Iglesia”, “Corredentora” y “Medianera universal de todas las gracias”, títulos que se habían proclamado en bulas y encíclicas pontificias anteriores. Las iniciativas en torno a la omisión del título de “Mediatrix” fracasaron, aunque no del todo. La Madre de Dios figura como “medianera” en la constitución conciliar sobre la Iglesia (“Lumen Gentium”), aunque no se recuerda que lo es “de todas las gracias”.

Transcurridos los debates, y entre “tira y afloja”, se acuerda que la Virgen ocupe un lugar dentro de la“Lumen Gentium”. En este documento conciliar, no obstante que se recogen aspectos importantes de la tradición católica respecto de la Madre de Dios, hay otros que se dejan en la oscuridad “para agradar a los protestantes”. No se la reconoce como “Madre de la Iglesia” ni como “Corredentora”, ni se habla explícitamente de su realeza.

Sobre el primer aspecto, treinta años después, Juan Pablo II reconocerá que el Concilio tuvo “cautelas terminológicas (del texto conciliar Lumen Gentium)” respecto de la Virgen María, pero que “no obstaculizaron la exposición de (la) doctrina” (Cfr. Audiencia general de los miércoles, 13 de diciembre de 1995, sobre la presencia de María en el Concilio Vaticano II). Y que “aunque (el Concilio) evita utilizar el título de Madre de la Iglesia, el texto de la Lumen Gentium subraya claramente la veneración de la Iglesia a María como Madre amantísima”. (Cfr. Catequesis de la Audiencia general de los miércoles, 17 de septiembre de 1997, sobre María como Madre de la Iglesia). O sea, como el Concilio quiso decir algo pero no lo dijo, hay que deducirlo...

El 21 de noviembre de 1964 se promulga la“Lumen Gentium” sin la antecedente mención. Entre líneas se leía que no hay nada menos favorable al “ecumenismo” que la proclamación de los títulos de la Madre de Dios. Los más entusiastas del ecumenismo estaban exultantes. Pero no dejaba de ser una tragedia que ¡¡por razones pastorales!! , por coqueteos con el mundo moderno, la jerarquía eclesiástica se reuniera en un concilio evitando llamar madre a su propia Madre.

Por otro lado, el Papa no había tomado ninguna iniciativa para que se sometiera al aula conciliar la petición de consagración de Rusia. Dos silencios, entonces, que eran dos omisiones, pesaban en la magna asamblea.

Un recurso, sin embargo, quedaba. Que Paulo VI en su discurso de clausura de esta tercera sesión del Concilio proclamara a la Virgen como Madre de la Iglesia y consagrara a Rusia a su Inmaculado Corazón.

Y efectivamente, Paulo VI en su discurso proclamó a la Santísima Virgen como “Madre de la Iglesia”, aunque insertó esa maternidad, casi por paradoja, como orientativa de la nueva tarea ecuménica del Concilio. Con eso parecía satisfacer a los adversarios de Nuestra Señora en una incómoda mixtura, pues no hay nada más opuesto al ecumenismo posconciliar que la sagrada persona de la divina María.

Acto seguido, el Papa se refirió a Fátima con estas palabras: “nuestra mirada se abre a los ilimitados horizontes del mundo entero, (…) que Nuestro Predecesor Pío XII, de venerable memoria, no sin una inspiración del Altísimo, consagró al Corazón Inmaculado de María. Creemos oportuno, recordar hoy, este acto de consagración. Con este fin hemos determinado enviar, por medio de una Misión especial, la Rosa de Oro al Santuario de Nuestra Señora de Fátima (…) conocido y venerado por los fieles de todo el mundo católico. De esta forma, también Nos pretendemos confiar a los cuidados de la Madre celeste toda la familia humana, con sus problemas y sus afanes, con sus legítimas aspiraciones y sus ardientes esperanzas” (…)

“Oh Virgen María, Madre de la Iglesia, a Ti te recomendamos la Iglesia toda (…) A Tu Corazón Inmaculado, Oh María, encomendamos todo el género humano, llevadlo al conocimiento del único y verdadero Salvador Cristo Jesús; aleja de él los flagelos provocados por el pecado”.

Pablo VI, que conocía el Tercer Secreto de Fátima pero no lo publicó, constataba de este modo, ante el pleno del Concilio Vaticano II, la importancia que el Mensaje de Fátima tenía para el Papado, la Iglesia y la humanidad. No obstante, la alusión a Pío XII fue equívoca, pues el Papa Pacelli había consagrado no solo el mundo sino Rusia al Inmaculado Corazón de María, que era precisamente lo que a él se le pedía ahora junto a todo el Concilio.

Lo esencial en lo que había insistido Plinio Corrêa de Oliveira y habían solicitado 510 padres conciliares –Consagración de Rusia- había sido esquivado por el propio Papa. Pablo VI omitió referirse a esa nación, cuna del poder soviético, iniciándose uno de los dramas más abismantes del posconcilio. Este fue también el parecer de Sor Lucía al ser consultada sobre este punto.

Concluido el Concilio, Pablo VI desenvolverá un nuevo estilo de relaciones amistosas con la Rusia soviética y los regímenes comunistas, con la resistencia respetuosa pero valiente y pública de Plinio Corrêa de Oliveira, que se dirigirá al Pontífice con palabras de fuego que recuerdan a San Pablo.

El trágico silencio del Concilio frente al Comunismo

5) “LA OBRA DE ESTE CONCILIO NO PUEDE ESTAR INSCRITA EN EL LIBRO DE LA VIDA”
PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA
(Julio Alvear Téllez)



El 14 de septiembre de 1965 se inicia la cuarta y última sesión del Concilio. El 21 de septiembre se abre el debate sobre las relaciones entre la Iglesia y el mundo moderno. El borrador del texto oficial es entregado a los padres conciliares para su análisis, pero no se hace ninguna referencia explícita al comunismo entre los problemas del mundo contemporáneo, y sólo incluye acápites más genéricos respecto del “ateísmo”.



Muchos entonces se preguntaron: ¿por qué este silencio? ¿Es que entonces el comunismo no existe, no obstante dominar gran parte del mundo y violar los derechos divinos y humanos? ¿No han rechazado los Papas durante más de 100 años, desde su mismo nacimiento, el comunismo denunciando su naturaleza perversa, su propaganda engañosa, su estrategia diabólica, sus mentiras sistemáticas? ¿No es éste un enorme adversario de la Iglesia en los tiempos modernos? ¿La Iglesia va a ceder ahora frente al Anticristo rojo no obstante el ejemplo de los Papas, el combate de los santos y la sangre de los mártires que prefirieron morir a capitular?

Dos años antes, Plinio Corrêa de Oliveira había visto de qué modo el “izquierdismo católico” soñaba con que la Iglesia llegara a un acuerdo con los regímenes comunistas. El Concilio iba a ser puesto al servicio de ese anhelo. El paradigma de ese acuerdo era Polonia donde regía un modus vivendi de “coexistencia pacífica” entre la Iglesia y la secta roja, que los progresistas aplaudían, pero que en realidad, venía siendo muy perjudicial para la Fe católica. El Dr. Plinio Corrêa de Oliveira hizo llegar entonces a todos los miembros del Concilio, su opúsculo “La Libertad de la Iglesia en el Estado Comunista” (agosto de 1963) en el que sostenía la tesis de la imposibilidad de una “coexistencia pacífica” entre la Iglesia y los regímenes comunistas. La Iglesia no podía renunciar a predicar su doctrina socio-económica a cambio de una supuesta libertad en el mundo comunista; la Iglesia no podía ceder ante el comunismo.

La obra se publicó integralmente en el periódico “Il Tempo” de Roma y mereció que la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades recomendase la difusión de la obra, declarándola “eco fidelísimo del magisterio de la Iglesia”. La obra produjo un grueso debate en Francia y en Polonia, donde las organizaciones católicas “cripto” comunistas intentaron refutar al autor con pobres argumentos.

Sin embargo, la lucha de los amigos del comunismo en el Concilio continuó. Los redactores del esquema conciliar sobre las relaciones entre la Iglesia y el mundo sostenían que una condenación del comunismo contrastaba con el carácter pastoral del Concilio, y constituía un obstáculo al “diálogo” que había que tener con tales regímenes, de acuerdo al nuevo estilo de relaciones que veían inaugurado por Juan XXIII y Paulo VI. Indicaban también que el mismo Papa había instituido el 7 de abril de 1965 un Secretariado para los no creyentes, a fin de promover el diálogo con ellos, y había puesto en su presidencia al Cardenal Franz König, que estaba sirviendo de intermediario entre la Santa Sede y los gobiernos comunistas. Mientras tanto, el Cardenal Josefa Fringa, a nombre de los obispos germanos y escandinavos, pedía no usar la palabra “comunismo” y el mismo König invitaba a los católicos que vivían bajo los sistemas marxistas a rendir testimonio de Dios colaborando con el progreso económico y social del régimen (!).

En este cuadro, el “Coetus”, con la colaboración del Dr. Plinio, redacta una solicitud para que el esquema conciliar en cuestión incluya y condene el comunismo, invocando diez razones para ello, tanto doctrinales como prudenciales. La solicitud recibió un fuerte respaldo entre los padres conciliares y el 9 de Octubre de 1965, 454 Arzobispos y obispos de 86 países la suscribieron, solicitando que:

“Después del párrafo 19 del Esquema “La Iglesia en el Mundo Contemporáneo”, sea agregado un nuevo y adecuado párrafo que trate expresamente el problema del comunismo. Si el Vaticano II tiene un carácter pastoral, ¿qué otro problema es más pastoral que éste?”.

