martes, 24 de marzo de 2009

EL CABALLERO CRISTIANO: MÁS PÁLPITO QUE CÁLCULO

(Manuel García-Morente, "Idea de Hispanidad", II, 6)

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Este tipo de hombre, que se precia de llevar dentro de sí el guía certero de su vida por el mundo, ha de tomar sus resoluciones más por obediencia a los dictados misteriosos de esa voz interna, que por estudio prudente de las probabilidades.

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Vosotros tenéis aquí, en América, una palabra lindísima para expresar lo que quiero decir, la palabra pálpito. El caballero es hombre de pálpitos más que de cálculos. ¿Imagináis a los conquistadores calculando y computando sabiamente las posibilidades de conquistar Méjico o el Perú? Si tal hubiesen hecho no habrían acometido jamás la empresa, porque el número de probabilidades de fracasar era tan grande y el de triunfar tan ridículamente pequeño, que un cálculo somero bastara para hacerles abandonar el propósito.

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Pero el caballero cristiano no echa semejantes cuentas; no se pregunta si es fácil, si es difícil y ni aun siquiera si es posible la empresa que tiene ante los ojos. Bástale con que su corazón le mande ejecutarla, para que la acometa, sin detener ni contener su ánimo en el estudio exacto de las probabilidades.

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Sin duda el caballero fracasa y fenece muchas veces. Pero muchas veces también triunfa por ventura y casi por milagro; y si no fuese por ese arrojo increíble y esa obediencia ciega a los dictados del corazón, la historia no registraría entre sus páginas muchas de las más estupendas hazañas que el género humano ha llevado a cabo.

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Esa preferencia del pálpito al cálculo significa en el caballero simplemente la fe inquebrantable en sí mismo y en su destino personal. El caballero cristiano acaricia como supremo ideal de vida el de ser él mismo autor, actor y total responsable de su propia existencia.


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En dos grupos podrían generalmente dividirse los hombres en lo que al régimen y dirección de la vida se refiere: los que hacen ellos mismos su propia vida y los que la reciben pasivamente ya hecha. Los primeros buscan sus directivas en el fondo de sus propios corazones; actúan de dentro a fuera; influyen sobre el medio y el contorno; imponen a las cosas la huella de su voluntad soberana. Los segundos acatan normas ajenas, a que el medio social u otros individuos les constriñen; viven al dictado; son materia plástica y sumisa.

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Al primer grupo, sin vacilación alguna, pertenece el caballero cristiano, cuya existencia es una alternativa entre la acción denodada y la abstención orgullosa. El caballero es lo que quiere ser o no es nada.

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Hay en el fondo del alma del caballero un residuo indestructible de estoicismo -Seneca era español- que, hermanado íntimamente con el cristianismo, ha enseñado a los hombres de España a sufrir y a aguantar por una parte, a acometer y a dominar por otra.

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En la historia de nuestra nación hispana adviértese, en efecto, una como oscilación pendular entre el heroísmo y el abstencionismo, entre la hazaña y la inmovilidad, que encuentra bella expresión de sus contrastes en múltiples aspectos de nuestra pintura y de nuestra literatura. Sólo una cosa se mantiene firme: la resolución de no ser vulgar, de ser auténtico, de no sucumbir a la mediocridad de lo común, informe y mostrenco.
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Por eso, también -y perdonad esta digresión hacia lo adjetivo- el caballero cristiano es elegante en su porte e indumentaria. La elegancia de los españoles es proverbial desde hace siglos. Ya Baltasar Castiglione la pondera. Nuestro arte la documenta. Y la raíz de esta cualidad vital se encuentra justamente en la acentuación enérgica que el español reclama de su propia autonomía.