“Si el Concilio guarda silencio, este silencio, en la mente de los fieles, equivaldría a una tácita abrogación de todo cuanto los últimos Pontífices han dicho y escrito contra el comunismo”. Si el Concilio calla, “será censurado el día de mañana y con justicia, ya que su silencio sobre el comunismo se tomará como señal de cobardía y connivencia”.

La petición fue entregada por Monseñor Geraldo de Proença Sigaud y Mons. Marcel Lefebvre en la Secretaría General del Concilio. Había sido precedida por otra en la que más de 200 obispos habían rogado al Santo Padre:

“1.- Que se exponga con gran claridad la doctrina social católica y se denuncien los errores del marxismo, del socialismo y del comunismo, desde el punto de vista filosófico, sociológico y económico; 2.- Sean conjurados aquellos errores y aquella mentalidad que preparan el espíritu de los católicos a la aceptación del socialismo y del comunismo, haciéndolos propensos a éstos”.

El 13 de noviembre de 1965, la Comisión responsable de la redacción del Esquema sobre la Iglesia en el Mundo Contemporáneo, distribuye una versión corregida del mismo a la Magna Asamblea. Pero, en contra de las reglas del Concilio y ante la sorpresa de los obispos firmantes de la petición sobre el comunismo, el texto omite nuevamente cualquier referencia a él, y no hace ninguna mención a dicha solicitud. Es como si nunca se hubiera presentado. Destruida la prueba, se borra el “delito”.... de oponerse al comunismo.

El conocido obispo italiano Luigi Carli envía entonces una protesta oficial a la Presidencia del Concilio, citando las reglas de procedimiento que establecen que “todas las enmiendas deben imprimirse y comunicarse a los Padres Conciliares de forma que puedan decidir por votación si admiten o rechazan cada una”. Pero la Comisión se excusa, por boca del Cardenal francés Eugene Tisserand, Decano del Colegio Cardenalicio, alegando en un primer momento que las peticiones “habían sido presentadas fuera de plazo”. Sin embargo, poco después se admite que esto no era cierto, y que simplemente “no habían visto las copias de sugerencias”. Finalmente, el Cardenal Gabriel-Marie Garrone, Obispo de Toulouse, afirma que el “modo de proceder” de la Comisión –de no tomar en consideración dichas peticiones- concordaba con el “fin pastoral” del Concilio y con la “voluntad expresa” de Juan XXIII y de Paulo VI.

De cualquier forma, los dados se tiraron sobre la mesa y la suerte estaba echada. Paulo VI intervino personalmente en el asunto no para enmendar la legalidad conciliar violada, sino para que se colocara una simple nota a pie de página que hiciera referencia a unas pocas encíclicas papales que condenan el comunismo, que es lo que en definitiva figurará, en todos los documentos del Concilio, como único texto indirecto de referencia sobre .... uno de los más grandes problemas del mundo contemporáneo y de la Iglesia en el Siglo XX.

El Cardenal español Vicente Enrique y Tarancón revelará en sus memorias, antes de su muerte en 1994:

“En agosto de 1962, en la ciudad francesa de Metz, el Cardenal Tisserand, siguiendo órdenes precisas de Juan XXIII, sella un pacto formal entre la Santa Sede y el metropolitano Nikodin, enviado del Patriarca ortodoxo de Moscú, muy comprometido con el Partido Comunista de la Unión Soviética.

Los términos del llamado Pacto de Metz consistirán en que el Patriarcado acepta una invitación formal de enviar observadores al Concilio Vaticano II, y la Santa Sede, por su parte, adquiere el compromiso de que no habrá condena alguna contra el comunismo. Ya en 1963 lo reveló el propio obispo de Metz, Mons. Schmitt, y, más recientemente, ha sido el importante medio católico italiano "30 Giorni" quien lo ha descrito con todo lujo de detalles (…) El Pacto de Metz se llevó a estricto cumplimiento: en las actas del Concilio se leen las palabras capitalismo, totalitarismo, colonialismo pero ni una sola vez aparece comunismo·" (Cfr. Vicente Enrique y Tarancón, “Confesiones”, ed. PPC, Madrid 1996, 923 pags)

Monseñor Georges Roche, testigo de los hechos, con el tiempo también hablará en "30 Giorni":

“Ese acuerdo fue negociado entre el Kremlin y el Vaticano al más alto nivel (…) Yo puedo asegurar (…) que la decisión de convidar observadores ortodoxos rusos al Concilio Vaticano II fue tomada personalmente por S.S. Juan XXIII, con el consejo del Cardenal Montini (futuro Paulo VI) (…) El Cardenal Tisserant recibió órdenes formales para negociar el acuerdo y cuidar para que fuese observado durante el Concilio”.


El teólogo alemán P. Bernard Häring, que durante el Concilio fue secretario coordinador de la Comisión de redacción de la “Gaudium et Spes”, relata al mismo medio:


“Cuando cerca de doscientos obispos pidieron una condenación solemne del comunismo, Monseñor Glorieux y yo, fuimos acusados (de ocultarla), a manera de chivos expiatorios. No tengo motivos para negar que hice todo lo posible para evitar esa condenación…. Yo sabía que Juan XXIII había prometido a las autoridades de Moscú que el Concilio no condenaría el comunismo para posibilitar la participación de observadores de la Iglesia Ortodoxa rusa”.

Recordemos que en su época, el premio Nobel y disidente soviético, A. Solzhenitsin, enviará una carta al Patriarca Pimen, jefe de la iglesia ortodoxa Rusa, y lo interpelará por “la administración de una Iglesia que está a merced de los dictadores ateos nombrados para controlarla por el Departamento de Asuntos Religiosos”. (Citado por “Approaches”, Nº 35, edición de octubre de 1973, p.3).

¿Cuál fue el juicio de Plinio Corrêa de Oliveira sobre todo esto? ¿Se calló como muchos se callaron y como aún hoy se callan los eclesiásticos que relatan la historia del Concilio como si fuese una antesala del divino Espíritu Santo?

La verdad es que el rechazo del Concilio a condenar el comunismo –ni siquiera lo nombra cuando trata de los problemas contemporáneos- vino a ser, en la práctica, una “apertura” hacia él, lo que a su vez no era más que una faceta de la “apertura” al mundo moderno. No podría entenderse esto de “abrirse al mundo moderno”, sin abrirse también al comunismo, que a la época del Concilio era como filosofía y sistema político, social y económico, el fruto más maduro de la modernidad. Por ello, cuando el Dr. Plinio toca las relaciones del Concilio con el comunismo, suele a partir de este aspecto parcial formular un juicio global sobre el Vaticano II:

Veamos algunos de sus escritos. Son muchos. Seleccionamos sólo unos pocos.

I
(“Revolución y Contra-Revolución”, edición italiana de 1976, con comentarios de 1992)

(Texto de 1976)

“Dentro de la perspectiva de Revolución y Contra-Revolución, el éxito de los éxitos alcanzado por el comunismo post-staliniano sonriente fue el silencio enigmático, desconcertante, asombroso y apocalípticamente trágico del Concilio Vaticano II acerca del comunismo.


Este Concilio quiso ser pastoral y no dogmático. Alcance dogmático realmente no lo tuvo. Además de esto, su omisión sobre el comunismo puede hacerlo pasar a la Historia como el Concilio a-pastoral.

Explicamos el sentido especial en que tomamos esta afirmación. Figúrese el lector un inmenso rebaño languideciendo en campos pobres y áridos, atacado por todas partes por enjambres de abejas, avispas y aves de rapiña. Los pastores se ponen a regar la pradera y a alejar los enjambres. ¿Puede esta actividad ser calificada de pastoral?



En tesis, ciertamente. Sin embargo, en la hipótesis de que, al mismo tiempo, el rebaño estuviese siendo atacado por jaurías de lobos voraces, muchos de ellos con piel de oveja, y los pastores se abstuviesen completamente de desenmascarar y de ahuyentar a los lobos, mientras luchasen contra insectos y aves, ¿podría su obra ser considerada pastoral, o sea, propia de buenos y fieles pastores?

En otros términos, ¿actuaron como verdaderos Pastores quienes, en el Concilio Vaticano II, quisieron espantar a los adversarios minores y dejaron —por el silencio— libre curso al adversario maior?

Con tácticas aggiornate —de las cuales, por lo demás, lo mínimo que se puede decir es que son cuestionables en el plano teórico y que se vienen mostrando ruinosas en la práctica— el Concilio Vaticano II intentó ahuyentar, digamos, abejas, avispas y aves de rapiña. Su silencio sobre el comunismo dejó a los lobos en total libertad.

La obra de ese Concilio no puede estar inscrita, en cuanto efectivamente pastoral, ni en la Historia, ni en el Libro de la Vida.

Es penoso decirlo. Pero la evidencia de los hechos señala, en este sentido, al Concilio Vaticano II como una de las mayores calamidades, si no la mayor, de la Historia de la Iglesia. A partir de él penetró en la Iglesia, en proporciones impensables, la “humareda de Satanás” que se va dilatando cada día más, con la terrible fuerza de expansión de los gases. Para escándalo de incontables almas, el Cuerpo Místico de Cristo entró en un siniestro proceso como que de autodemolición.


La Historia narra los innumerables dramas que la Iglesia sufrió en los veinte siglos de su existencia. Oposiciones que germinaron fuera de Ella, y desde fuera intentaron destruirla. Tumores formados dentro de Ella, por Ella extirpados, y que, ya entonces de fuera hacia dentro, intentan destruirla con ferocidad.

Sin embargo, ¿cuándo vio la Historia, antes de nuestros días, una tentativa de demolición de la Iglesia, no hecha por un adversario, sino calificada de “auto-demolición” en altísimo pronunciamiento de repercusión mundial?

De ahí resultó para la Iglesia y para lo que aún resta de civilización cristiana, un inmenso desmoronamiento. Por ejemplo, la Ostpolitik vaticana y la gigantesca infiltración del comunismo en los medios católicos son efectos de todas estas calamidades. Y constituyen otros tantos éxitos de la ofensiva psicológica de la III Revolución contra la Iglesia".

(Texto de 1992)

La Ostpolitik vaticana: efectos que también sorprenden

"Hoy en día, leyendo estas líneas sobre la Ostpolitik, alguien podría preguntar, ante la enorme transformación que hubo en Rusia, si ésta no resulta de una jugada “genial” de la Jerarquía Eclesiástica.

El Vaticano, basado en informaciones del mejor quilate, habría previsto que el comunismo, corroído por crisis internas, comenzaría a su vez a auto-demolerse. Y para estimular al cuartel general mundial del ateísmo materialista a practicar esa auto-demolición, la Iglesia Católica, situada en el otro extremo del panorama ideológico, habría simulado su propia auto-demolición. Con ello habría atenuado muy sensiblemente la persecución que entonces sufría de parte del comunismo: entre moribundos ciertas connivencias serían concebibles. La flexibilización de la Iglesia habría, pues, creado condiciones para la flexibilización del mundo comunista.

Cabría responder que, si la Sagrada Jerarquía tenía noción de que el comunismo estaba en condiciones tales de indigencia y ruina que habría de auto-demolerse, Ella debía denunciar esa situación y convocar a todos los pueblos de Occidente a preparar las vías de lo que sería el saneamiento de Rusia y del mundo, cuando el comunismo cayese efectivamente; y no debía callar sobre el hecho, dejando que el fenómeno se produjera al margen de la influencia católica y de la cooperación generosa y solícita de los gobiernos occidentales. Pues sólo haciendo tal denuncia sería posible evitar que el derrumbe soviético llegase a la situación en la cual se encuentra hoy; esto es, un callejón sin salida, donde todo es miseria e imbroglio.

De cualquier forma, es falso que la auto-demolición de la Iglesia haya apresurado la auto-demolición del comunismo, a menos que se suponga la existencia de un tratado oculto entre ambos en ese sentido —una especie de pacto suicida—; tratado ése, por decir lo menos, carente de legitimidad y utilidad para el mundo católico. Esto, para no mencionar todo lo que esa mera hipótesis contiene de ofensivo a los Papas en cuyos pontificados esta doble eutanasia se habría verificado".

(Texto de 1976)

B. La Iglesia, moderno centro de embate entre la Revolución y la Contra-Revolución

En 1959, fecha en que escribimos Revolución y Contra-Revolución, la Iglesia era tenida como la gran fuerza espiritual contra la expansión mundial de la secta comunista. En 1976, incontables eclesiásticos, inclusive obispos, figuran como cómplices por omisión, colaboradores y hasta propulsores de la III Revolución. El progresismo, instalado por casi todas partes, va convirtiendo en leña fácilmente incendiable por el comunismo el bosque otrora reverdeciente de la Iglesia Católica.

En una palabra, el alcance de esta transformación es tal que no dudamos en afirmar que el centro, el punto más sensible y más verdaderamente decisivo de la lucha entre la Revolución y la Contra-Revolución se desplazó de la sociedad temporal a la espiritual y pasó a ser la Santa Iglesia, en la cual se enfrentan, de un lado, progresistas, cripto-comunistas y pro-comunistas, y de otro, anti-progresistas y anti-comunistas


II
(“Comunismo y anti-comunismo en el umbral de la última década de este milenio”;
manifiesto publicado tras la caída del muro de Berlín en 50 de los más importantes periódicos de Occidente, en febrero y marzo de 1990. Extractos)


1. Descontento, incendio que disgrega al mundo soviético

Las reformas perestroikianas en la Rusia soviética, los movimientos políticos centrífugos que hace días casi llevaron a la guerra civil en Azerbaiján y a sus enclaves armenios, agitan también a Lituania, Letonia y Estonia, en las orillas del Báltico, como, más al sur, a Polonia, Alemania Oriental y aun a Checoslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria y Yugoslavia. Aumentadas con la espectacular caída del muro de Berlín y de la cortina de hierro, esas conmociones constituyen, en su conjunto, un movimiento ciclópeo como no se vió mayor desde las dos conflagraciones mundiales o, tal vez, desde las guerras de Napoleón.


Toda esta modificación contemporánea del mapa europeo se reviste, aquí y allá, de circunstancias y significados diversos. Pero por encima de todos éstos hay un significado genérico, que los engloba y penetra a todos como un gran impulso común: es el Descontento.

* Descontento con D mayúscula

Escribimos esta última palabra con “D” mayúscula, porque es un descontento hacia el cual convergen todos los descontentos regionales y nacionales, los económicos y culturales, por muchas y muchas décadas acumulados en el mundo soviético, bajo la forma de una apatía indolente y trágica, de quien no concuerda con nada, pero que está impedido físicamente de hablar, de moverse, de levantarse, en suma, de exteriorizar un desacuerdo eficaz.


Era el descontento total pero, por así decir, mudo y paralítico, de cada individuo en su casa, en su tugurio o en su choza, donde la familia tantas veces ya no existe, habiendo sido substituido frecuentemente el matrimonio por el concubinato.

Descontento porque los hijos fueron substraídos más de una vez del “hogar” y entregados compulsivamente al Estado, recibiendo sólo de éste la educación global. Descontento en los lugares de trabajo, en donde la pereza, la inacción y el tedio invadieron gran parte del horario, y donde los salarios mediocres alcanzan apenas para la compra de productos y artículos insuficientes y de mala calidad, frutos típicos de la industria estatizada en virtud del régimen del capitalismo de Estado. A lo largo de las colas formadas frente a los establecimientos comerciales, en cuyas estanterías casi vacías se deja ver desvergonzadamente la miseria, lo que se comenta con susurros es la completa carencia cualitativa y cuantitativa de todo.

Descontento, principalmente porque en todas partes hay casos en que el culto religioso está prohibido, las iglesias fueron cerradas y en las escuelas la prédica religiosa es coartada e impera la enseñanza compulsiva del materialismo, del ateísmo, en una palabra, de la irreligión comunista.


El conjunto de estos males causa más lástima que la mera consideración de cada uno en particular. En suma, si contra tal o cual aspecto de la realidad soviética se manifiestan quejas, los hechos más recientes hacen evidente que contra el conjunto de esa realidad se propaga un incendio de verdadero furor. Furor que, por el propio hecho de afectar al conjunto, alcanza al régimen e inflama todas las capacidades de indignación de la persona humana: un descontento global contra el régimen comunista, contra el capitalismo de Estado, contra el ateísmo despótico y policiaco, contra todo lo que, en fin, resulta de la ideología marxista y de su respectiva aplicación a todos los países ahora en convulsión.


Es el caso, pues, de hablar de Descontento. Probablemente el más amplio y total descontento que la Historia haya conocido.

(...)

6. La Gran Cruz: lucha con los hermanos en la Fe


Sin embargo, por más que se alarguen estas reflexiones, por fuerza de la complejidad del tema sobre el cual versan, no podrían omitir un punto capital.
Es el prolongado desentendimiento – a tantos y tantos títulos doloroso – con gran número de hermanos en la Fe.

* De Pío IX a Juan Pablo II

Ya en los sufridos y gloriosos días del pontificado de Pío IX (1846-1878), el conjunto de los documentos pontificios deja ver la oposición radical e insuperable entre la doctrina tradicional de la Iglesia, por un lado, y los devaneos sentimentaloides del comunismo utópico, por otro, así como el asalto rencoroso y pedante del comunismo científico o marxista.

Esta incompatibilidad no hizo sino ahondarse en el transcurso de los pontificados posteriores como lo demuestra, por ejemplo, la afirmación lapidaria de Pío XI, contenida en la Encíclica Quadragesimo Anno, de 1931: “El socialismo (...) se funda sobre una doctrina de la sociedad humana propia suya, opuesta al verdadero cristianismo. Socialismo religioso, socialismo cristiano, implican términos contradictorios: nadie puede ser a la vez buen católico y verdadero socialista” (Doctrina Pontificia, Documentos Sociales , Ed. BAC, Madrid, 1964, p.681).


Y más señaladamente aún, el famoso decreto de 1949 de la Sagrada Congregación del Santo Oficio, promulgado por orden de Pío XII, que prohíbe a todos los católicos colaborar con el comunismo y castiga hasta con la excomunión ciertas formas de colaboración.
Tales actos pontificios tenían por fin cohibir el trasbordo de católicos hacia las filas del comunismo, por una parte, y, por otra, la infiltración de los comunistas en los medios católicos, bajo pretexto de una colaboración entre unos y otros para la solución de ciertos problemas socio-económicos.