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Al español le preocupa sin duda -y mucho- el que dirán. Pero no lo teme. En la aprobación ajena, que espera y desea, encuentra la confirmación de la valiosa idea que tiene de sí mismo. Pero si lo que hace o dice obtuviere la reprobación ajena, no por eso cambiaría ni su conducta ni la opinión que de sí mismo ha formado. Así las actitudes del caballero, su porte, su indumentaria llevan siempre el sello de la más perfecta desenvoltura y son la expresión más sencilla, directa y espontánea de la seguridad con que su alma siente y piensa.

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La elegancia del caballero español no consiste ni en el minucioso cuidado del atuendo ni en el aspecto artístico de la indumentaria; estriba toda ella en la perfecta naturalidad, en la adecuación perfecta de lo exterior con lo interior. Dijérase que el vestido cae sobre el español como si perteneciera a su propia esencia, como si fuere la prolongación natural de su alma. En este caso -al parecer nimio- se realiza plenamente el hondo ideal del caballero: que la envoltura exterior sea fiel imagen y producto de la esencia interna.

lunes, 23 de marzo de 2009

Pontificia Academia por la Vida ... a favor del ABORTO

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El Arzobispo Rino Fisichella, presidente de la Pontificia Academia para la Vida y rector de la Pontificia Universidad Lateranense .... FAVORECE EL ABORTO
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(Salvo el título, la siguiente noticia es tomada de "L´Espresso" y es de autoría del Vaticanista Sandro Magister)
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"A favor de la niña brasileña": así ha titulado "L'Osservatore Romano" del 15 de marzo una nota en primera página, firmada por el arzobispo Rino Fisichella, presidente de la Pontifica Academia para la Vida, además de ser rector de la Pontificia Universidad Lateranense. A causa de la fama del autor, de los cargos que ocupa y más todavía por los contenidos, el artículo estaba seguramente entre los controlados y autorizados por la Secretaría de Estado vaticana.
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El artículo partía del caso de una niña brasileña en edad fértil ya a los nueve años, violada muchas veces por su joven padrastro, quien quedó encinta de dos gemelos y que luego fue obligada a abortar en el cuarto mes de la gestación.
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El caso, escribió Fisichella, "ha ganado las páginas de los diarios, sólo porque el arzobispo de Olinda y Recife se ha apresurado a declarar la excomunión para los médicos que la han ayudado a interrumpir el embarazo", cuando por el contrario, "antes que pensar en la excomunión", la niña "debía en primer lugar ser defendida, abrazada, acariciada" con esa "humanidad de la que nosotros, hombres de Iglesia, debemos ser expertos anunciadores y maestros". Pero "no ha sido así".
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El ataque al arzobispo de Olinda y Recife – la diócesis en la que Helder Cámara fue su pastor – no podía ser más duro.En efecto, las declaraciones del arzobispo sobre la excomunión de los que llevaron a cabo el doble aborto ocasionaron el exacerbamiento del conflicto ya en curso desde hace tiempo en Brasil entre la Iglesia y el gobierno, la primera empeñada en una gran campaña en defensa de la vida naciente, el segundo orientado a liberalizar el aborto más de cuanto ya lo está.
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Desde Roma, el cardenal Giovanni Battista Re, prefecto de la Congregación vaticana para los Obispos, en una entrevista publicada en el diario "La Stampa", defendió al arzobispo de Olinda y Recife.
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El Cardenal Re