Este punto era particularmente importante, pues extendiendo la mano a los católicos (“política de la mano tendida”) para esa falaz colaboración, los comunistas declarados y especialmente los inocentes útiles de todos los matices entraban en una convivencia familiar y asidua con los católicos, creando un clima propicio para seducir, hacia el pensamiento y la acción marxistas, a considerable número de hijos de la Iglesia.

* La era de la Ostpolitik vaticana

A través de toda la inmensa máquina de propaganda del comunismo internacional, desde el Kremlin hasta la más apagada célula comunista de aldea, comenzaron a registrarse, en el mundo entero, una serie de actitudes un tanto distensivas, ya en relación con el conjunto de las naciones libres de Occidente, ya en relación con las diversas iglesias, y especialmente en relación a la Santa Iglesia Católica.

De ahí una nueva actitud de aquéllas y de ésta con relación al mundo de más allá de la cortina de hierro. Tal cambio ya se había vuelto visible en el pontificado del sucesor inmediato de Pío XII, el Papa Juan XXIII (1958-1963), y esa tendencia a la distensión se fue prolongado hasta nuestros días, para culminar con la reciente visita de Gorbachov a Juan Pablo II.

En 1969, con la inauguración de la Ostpolitik del Canciller teutónico Willy Brandt, ese vocablo alemán entró en boga en los medios de comunicación social. Y, así, acabó aplicándose también a la política distensionista del Vaticano. Sin embargo, en realidad, esta última precedió cronológicamente al distensionismo de Bonn.


La distención del Vaticano con los gobiernos comunistas a partir del Concilio Vaticano II fue un balde de agua fría para los mártires de la Iglesia que murieron por no ceder frente al Anti-cristo rojo. En la foto, el Cardenal croata A. Stepinac, que lideró la resistencia de su país contra las huestes marxistas, fue envenenado en 1960 por las autoridades comunistas, mientras cumplía su condena de 16 años de trabajos forzados en los campos de concentración.

Evidentemente, de Pío XII a Juan Pablo II, hubo una inmensa modificación en la línea diplomática del Vaticano en relación al mundo comunista. Esta materia envuelve, sin duda, aspectos doctrinales que dependen del Magisterio Supremo del Romano Pontífice. Pero, esencialmente, la materia es diplomática y, en sus aspectos estrictamente tales, puede ser objeto de apreciaciones diversas por parte de los fieles.


Así, no tenemos duda en afirmar que las ventajas obtenidas por la causa comunista con la Ostpolitik vaticana no sólo fueron grandes, sino literalmente incalculables. Ejemplo de ello es lo ocurrido en el Concilio Vaticano II (1962-1965).


De hecho, fue en la atmósfera de la incipiente Ostpolitik vaticana que fueron invitados representantes de la Iglesia greco-cismática (“Ortodoxa”) rusa para acompañar, en calidad de observadores oficiales, las sesiones de aquel Concilio. ¿Ventajas de la Santa Iglesia en esto? – Según lo que hasta el momento se sabe, ínfimas, esqueléticas. ¿Desventajas? Mencionemos sólo una.


Bajo la presidencia de Juan XXIII, y después de Pablo VI, se reunió el Concilio Ecuménico más numeroso de la Historia de la Iglesia.

Estaba resuelto que en él irían a ser tratados todos los más importantes asuntos de actualidad, referentes a la causa católica. Entre ellos no podría dejar de figurar – ¡absolutamente no podría! – la actitud de la Iglesia frente a su mayor adversario en aquellos días. Adversario tan completamente opuesto a su doctrina, tan poderoso, tan brutal, tan astuto como otro igual la Iglesia no había encontrado en su Historia ya entonces casi bimilenaria. Tratar de los problemas contemporáneos de la religión sin tratar del comunismo, sería algo tan fallo como reunir hoy en día un congreso mundial de médicos para estudiar las principales enfermedades de la época y omitir del programa toda referencia al SIDA...

Esto fue, pues, lo que la Ostpolitik vaticana aceptó a pedido del Kremlin. Este declaró que si en las sesiones del Concilio se debatiese el problema comunista, los observadores eclesiásticos de la iglesia greco-cismática rusa se retirarían definitivamente de la magna asamblea. Estrepitosa ruptura de relaciones que hacía estremecer de compasión a muchas almas sensibles, pues todo lleva a temer, a partir de ahí, un recrudecimiento de las bárbaras persecuciones religiosas del otro lado de la cortina de hierro. ¡Y, para evitar esta posible ruptura, el Concilio no trató del SIDA comunista!

La mano tendida era cubierta por un guante: el guante aterciopelado de la cordialidad. Pero, por dentro del guante, la mano era de hierro. Lo sentían las más altas autoridades de la Iglesia, lo que no impidió que prosiguiesen con la Ostpolitik . Esto fue llevando a creciente número de católicos a tomar en relación al comunismo una actitud interior equivalente a una verdadera “caída de barreras ideológicas”.

Y en el terreno de la acción concreta, a colaborar cada vez más con las izquierdas en la ofensiva contra el capitalismo privado y en favor del capitalismo de Estado, con la ilusión de que el primero era opuesto a la “opción preferencial por los pobres”, mientras que el segundo tenía varias afinidades (o incluso más que esto) con la opción tan preconizada por el actual Pontífice. ¡Oh, qué cruel desmentido les infligió el capitalismo de Estado!

(...) Con el apoyo de las valientes TFPs entonces existentes respectivamente en Argentina, Bolivia, Canadá, Colombia, Chile, Ecuador, España, Estados Unidos, Uruguay y Venezuela, fue lanzado en 1974 el documento titulado “La política de distensión del Vaticano con los gobiernos comunistas – Para la TFP: ¿cesar la lucha o resistir?”, dirigido al Papa Pablo VI, en el que todas las entidades hermanas y autónomas se declaraban con nosotros en estado de respetuosa resistencia a la Ostpolitik vaticana.

El espíritu que nos llevó a ello y que también anima a las TFPs y Bureaux de representación hoy constituidos en 22 países – se puede resumir en este apóstrofe de la misma declaración: “En este acto filial, decimos al Pastor de los Pastores: Nuestra alma es Vuestra, nuestra vida es Vuestra. Mandadnos lo que quisiéreis. Sólo no nos mandéis que crucemos los brazos ante el lobo rojo que embiste. A esto, nuestra conciencia se opone”.

* ¿Interpelación? No: llamado fraterno

A vosotros, dilectos hermanos en la Fe, cuya vigilancia la falacia comunista extravió o está extraviando, no haremos ni una sola interpelación. De nuestro corazón siempre sereno parte, rumbo a vosotros, un llamado embebido de ardoroso afecto in Christo Domino : frente al terrible cuadro que en estos días se esboza ante vuestros ojos, reconoced, por lo menos hoy, que fuisteis engañados. Quemad lo que ayudabais a vencer. Y combatid al lado de aquellos a quienes aún hoy ayudáis a “quemar”.


Sinceramente, categóricamente, sin ambigüedades tendenciosas, pero con la franqueza tan enormemente respetable que es inherente a la contrición humilde, volved vuestras espaldas a los que cruelmente os han engañado. Y poned en nosotros vuestra mirada, serena y fraterna, de hermanos en la Fe.

Este es el llamado que os hacemos hoy. Expresa nuestras disposiciones de siempre, las de ayer como las de mañana.

En las palabras finales de este documento, nuestra voz se carga de emoción, la veneración nos embarga, nuestros ojos filiales y reverentes se levantan ahora hacia Vosotros, ¡oh pastores venerables que disentisteis de nosotros! ¿Dónde encontrar las palabras de afecto y de respeto apropiadas para depositar en vuestras manos – en vuestros corazones – en un momento como éste?

Mejores no podríamos encontrarlas sino, mutatis mutandis, en las propias palabras que, en 1974, dirigimos al hoy fallecido Pablo VI.


Las pronunciamos arrodillados, pidiendo vuestras bendiciones y vuestras oraciones.
Hemos dicho”.

El Dr. Plinio hace referencia en este manifiesto del año 1992 a la Ostpolitik que el Vaticano mantuvo con los regímenes comunistas desde el Concilio hasta la caída misma del muro de Berlín. Ello incluye fundamentalmente los Pontificados de Paulo VI y de Juan Pablo II. Sobre ambos tomó posiciones públicas discordantes, aunque con matices distintos, que no pueden omitirse aquí, aunque daremos sólo una rápida referencia.

La política de distensión de Pablo VI con los regímenes comunistas:

6) La resistencia pública de Plinio Corrêa de Oliveira a Pablo VI
(Julio Alvear Téllez)


Pablo VI

Retrocedamos a la época llamada de la "guerra fría”. El comunismo se expande por el mundo por la violencia o el fraude. Después del Concilio, su gran adversaria, la Iglesia, es tentada en sus círculos humanos por la claudicación.


La diplomacia vaticana hacia la Rusia soviética y sus satélites se expresa, a partir de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II, en un nuevo modo de relacionamiento –de deshielo, de apertura, de “diálogo”, de afabilidad- que Pablo VI coloca como una de las directivas de su Pontificado. Con ello, los pontífices posconciliares se distancian en el terreno de la práctica de la postura anticomunista definida por la Iglesia hasta el Papa Pío XII.

Los líderes del comunismo se pasean por el Vaticano.
Enero de 1967: Pablo VI invita al líder del Soviet Supremo de la URSS, Nicolas Podgorny, al Vaticano. La foto da la vuelta al mundo.
Marzo de 1972: el dictador comunista Tito, verdugo del Cardenal Stepinac, es recibido con los brazos abiertos por Pablo VI en el Vaticano

Como consecuencia de la “Ostpolitik”, las barreras doctrinarias entre católicos y marxistas se pulverizaron. Autoridades eclesiásticas dejaron de rechazar el comunismo; episcopados enteros apoyaron los proyectos socialistas en Occidente durante la década los 70, 80 e incluso los 90. El Cardenal Ratzinger reconoció en 1984 el desastre en los seminarios y en las universidades católicas. En facultades de teología de importantes universidades alemanas, que "algunos años antes hubiésemos podido esperar que hubiesen sido un baluarte en contra de la tentación marxista (…) se convierten en su centro ideológico”. (Cfr. Tornielli, Andrea, “Benedetto XVI. Il custode della fede”, p. 81)


El 18 de julio de 1968, Plinio Corrêa de Oliveira solicita en un “Reverente y filial mensaje a Su Santidad” medidas para que cese la infiltración comunista en el clero católico. La petición es firmada por 1.600.368 brasileños, y cientos de miles de argentinos, chilenos y uruguayos. A la fecha, es la mayor recogida de firmas de la historia de Brasil. En él se hace llegar al pontífice “el grito de angustia que nace de los más profundo del alma, al ver que el peligro comunista va creciendo gracias a la agitación continua de una minoría de eclesiásticos y legos que se proclaman católicos” e imploran “que se adopte con toda urgencia medidas para que sea enteramente eliminada la acción de eclesiásticos y legos progresistas, favorables al comunismo”. La solicitud es además publicada en la íntegra por la prensa de Brasil, Argentina, Chile y Uruguay.

Pero todo siguió igual y peor.
Un adversario ideológico de Plinio Corrêa de Oliveira lo emplazó entonces a que reconociera públicamente que, a diferencia de la Iglesia de antes, en donde era reconocido como líder católico por las autoridades eclesiásticas, ahora, en la época de Paulo VI, no había lugar para él en la Iglesia.
Paulo VI, agregaba, recibe a todos, a comunistas y herejes, pero no hay una sola palabra para el Dr. Plinio y lo que él representa. "Dr. Plinio, la verdad es la verdad: abra los ojos para ella. No hay en el mundo quien sea más rechazado por el Papado modernizado y por la Nueva Iglesia que usted y sus congéneres.

A pesar de cerrarle la puerta en la cara, usted se presenta en público como un papista fanático, tan fanático como cuando usted era joven, y sobresalía en las filas de los congregados marianos vociferando: ¡“Viva el Papa, Dios lo proteja, al Pastor de la Santa Iglesia”!

Usted no percibe, Dr. Plinio, que todo mudó, y que ahora es usted el que ha sido dejado fuera?”

El Dr. Plinio contestó por la prensa con uno de los artículos más bellos que salieron de su pluma. Se llama “La perfecta alegría” (Cfr. "Folha de S. Paulo", 12 de julho de 1970). Reproducimos algunos trechos:

“El Sr. Jeroboão se engaña. No es con mi entusiasmo de los tiempos de joven, que yo me coloco hoy ante la Santa Sede. Es con un entusiasmo aún mayor, y mucho mayor. Pues a medida que voy viviendo, pensando y ganando experiencia, voy comprendiendo y amando más el Papa y el Papado. Y esto sería precisamente así aun cuando yo me encontrara exactamente en las circunstancias que el Sr. Cândido Guerrero pinta.

Y este amor al Papado, Sr. Jeroboão, no es en mí un amor abstracto. Él incluye un amor especial a la Persona sacrossanta del Papa, sea él de ayer, de hoy o de mañana. Amor de veneración. Amor de obediencia.

Sí, insisto: de obediencia. Quiero dar a cada enseñanza de este Papa, como de sus Antecesores y Sucesores, toda aquella medida de adhesión que la doctrina de la Iglesia me prescribe, tiendo por infalible lo que ella manda tener por infalible, y por falible lo que ella enseña que es falible. Quiero obedecer a las órdenes de éste o de cualquiera otro Papa en toda la medida en que la Iglesia manda que sean obedecidas.
Es decir, no sobreponiéndoles jamás mi voluntad personal, ni la fuerza de cualquier poder terreno, y sólo, absolutamente sólo, rechazando obediencia a la orden del Papa que importara eventualmente en pecado. Pues en este caso extremo, como enseñan — repitiendo al Apóstol San Pablo — todos los moralistas católicos, es preciso colocar por encima de todo la voluntad de Dios.

Sabe usted lo que nos enseña San Francisco de Asís sobre la perfecta alegría?
Para refrigerio y gaudio de su alma, se lo transcribo de los "Fioretti", aunque resumidamente:
"Viniendo una vez San Francisco de Perusa para Santa Maria de los Ángeles con Fray León, en tiempo de invierno, y como el grandísimo frío fuertemente lo atormentara, (...) Fray León le preguntó: Padre, te pido, de parte de Dios, que me digas dónde está la perfecta alegría.
Y San Francisco así le respondió: si llegamos a Santa Maria de los Ángeles, enteramente mojados por la lluvia y entumidos de frío, llenos de lodo y afligidos de hambre, y batimos a la puerta del convento, y el portero llega irritado y nos dice: ¿quiénes sois vosotros? Y nosotros respondemos: somos dos de vuestros hermanos, y él dice: ustedes mienten; no son más que dos vagabundos que andan engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres; fuera de aquí; y nos deja afuera, a la intemperie, bajo la nieve y la lluvia, con frío y con hambre, hasta la noche.

Entonces, si soportáramos tal injuria y tal crueldad, tantos malos tratos, placenteramente, sin que nos perturbemos y sin que murmuremos contra él (...) escribe que en eso está la perfecta alegría.

Y si aún, constreñidos por el hambre, el frío y la noche, batimos más y llamamos y pedimos que por amor de Dios, con muchas lágrimas, se nos abra la puerta y nos dejen entrar, y si él, más escandalizado, grita: Vagabundos importunos, los golpearé como merecen; y sale con un bastón nodoso y nos agarrar por el capuz y nos tiraa al suelo y nos arrastra por la nieve y nos golpea con el palo, una vez y otra: si nosotros soportamos todas estas cosas pacientemente y con alegría, pensando en los sufrimientos de Cristo bendito, las cuales debemos soportar por su amor; oh! hermano León, escribe que ahí y en eso está la perfecta alegría.

Y oye, pues, la conclusión, hermano León. Por encima de todas las gracias y de todos los dones de Espíritu Santo, los cuales Cristo concede a sus amigos, está el de vencerse a sí mismo, y voluntariamente por amor de Cristo, Nuestro Señor, soportar trabajos, injurias, oprobios y desprecios (...)"
.

El nuncio apostólico de la Santa Sede en Cuba se convierte pronto en sustento moral del régimen comunista. En la foto, Fidel Castro, el tirano del caribe, conversa con Moseñor Casaroli, enviado de Pablo VI, quien declara que con el comunismo "los católicos viven felices". Fue la gota que rebalsó el vaso.

En abril de 1974, Plinio Corrêa de Oliveira se declara públicamente en “estado de resistencia” hacia el Papa Paulo VI y su política de distensión con el comunismo.

En un manifiesto publicado en 36 periódicos brasileños y en 73 órganos de prensa del mundo libre, el Dr. Plinio hace oír su voz profética ante el drama que vive la Iglesia bajo el Pontificado de Pablo VI:


“La diplomacia de distensión del Vaticano con los gobiernos comunistas crea para los católicos anticomunistas, una situación que los afecta a fondo, mucho menos en tanto anticomunistas que en cuanto católicos. Pues a todo momento se les puede hacer una objeción supremamente engorrosa: la acción anticomunista que efectúan no conduce a un resultado precisamente opuesto al deseado por el Vicario de Jesús Cristo? Y como se puede comprender que un católico sea coherente si su actuación tiene como rumbo una dirección opuesta a la del Pastor de los Pastores?

Tal pregunta trae como consecuencia, para todos los católicos anticomunistas, una alternativa: cesar la lucha, o explicar su posición. Cesar la lucha, no podemos. Y es por imperativo de nuestra conciencia de católicos que no podemos. Pues si es deber de cualquier católico promover el bien y combatir el mal, nuestra conciencia nos impone que difundamos la doctrina tradicional de la Iglesia, y combatamos la doctrina comunista. (...)

El vínculo de obediencia al Sucesor de Pedro, que jamás romperemos, que amamos en lo más profundo da nuestra alma, al cual tributamos lo mejor do nuestro amor, ese vínculo nos lo osculamos en el momento mismo que, triturados por el dolor, afirmamos nuestra posición. Y de rodillas, fijando nuestros ojos con veneración en la figura de Su Santidad el Papa Paulo VI, le manifestamos toda nuestra fidelidad.

En este acto filial, decimos al Pastor dos Pastores: Nuestra alma es vuestra, nuestra vida es Vuestra. Mandadnos lo que quisieres. Solo no nos mandéis que crucemos los brazos delante del lobo rojo que enviste. A eso nuestra conciencia se opone.