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Otro tanto había hecho en Brasil la Conferencia Episcopal, con una nota difundida el 13 de marzo y con declaraciones de su presidente, el arzobispo Geraldo Lyrio Rocha, y su secretario, Dimas Lara.También el nuevo arzobispo de Rio de Janeiro, Orani João Tempesta, se había expresado en el mismo sentido, remarcando entre otras cosas que la madre de la niña había atestiguado que "el único lugar en el que no se había sentido maltratada, sino respetada, había sido la oficina de Caritas".
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Inclusive desde Francia había llegado un notable apoyo a lo hecho por la Iglesia brasileña. El obispo de Toulon, Dominique Rey, de visita en ese país, había declarado que vio con sus ojos "los múltiples testimonios de misericordia llevados a cabo por las comunidades cristianas que se habían acercado y acompañado a la niña y a su madre".
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Pero la Santa Sede se ha comportado en forma diferente. Al publicar el artículo de Fisichella en el "L'Osservatore Romano", ha mostrado que antepone a la defensa de la Iglesia brasileña y de su campaña "pro vita" el objetivo de apaciguar las disidencias con la opinión laica, con el presidente Luiz Inácio Lula da Silva y su gobierno.Con esta forma de proceder se ha llevado íntegramente el conflicto al interior de la jerarquía, suscitando además una controversia al insinuar la autorización del aborto en casos como el que está en discusión.
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En efecto, el artículo de Fisichella continuaba de este modo:"A causa de la más que joven edad y de las condiciones precarias de su salud, la vida [de la niña] estaba en serio peligro a causa del embarazo en curso. ¿Cómo actuar en estos casos? Decisión ardua para el médico y para la misma ley moral. Opciones como ésta [...] se repiten cotidianamente [...] y la conciencia del médico se encuentra sola consigo misma en el acto de verse obligado a decidir qué es lo mejor que se debe hacer". Al final del artículo Fisichella elogiaba a quienes "han permitido vivir" a la niña.
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Es verdad que, en otro pasaje, el presidente de la Pontificia Academia para la Vida acentuaba que "el aborto provocado ha sido condenado siempre por la ley moral como un acto intrínsecamente malo. Esta enseñanza permanece inmutable hasta nuestros días".
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Pero las dudas antes asomadas quedaron intactas, y dieron la impronta a todo el artículo. Dudas que contrastan visiblemente con la granítica solidez de este pasaje del parágrafo 62 de la encíclica "Evangelium vitae", de Juan Pablo II:"Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del mundo podrá jamás hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito, por ser contrario a la Ley de Dios, escrita en el corazón de cada hombre, reconocible por la misma razón, y proclamada por la Iglesia".
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El Arzobispo de Olinda y Recife
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Al artículo de Fisichella publicado en "L'Osservatore Romano", la arquidiócesis de Olinda y Recife le ha replicado el 16 de marzo con las "Aclaraciones" oficiales, publicadas en forma bien visible en la home page de su sitio web.
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Por parte de Roma no ha habido ningún gesto de recibimiento. Ni siquiera cuando el 21 de marzo se ha pronunciado nuevamente sobre el episodio el director de la sala de prensa de la Santa Sede, el padre Federico Lombardi.
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Ese día el padre Lombardi estaba en Luanda, acompañando el viaje de Benedicto XVI en Camerún y en Angola.El día anterior, hablando al cuerpo diplomático y haciendo referencia al artículo 14 del Protocolo de Maputo sobre la "salud materna y reproductiva", el Papa había se había pronunciado polémicamente:"¡Qué amarga es la ironía de aquellos que promueven el aborto como una cura de la salud materna! Qué desconcertante resulta la tesis de aquellos para quienes la supresión de la vida sería una cuestión de salud reproductiva!".
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El padre Lombardi, al encontrarse con los periodistas, ha excluido cualquier relación entre las palabras del Papa y el episodio de la niña brasileña. Y continuó de esta manera:"Sobre esta cuestión, son válidas las consideraciones de monseñor Rino Fisichella, quien en 'L'Osservatore Romano' ha lamentado la excomunión declarada demasiado rápidamente por el arzobispo de Recife.
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Ningún caso límite debe oscurecer el verdadero sentido del discurso del Santo Padre, quien se refirió a algo diferente en extremo. [...] El Papa no ha hablado en absoluto del aborto terapéutico y no ha dicho que debe ser rechazado siempre".Ha sido un golpe que, luego de casi una semana de la difusión de las "Aclaraciones" de la arquidiócesis brasileña, el portavoz oficial de la Santa Sede haya mostrado que la ignora totalmente, tanto en la opuesta reconstrucción de los hechos como en las objeciones de carácter doctrinal y moral.
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A continuación, íntegro, el documento de la arquidiócesis brasileña:Esclarecimientos de la arquidiócesis de Olinda y Recife
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Respecto al artículo titulado "Dalla parte della bambina brasiliana", publicado en "L'Osservatore Romano" el día 15 de marzo, nosotros abajo firmantes declaramos:
1. El acto de estupro no aconteció en Recife, como dice el artículo, sino en la ciudad de Alagoinha, diócesis de Pesqueira. El aborto sí fue practicado en Recife.
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2. Todos nosotros – comenzando por el párroco de Alagoinha, abajo firmante – tratamos a la niña embarazada y a su familia con toda caridad y ternura. El párroco, ejerciendo su celo pastoral, al conocer la noticia en su residencia, se dirigió de inmediato a la casa de la familia, donde se encontró con la criatura para prestarle apoyo y acompañamiento, frente a la grave y difícil situación en la que se encontraba la niña.
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Esta actitud se repitió a lo largo de todos los días, desde Alagoinha hasta Recife, donde se produjo el triste final del aborto de dos inocentes. Por lo tanto, fue evidente e inequívoco que nadie pensó en primer lugar en la "excomunión". Usamos todos los medios a nuestro alcance para evitar el aborto y salvar así las tres vidas.
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El párroco acompañó personalmente al Consejo tutelar de la ciudad en todas las iniciativas que buscaban el bien de la niña y de sus hijos. En el hospital y en las visitas diarias demostró actitudes de cariño y atención que dieron a entender, tanto a la criatura como a su madre, que ambas no estaban solas, sino que la Iglesia, allí representada por el párroco local, les garantizaba la asistencia necesaria y la certeza que todo se haría para el bien de la niña y para salvar a sus dos hijos.
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3. Después que la niña fuera transferida hacia un hospital de la ciudad de Recife, intentamos utilizar todos los medios legales para evitar el aborto. En algún momento la Iglesia fue omitida en el hospital. El párroco de la niña realizó visitas diarias al hospital, desplazándose de la ciudad que dista 230 km de Recife, sin escatimar esfuerzo alguno, para que tanto la criatura como su madre sintiesen la presencia de Jesús, el Buen Pastor que va al encuentro de las ovejas que más precisan de su apoyo. De este modo el caso fue tratado con toda la atención debida por parte de la Iglesia y no "en forma apresurada" como dice el artículo.
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4. No estamos de acuerdo con la afirmación que "la decisión es ardua… para la propia ley moral". Nuestra Santa Iglesia sigue proclamando que la ley moral es clarísima: nunca es lícito eliminar la vida de un inocente para salvar otra vida. Los hechos objetivos son éstos: hay médicos que declaran explícitamente que practican y continuarán practicando el aborto, en tanto otros declaran con la misma firmeza que jamás practicarán el aborto.