Sí, Santo Padre – continuamos – San Pedro nos enseña que es necesario "obedecer a Dios antes que a los hombres" (At. V, 29). Sois asistido por el Espíritu Santo y hasta confortado – en las condiciones definidas por el Vaticano I – por el privilegio de la infalibilidad. Lo que no impide que en ciertas materias o circunstancias la flaqueza a la que están sujetos todos los hombres pueda influenciar y hasta determinar Vuestra actuación. Una de esas es – talvez por excelencia – la diplomacia. Y aquí se sitúa Vuestra política de distensión con los gobiernos comunistas.


¿Qué hacer? La extensión de la presente declaración sería insuficiente para contener el elenco de todos los Padres de la Iglesia, Doctores, moralistas y canonistas –muchos de ellos elevados a la honra de los altares – que afirman la legitimidad de la resistencia. Una resistencia que no es separación, no es rebelión, no es acrimonia, no es irreverencia. Por el contrario, es fidelidad, es unión, es amor, es sumisión.


"Resistencia" es la palabra que escogemos de propósito, pues ella es empleada en los Hechos de los Apóstoles por el propio Espíritu Santo, para caracterizar la actitud de San Pablo. Habiendo el primer Papa, San Pedro, tomado medidas disciplinarias referentes a la permanencia en el culto católico de prácticas restantes de la antigua Sinagoga, San Pablo vio en esto un grave factor de confusión doctrinaria y de perjuicio para los fieles. Se levantó entonces y "resistió en faz" a San Pedro (Gal. II, 11). Este no vio, en lo lance fogoso e inesperado del Apóstol de los Gentiles, un acto de rebeldía, sino de unión y amor fraterno. Y, sabiendo bien en lo que era infalible y en lo que no era, cedió ante los argumentos de San Pablo.

Los Santos son modelos de los católicos. Así, en el sentido en que San Pablo resistió, nuestro estado es de resistencia.Y en esto encuentra paz nuestra conciencia.


Resistir significa que aconsejaremos a los católicos que continúen la lucha contra la doctrina comunista con todos los recursos lícitos, en defensa de la Patria y de la Civilización Cristiana amenazadas. Resistir significa que jamás emplearemos los recursos indignos de la contestación, y menos aún tomaremos actitudes, que en cualquier punto discrepen de la veneración y de la obediencia que se debe al Sumo Pontífice, en los términos del Derecho Canónico. Resistir, entretanto, importa emitir respetuosamente nuestro juicio, en circunstancias como la entrevista de Mons. Casaroli sobre la "felicidad" de los católicos cubanos.


En 1968, el Santo Padre Paulo VI estuvo en la próspera capital colombiana, Bogotá, para el 39º Congreso Eucarístico Internacional. Discursando un mes después, de Roma para el mundo entero, afirmó que allí había visto la "gran necesidad de aquella justicia social que coloque inmensas categorías de gente pobre (en América Latina) en condiciones de vida más ecuánime, más fácil e más humana" (discurso del 28/9/68). Esto, en el Continente en que la Iglesia goza de la mayor liberdad. Por el contrario, Mons. Casaroli no vio en Cuba (de Fidel Castro) sino felicidad. Delante de esto, resistir es anunciar con serena e respetuosa franqueza, que hay una peligrosa contradicción entre esas dos declaraciones, y que la lucha contra la doctrina comunista debe proseguir (...).


Ningún epílogo entretanto sería completo si no incluyese la reafirmación de nuestra obediencia irrestricta y amorosa no solo a la Santa Iglesia como al Papa, en todos los términos preceptuados por la doctrina católica.


Nuestra Señora de Fátima nos ayude en este camino que tomamos por fidelidad a Su mensaje y en la alegría anticipada de que se cumplirá la promesa por Ella hecha: "Por fin, Mi Inmaculado corazón triunfará".
(Cfr. Plínio CORRÊA DE OLIVEIRA, "La Política de distención del Vaticano con los gobiernos comunistas: para la TFP ¿cesar la lucha o resistir?", publicado originalmente en “Catolicismo” n° 280 (Abril de 1974)).


Plinio Corrêa de Oliveira a la fecha de su declaración de resistencia


La declaración de resistencia del Dr. Plinio no recibió ninguna objeción teológica o canónica ni a su oportunidad, ni a su ortodoxia por parte del Vaticano. El portavoz de la Santa Sede, Federico Alessandrini se limitó a excusarse afirmando que Monseñor Casaroli no había proferido las palabras que la prensa le imputó. Pero esta especie de retractación en las palabras no impidió que en los hechos la “Ostpolitik” del Vaticano continuara río abierto favoreciendo al comunismo.

Plinio Corrêa de Oliveira dio más detalles por la prensa de la legitimidad de la resistencia católica a la “Ostpolitik” vaticana, iniciada en el Concilio Vaticano II. En "Folha de S. Paulo", 14 de abril de 1974, escribe un artículo que titula “A indispensável resistencia”:


“La distensión del Vaticano viene de lejos. Nótase desde el Concilio Vaticano II una mudanza gradual de actitud de los Episcopados de casi todo el mundo delante del peligro rojo. De fuerte, vigilante, y no raras veces hasta combativa que era, tal actitud pasó a ser, en buena medida, átona, silenciosa, y como que desatenta. Diríase que el problema comunista cesó de repente.
Destacándose sobre este fundo de cuadro, un número no pequeño de prelados pasó a expresar el glorioso y antiguo anhelo de la Iglesia de mejorar las condiciones de vida de las clases pobres bajo formas distintas. Es sólo confrontar el lenguaje de un San Pío X a ese respecto, con el de ciertas conferencias episcopales y de ciertos prelados, para medir cuán sensible ha sido esta mudanza.

El lenguaje nuevo de muchas reivindicaciones sociales-eclesiásticas a veces es tal que, sin ser definidamente marxista, parece inspirada en el vocabulario y en el estilo usados por los comunistas. Como infelizmente es bien notorio, hay más. Determinados prelados, constituyendo excepciones rumorosas e impunes, apoyan decididamente a las huestes comunistas. El ejemplo más chocante entre ellos, es el del Cardenal Silva Henriquez en Chile.

Súmense a esa inmensa masa de hechos los contactos secretos del Santo Padre con los Jefes de Estado rojos, los viajes diplomáticos que Mons. Casaroli — el Kissinger Vaticano — hace, a toda hora, a los países comunistas, etc., y pregúntense cuál es el efecto conjunto de todo eso sobre la vigilancia y la pugnacidad de los católicos de Occidente (sólo para hablar de ellos) frente al peligro comunista. Obviamente, la distensión vaticana tiene por efecto una desmovilización psicológica de los millones de católicos en relación al peligro comunista”.

Pocos meses más tarde, el Dr. Plinio responde al Cardenal Scherer, quien había justificado la nueva actitud del Vaticano con los gobiernos comunistas (Cfr. “1958-1974 ¿qué resultados”, in "Folha de S. Paulo", 14 de julho de 1974):

“No somos contra las negociaciones propriamente dichas, mas contra el precio exorbitante – y sin compensaciones- que el Vaticano paga para llevar a término su Ostpolitik. La Détente católica va por todo el mundo abatiendo barreras que otrora se oponían a la expansión del credo rojo. ¿Y qué pagan a cambio los gobiernos comunistas? – Nada....

Afirma el Prelado que el objetivo esencial de la Ostpolitik vaticana es la suavización de las condiciones de vida de los católicos detrás de la cortina de hierro. Pero no veo que haya sido obtenida hasta ahora tal suavización.
En extensa alocución hecha por ocasión de su onomástico (cf. "Osservatore Romano" de 23.6.74), S.S. Paulo VI tiene un corto pasaje sobre las condiciones de los católicos detrás de la cortina de hierro. ¡Qué mundo de horrores en él trasparece! Afirma literalmente el Pontífice que en su ánimo "se abre una herida" siempre que piensa en los "sufrimientos, limitaciones y presiones" que allí sufre la Iglesia. Refiere después las "opresiones y silencios" que pesan sobre ella y "las tinieblas que la circundan". Esta es la situación, como la ve Su Santidad en el año de 1974. Hace pensar en lo que ha dicho Soljenitsin y otros disidentes. Ora, la détente comenzó con Juan XXIIII el año 1958...

¿En qué entonces sirvió tal détente a los católicos de más allá de la cortina de hierro, aquella meritoria Iglesia del Silencio sobre la cual, según la melancólica gracia de un periodista italiano "bajó el silencio de la Iglesia"?”


Una de las víctimas más célebres de la política de Paulo VI con los gobiernos comunistas, y sobre el cual corrió mucha tinta, fue el glorioso Cardenal Josef Mindszenty, Arzobispo de Esztergom, quien, como Primado de la Iglesia de Hungría lideró a su pueblo en la resistencia contra la estrella roja. Su heroísmo y santidad fueron públicamente puestos como ejemplo para la Iglesia universal por el Papa Pío XII y se convirtió en el modelo de la resistencia católica al comunismo soviético en Europa del Este.

La revista "Life" informa al mundo las condiciones de vida del primado de la Iglesia de Hungría, en los centros de tortura del régimen, durante su proceso y su condena a trabajos forzados, y posteriormente en su ingreso a la Embajada de los EEUU, donde era huesped incómodo.

El ejemplo del Cardenal Mindszenty era peligrosísimo para Moscú. Había que llegar a un acuerdo con el Vaticano para sacarlo de Hungría, privarle de sus cargos dentro de la Iglesia y trasladarlo a Roma.