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Ésta es la declaración escrita y firmada por un médico católico brasileño: "Como médico obstetra durante 50 años, formado por la Facultad Nacional de Medicina de la Universidad de Brasil, y como ex jefe de la Clínica Obstétrica del Hospital de Andarai, donde serví durante 35 años hasta que me jubilé y me consagré al diaconado, y habiendo realizado 4.524 (cuatro mil quinientos veinticuatro) partos, muchos en menores de edad, nunca necesité recurrir al aborto para 'salvar vidas', al igual que todos mis colegas íntegros y honestos en su profesión y cumplidores de su juramento hipocrático".
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5. Es falsa la afirmación de que el hecho fue divulgado en los diarios solamente porque el arzobispo de Olinda y Recife se apresuró a declarar la excomunión. Basta ver que el caso salió a la luz en Alagoinha el día 25 de febrero, el arzobispo hizo declaraciones a la prensa el día 3 de marzo y el aborto se llevó a cabo el día 4 de marzo. Sería un exceso imaginar que la prensa brasileña, frente a un hecho de tamaña gravedad, lo hubiese silenciado durante un intervalo de seis días.
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De la misma manera, la noticia de la niña ("Carmen") embarazada fue divulgada en los días anteriores a la consumación del aborto. Sólo entonces, interrogado por los periodistas el día 3 de marzo, el arzobispo mencionó el canon 1398 [del código de derecho canónico]. Estamos convencidos que la divulgación de esta pena medicinal, la excomunión, hará bien a muchos católicos, al llevarlos a evitar este pecado gravísimo.
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El silencio de la Iglesia sería muy perjudicial, sobre todo al constatarse que en el mundo entero están aconteciendo cincuenta millones de abortos cada año y sólo en Brasil se suprime un millón de vidas inocentes. El silencio puede ser interpretado como connivencia o complicidad. Si algún médico tiene "conciencia perpleja" antes de practicar un aborto (lo que nos parece extremadamente improbable), él, si es católico y desea observar la ley de Dios, debe consultar a un director espiritual.
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6. En otras palabras, el artículo es una afrenta directa a la defensa de la vida de las tres criaturas, defensa llevada a cabo en forma vehemente por Dom José Cardoso Sobrinho y demuestra que el autor no tiene bases ni informaciones necesarias para hablar sobre el tema, a causa del total desconocimiento de los detalles del hecho.
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El hospital que realizó el aborto en la niña es uno de los dos que realizan siempre este procedimiento en nuestro Estado, bajo el manto de la "legalidad". Los médicos que actuaron en el aborto de los dos gemelos declararon y continúan declarando en los medios nacionales que hicieron lo que ya estaban acostumbrados a hacer "con mucho orgullo". Uno de ellos, inclusive, declaró: "Ya fui, entonces, excomulgado varias veces".
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7. El autor se arrogó el derecho de hablar sobre lo que no conocía, sin siquiera hacer el esfuerzo de conversar previamente de modo fraternal y evangélico con el arzobispo, y por esta actitud imprudente, está causando una gran confusión a los fieles católicos de Brasil. En vez de consultar a su hermano, prefirió creerle a nuestra prensa muchas veces anticlerical.
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Recife, 16 de marzo de 2009
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Edvaldo Bezerra da SilvaVicario, general de la arquidiócesis de Olinda y Recife
Cicero Ferreira de Paula, Canciller de la arquidiócesis de Olinda y Recife
Moisés Ferreira de Lima, Rector del seminario arquidiocesano
Márcio Miranda, Abogado de la arquidiócesis de Olinda y Recife
Edson Rodrigues, Párroco de Alagoinha, diócesis de Pesqueira