Voz de los sin voz, torturado y condenado por el Gobierno comunista húngaro por resistir, y asilado en calidad de huésped incómodo en la Embajada de los EEUU, fue trasladado a Roma por orden de Paulo VI (con el consentimiento del gobierno comunista y EEUU) y ahí depuesto de su sede episcopal por el propio Papa, para facilitar los contactos del Vaticano con el Régimen rojo. Mientras Paulo VI consumaba este acto, en otro extremo, trasmitía su apoyo a Monseñor Pedro Casaldáliga, obispo de São Félix do Araguaia, Brasil, que se autodenominaba “monseñor martillo y hoz”.

Los detalles de todo esto son dramáticos. El Cardenal Mindszenty había consentido previamente en abandonar su país con la solemne promesa del Papa de no ser privado de sus títulos, que tanto molestaban a los comunistas, porque le permitían pastorear la resistencia católica en Hungría. A su llegada a Roma, Paulo VI se fotografió con él y le aseguró: “Vos sois y seguiréis siendo Arzobispo de Esztergom y Primado de Hungría. Continuad trabajando y, si tenéis dificultades, volved siempre confiadamente a nos”.

Después de su traslado a Roma, Pablo VI -en la foto, con la cabeza hacia abajo- recibe al Santo Cardenal Mindszenty, estrechándole la mano en señal de apoyo público por no haber cedido en la fe católica ante la persecusión comunista. Poco después sin embargo, lo privaría de todos sus títulos para congraciarse con el régimen comunista.

Pero exactamente en el 25º aniversario de su arresto por los comunistas, se le informó al Cardenal que el Pontífice lo removía de sus cargos, hecho que conmocionó a la prensa del mundo libre. El Vaticano dio una versión oficial sosteniendo que el Primado de la Iglesia húngara había renunciado. El mártir de la fe y de la libertad, perseguido ahora en su amada Roma, dio a conocer entonces, con amargura y respeto, la verdad completa a través de una rectificación pública: “El Cardenal Mindszenty no ha renunciado a su cargo de arzobispo ni a su dignidad de Primado de Hungría. La decisión ha sido tomada por la Santa Sede”. Removido el Cardenal Mindszenty, la jerarquía eclesiástica húngara practica ya sin escrúpulos su lealtad al Estado marxista, haciendo el mismo papel de sedante de las conciencias católicas que el actual episcopado cubano.


Los obispos húngaros juran lealtad al régimen comunista con la "bendición" de Pablo VI. La inmensa figura del Cardenal Mindszenty ya no les pesaría.


Plinio Corrêa de Oliveira analizó en un conjunto de artículos de prensa muy difundidos, el escándalo que la actitud de Paulo VI ocasionaba al pueblo católico. En uno de sus escritos, titulado “Como quiera Budapest”, concluía con palabras estrepitosas a propósito del drama vivido por Monseñor Mindszenty: “El drama ha terminado. A lo largo de él, de comienzo a fin, la conducta del Vicario de Cristo fue la que deseaba el imperialismo comunista, esto es, el Anticristo”. (Cfr. "Conforme queria Budapeste", in "Folha de S. Paulo", edición del 20 de octubre de 1974).
Muchos años después, Monseñor Agostino Casaroli, quien era el "hombre del maletín", que circulaba libremente dentro de la cortina de hierro como mandatario de Pablo VI en los acuerdos con los gobiernos rojos, se verá forzado a reconocer en sus memorias la grandeza católica de su gran oponente, el Cardenal húngaro.

El Cardenal Mindsznety, poco antes de morir en extrañas circunstancias. Al final de su vida, había trabado relaciones con Plinio Corrêa de Oliveira.


En 1977, Plinio Corrêa de Oliveira publica el libro “La Iglesia ante la escalada de la amenaza comunista. Llamado a los obispos silenciosos”, en el que denuncia las posturas favorecedoras del comunismo de la Conferencia Episcopal brasileña, mostrando de qué manera el proceso se inició en la década de los cuarenta:

“En cuanto el enemigo atacaba a la Iglesia abiertamente y de afuera para adentro, el comunismo continuó a ser repelido. Mas lo mismo ya no se puede decir de la reacción católica contra un nuevo frente de ataque abierto por el comunismo: era la infiltración discreta en la propia Iglesia, para atacarla por dentro. Esa infiltración era propiciada por la “politique de la main tendue”, maniobra comunista que se desenvolvía en Europa. Los efectos de esta maniobra se hicieron sentir en los años 40 en Brasil. Contra ella, ya Pío XI y Pío XII habían alertado a los obispos y fieles”.

La prensa brasileña recoge pronto la noticia dada por el periodista italiano Rocco Morabito, de que "en las mesas de trabajo del Vaticano, se encuentran algunos ejemplares del libro de Plínio Corrêa de Oliveira" (O Estado de S. Paulo, 8 de Abril de 1977).

Pocos meses antes de morir Paulo VI, Plinio Correa de Oliveira escribe en la "Folha de S. Paulo", un artículo impresionante titulado "Irridebit" (16 de enero de 1978):

“Para ayudar a los comunistas húngaros a que se mantengan en el poder, el más alto potentado de la más poderosa democracia del Occidente entrega a Kadar la corona, la reliquia (del rey San Esteban de Hungría), que fuera confiada a la nación americana como depósito de honra. Carter manda el secretario de Estado Vance que la entregue, en ceremonia aparatosa, precisamente al hombre que es lo contrario del rey evangelizador, o sea, el déspota materialista (..)

A tal propósito, un portavoz de Vaticano emitió un comentario que vale por un murmullo ambiguo, y tal vez ligeramente avergonzado. Pero para demostrar a todos los húngaros que la Iglesia concordaba con la entrega de la reliquia al dictador comunista y ateo, estuvo presente en el acto de entrega de la corona el cardenal Leckai, arzobispo de Ezstergom. El sucesor — "horresco referens" — del cardenal Mindszenty.

Ambos — Vance y Leckai — viene a bradar a los húngaros, a los ojos de Dios, del mundo y de la Historia: "La Iglesia y Estados Unidos apoyan que vuestras cervices de bautizados, y con ellas vuestras glorias del pueblo soberano y cristiano, sean deshonradas por los comunistas ateos, procónsules de Moscú". Estamos ciertos de que incontables húngaros, dentro y fuera de Hungría, de su parte replican a ese brado, en lágrimas de la indignación: "San Esteban, rogad por nosotros" (...)


En el fondo del alma, incontables brasileños — parte de los cuáles durmientes por la apatía que va invadiendo los sectores más saludables de la opinión — expresan lo mismo. Y esa súplica no habrá subido en vano al Cielo. Introduciendo la reliquia en Hungría, Kadar creó una circunstancia preciosa para que sea aún más ardiente la intercesión de San Esteban por su pueblo.
Con el auxilio inadvertido de Carter y de Paulo VI, entró en Hungría la corona-símbolo, la corona-reliquia, cuya presencia podrá tal vez atraer para el país legiones de Angeles y ríos de gracias, de modo la que el pueblo húngaro sacuda el yugo bajo el cual yace.

Mi pensamiento se vuelve ahora hacia los artífices de la devolución de la corona. Y una frase me viene a los labios: "Qui hábitat in coelis irridebit eos". Dios se reirá de ellos: lo dice la Escritura (Ps.2,4).
"Irridebit": es bien la palabra!


Los efectos de la “Ostpolitik” del Vaticano han producidos sus efectos hasta los días de hoy. La historia ha dado la razón a Plinio Corrêa de Oliveira en su resistencia a Paulo VI.

En 1971, en el sínodo de los obispos de Roma, el Cardenal Slipyj, prisionero en los gulag soviéticos, se quejó a nombre de sus hermanos, los obispos ucranianos perseguidos, por esta “ostpolitik” vaticana. Juan Pablo II se negará a nombrarlo patriarca de los obispos ucranianos, no obstante la petición de ellos en este sentido. Su sucesor, Monseñor Sterniuk, seguirá su línea, y sostendrá que el Vaticano II descuidó los intereses de la Iglesia Católica oprimida por el comunismo.

A partir del año 2006, se revelará que importantes miembros del Clero de Europa Oriental fueron parte de la policía secreta comunista en las tareas de delación y represión de sus hermanos en la fe, con el probable conocimiento del Vaticano (Cfr. “Il Corriere della Sera”, edición del 9 de enero del 2007).

El 12 de enero del 2007, el episcopado polaco en pleno decidió oficialmente dar luz sobre este asunto (Cfr. “La Croix”, edición del 14 de enero del 2007), pues al menos doce obispos de ese país figuran con sus “nombres de guerra” participando en los tristes años del yugo soviético en la Sluzba Bezpiec-zenstwa, la KGB polaca (Cfr. “Dziennik” e “Il Giornale”, edición del 9 de enero del 2007). Incluso, según “Newsweek”, el jefe de la comisión histórica en la causa para la beatificación de Juan Pablo II estaría implicado (Cfr. “Il Giornale”, edición del 12 de enero del 2007).
El Cardenal Miloslav Vlk, Primado de la República Checa, llamó a los obispos a hacer penitencia y a pedir perdón a Dios.

El Arzobispo de Varsovia, Monseñor Stanislaw Wielgus

El Arzobispo de Varsovia, Monseñor Stanislaw Wielgus, nombrado por Benedicto XVI, tuvo rápidamente que dimitir a inicios del 2007 por hacerse público sus vínculos con la policía secreta comunista durante la era soviética (Cfr. “El Mercurio”, edición del 8 de enero del 2007). Monseñor Wielgus, ante la evidencia, terminó reconociendo a la BBC de Londres sus vínculos con la policía secreta comunista. Las autoridades vaticanas, junto a la Conferencia episcopal polaca, tuvieron que dar al mundo una serie de explicaciones....

La razón más profunda de la oposición católica al comunismo

7) UN TEXTO OLVIDADO DE PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA
(Selección de Juan Pablo Rodríguez C.)


Sobre el comunismo, III fase de la Revolución universal y anticristiana, Plinio Corrêa de Oliveira formula lo que nos parece ser el aspecto más profundo de su incompatibilidad con la Iglesia católica, y la necesidad de la lucha entre quienes pertenecen a María y quienes siguen a Satanás (Prólogo de 1973 a la edición argentina de “Revolución y Contra-revolución):

"Si una persona cede en algo a los vicios del orgullo o de la impureza, comienza a crearse en ella una incompatibilidad con varios aspectos de la Iglesia o del orden del Universo.


Esa incompatibilidad puede comenzar, por ejemplo, con una antipatía con el carácter jerárquico de la Iglesia, después desdoblarse y alcanzar a la jerarquía de la sociedad temporal, para más tarde manifestarse en relación al orden jerárquico de la familia. Y así, una persona puede, por varias formas de igualitarismo, llegar a una posición metafísica de condenación de toda y cualquier desigualdad, y del carácter jerárquico del Universo. Sería el efecto del orgullo en el campo de la metafísica.

De modo análogo se puede delinear las consecuencias de la impureza en el pensamiento humano. El hombre impuro, por regla general, comienza por tender hacia el liberalismo: lo irrita la existencia de un precepto, de un freno, de una ley que circunscriba el desborde de sus sentidos. Y, con esto, toda ascesis le parece antipática. De esa antipatía, naturalmente, viene una aversión al propio principio de autoridad, y así sucesivamente. El anhelo de un mundo anárquico -en el sentido etimológico de la palabra- sin leyes ni poderes constituidos, y en el cual el propio Estado no sea sino una inmensa cooperativa, es el punto extremo del liberalismo generado por la impureza.

Tanto del orgullo cuanto del liberalismo nace el deseo de igualdad y libertad totales, que es la médula del comunismo.
A partir del orgullo y de la impureza se van formando los elementos constitutivos de una concepción diametralmente opuesta a la obra de Dios. Esa concepción, en su aspecto final, ya no difiere de la católica solamente en uno u otro punto. A medida que, a lo largo de las generaciones, esos vicios se van profundizando y volviendo más acentuados, se va estructurando toda una concepción gnóstica y revolucionaria del Universo.

La individuación, que para la gnosis es el mal, es un principio de desigualdad. La jerarquía -cualquiera que sea- es hija de la individuación. El universo según el gnóstico se rescata de la individuación y de la desigualdad en un proceso de destrucción del "yo", que reintegra a los individuos en el gran Todo homogéneo. La realización, entre los hombres, de la igualdad absoluta, y de su corolario, la libertad completa -en un orden de cosas anárquico- puede ser vista como una etapa preparatoria de esa reabsorción total.

No es difícil notar desde esta perspectiva un nexo entre gnosis y comunismo.
Así, la doctrina de la Revolución es la gnosis, y sus causas últimas tienen sus raíces en el orgullo y en la sensualidad. Dado el carácter moral de estas causas, todo el problema de la Revolución y de la Contra-Revolución es, en el fondo, y principalmente, un problema moral. Lo que se dice en Revolución y Contra-Revolución es que, si no fuese por el orgullo y la sensualidad, la Revolución como movimiento organizado en el mundo entero no existiría, no sería posible.
Ahora bien, si en el centro del problema de la Revolución y de la Contra-Revolución hay una cuestión moral, hay también y eminentemente una cuestión religiosa, porque todas las cuestiones morales son substancialmente religiosas. No hay moral sin religión. Una moral sin religión es lo más inconsistente que se pueda imaginar. Todo problema moral es, pues, fundamentalmente religioso. Siendo así, la lucha entre la Revolución y la Contra-Revolución es una lucha que, en su esencia, es religiosa. Si es religiosa, si es una crisis moral lo que da origen al espíritu de la Revolución, entonces esa crisis sólo puede ser evitada o remediada con el auxilio de la gracia.
Es un dogma de la Iglesia que los hombres no pueden, sólo con los recursos naturales, cumplir durablemente y en su integridad los preceptos de la moral católica, sintetizados en la Antigua y en la Nueva Ley. Para cumplir los mandamientos, es necesaria la ayuda de la gracia.
Por otro lado, si el hombre cae en estado de pecado, acumulándose en él las apetencias por el mal, a fortiori no conseguirá levantarse del estado en que cayó, sin el socorro de la gracia.
Proviniendo de la gracia toda preservación moral verdadera o toda regeneración moral auténtica, es fácil ver el papel de Nuestra Señora en la lucha entre la Revolución y la Contra-Revolución. La gracia depende de Dios; sin embargo, Dios, por un acto libre de Su voluntad, quiso hacer depender de Nuestra Señora la distribución de las gracias. María es la Medianera Universal, es el canal por donde pasan todas las gracias. Por lo tanto, su auxilio es indispensable para que no haya Revolución, o para que ésta sea vencida por la Contra-Revolución.

En efecto, quien pide la gracia por intermedio de Ella, la obtiene. Quien intentare conseguirla sin el auxilio de María no la obtendrá. Si los hombres, recibiendo la gracia, corresponden a ella, está implícito que la Revolución desaparecerá. Por lo contrario, si no correspondieren a ella, es inevitable que la Revolución surja y triunfe. Por lo tanto, la devoción a Nuestra Señora es condición sine qua non para que la Revolución sea aplastada, para que venza la Contra-Revolución.

Insisto en lo que acabo de afirmar. Si una Nación fuere fiel a las gracias necesarias y suficientes que recibe de Nuestra Señora, y si se generalizara en ella la práctica de los Mandamientos, es inevitable que la sociedad se estructure bien. Porque con la gracia viene la sabiduría, y, con ésta, todas las actividades del hombre entran en sus cauces.

Ello se comprueba en cierto modo al analizar el estado en que se encuentra la civilización contemporánea. Construida sobre un rechazo de la gracia, alcanzó algunos resultados estrepitosos que, sin embargo, devoran al hombre. La actual civilización es nociva para el hombre en la medida en que tiene por base el laicismo y viola en varios aspectos el Orden Natural enseñado por la Iglesia.

Siempre que la devoción a Nuestra Señora sea ardorosa, profunda y de rica sustancia teológica, es claro que la oración de quien pida será atendida. Las gracias lloverán sobre quien reza a Ella devota y asiduamente. Si, por el contrario, esa devoción fuere falsa o tibia, manchada por restricciones de sabor jansenista o protestante, hay grave riesgo de que la gracia sea dada con menos largueza, porque encuentra por parte del hombre nefastas resistencias.
Lo que se dice del hombre puede decirse, mutatis mutandis , de la familia, de una región, de un país o de cualquier otro grupo humano.
Es costumbre decir que, en la economía de la gracia, Nuestra Señora es el cuello del Cuerpo Místico del cual Nuestro Señor Jesucristo es la Cabeza, porque todo pasa por Ella. La imagen es enteramente verdadera en la vida espiritual. Un individuo que tiene poca devoción a Nuestra Señora es como alguien que tiene una cuerda atada al cuello y conserva apenas un resto de respiración. Cuando no tiene devoción alguna, se asfixia. Teniendo una gran devoción, en cambio, el cuello queda completamente libre y el aire penetra abundantemente en los pulmones, pudiendo el hombre vivir normalmente.
La esterilidad y hasta la nocividad de todo lo que se hace contra la acción de la gracia y la enorme fecundidad de lo que se hace con su auxilio, determinan bien la posición de Nuestra Señora en ese combate entre la Revolución y la Contra-Revolución, pues la intensidad de las gracias recibidas por los hombres depende de la mayor o menor devoción que a Ella tuvieren.

Una visión de la Revolución y de la Contra-Revolución no puede quedar sólo en estas consideraciones. La Revolución no es el fruto de la mera maldad humana. Esta última abre las puertas al demonio, por el cual se deja estimular, exacerbar y dirigir.

Es, pues, importante considerar en esta materia la oposición entre Nuestra Señora y el demonio. El papel del demonio en la eclosión y en los progresos de la Revolución fue enorme. Como es lógico pensar, una explosión de pasiones desordenadas tan profunda y tan general como la que originó la Revolución, no habría ocurrido sin una acción preternatural. Además, sería difícil, sin el concurso del espíritu del mal, que el hombre alcanzase los extremos de crueldad, de impiedad y de cinismo a los cuales la Revolución llegó varias veces a lo largo de su historia.

Ahora bien, ese tan fuerte factor de propulsión depende totalmente de Nuestra Señora. Basta que Ella fulmine un acto de imperio sobre el infierno para que éste se estremezca, se confunda, se recoja y desaparezca de la escena humana.
Al contrario, basta que Ella, para castigo de los hombres, deje al demonio un cierto margen de acción, para que la misma progrese. Por lo tanto, los enormes fautores de la Revolución y de la Contra-Revolución, que son respectivamente el demonio y la gracia, dependen de su imperio y su dominio.