EL CABALLERO CRISTIANO: ALTIVEZ CONTRA SERVILISMO

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(Manuel García - Morente, "Idea de Hispanidad", II, 5)
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La combinación de la confianza en sí mismo con la grandeza y el arrojo dan de sí, inevitablemente, la altivez y casi diríamos el orgullo. En esta cualidad el caballero cristiano peca un tanto por exceso -aunque hay casos en que, como dice Aristóteles, es preferible pecar por exceso que por defecto-.
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El caballero cristiano, huyendo del servilismo, incide gustoso en la altivez. Como no estima ninguna cosa nunca tanto como su propia persona, guardaráse muy mucho siempre de mostrar aprecio a cosas ajenas, de aparecer rendido, obsequioso, y de manifestar que encuentra fuera de sí mismo valores que apeteciera poseer.
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El caballero, si es rico, se ufana de menospreciar su riqueza; y si es pobre, se ufana de serlo y subraya su pobreza con su altivez. En todo caso el caballero se precia de ser más que de poseer, y opone el desdén a todo oropel adventicio y material. Esta altivez, en unión con el arrojo, de donde procede, manifiéstase también como afirmación inquebrantable del propósito.
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El caballero no gusta de componendas, apaños ni medias tintas. Aparece en la vida -y es en verdad- intransigente y a veces terco. Pero es la intransigencia y la terquedad del que se siente llamado a cumplir una misión. Es la intransigencia que abre vía a las iniciativas particulares, individuales. Es la intransigencia fecunda que permite a todo propósito sincero desenvolver su propia esencia hasta el término final y completo. Mas como el caballero funda su acción y su conducta en la alta idea que de sí mismo tiene, resulta que nunca aspira a ser otro que el que es; y si se complace y alegra en el trato de los demás hombres, es sólo en cuanto que son en efecto hombres y caballeros, pero no porque ocupen puestos elevados o sean de categoría o alcurnia superior.
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Nada más lejos del alma española que el moderno vicio del snobismo. El español no puede ser snob. Tiene de sí harto elevada opinión y tan profunda conciencia de su ser personal, que prefiere ser quien es -por humilde que sea su condición y posición- a incidir en ridículas y serviles actitudes, saliéndose de su media y categoría humana. El español ha sabido realizar con maravillosa naturalidad y sencillez la síntesis más difícil que pueda imaginarse: servir con dignidad, estar en su sitio sin humillación ni vergüenza y desempeñar con desenvoltura y gravedad al mismo tiempo los más humildes menesteres.
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Dos matices de conducta completarán el cuadro de la altivez del caballero: el silencio y la grandilocuencia. El caballero castellano es hombre silencioso y aun taciturno, grave en su apostura y de pocas palabras en el comercio común. Pero cuando se ofrece ocasión solemne o momento de emoción punzante, el caballero sabe alzar la voz y encumbrarse a formas superiores de la elocuencia y de la retórica. Gustará, entonces, de hablar en términos escogidos y aun, si se quiere, rebuscados; en los términos que él juzga congruentes con el valor de su persona, pensamiento y voluntad.

sábado, 21 de marzo de 2009

EL CABALLERO CRISTIANO: ARROJO CONTRA TIMIDEZ

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(Manuel García Morente; "Idea de Hispanidad", II, 4) .
Otra consecuencia del «ser» caballeresco es la preferencia del arrojo a la timidez o de la valentía al apocamiento. El caballero cristiano es esencialmente valeroso, intrépido. No siente miedo más que ante Dios y ante sí mismo. Pero ¿qué sentido tiene esta valentía? O dicho de otro modo: ¿por qué no conoce el miedo el caballero cristiano?
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Lo característico, a mi juicio, de la intrepidez hispánica es, en términos generales, su carácter espiritualista o ideológico, o también podríamos decir religioso. En efecto, se puede ser valiente -o por lo menos dar la impresión de la valentía- de dos maneras: por una especie de embotamiento del cuerpo y de la conciencia al dolor físico, o por un predominio decisivo de ciertas convicciones ideales.
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En el primer caso situaríamos la valentía de los primitivos, de los hombres toscos, rudos, endurecidos, encallecidos física y psíquicamente; es una valentía hecha en su mayor parte de inconsciencia y de anestesia fisiológica; es una propiedad -¿cualidad o defecto?- de la raza, de la fisiología, de la constitución somática. En el segundo caso situaríamos la valentía de los que van a la lucha y a la muerte sostenidos por una idea, una convicción, la adhesión a una causa. Estos saben bien lo que sacrifican; pero saben también por qué lo sacrifican. Tipo supremo: los mártires.
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Sin duda alguna este segundo modo de la valentía es la que merece más propiamente el nombre de humana. La primera es animal; está en relación con el sexo, con la fisiología, con la anatomía, con la especie o la variedad biológica. La segunda, la humana, es superior a esas limitaciones o condicionalidades «naturales»; es superior al sexo, a la edad, a la efectividad fisiológica y anatómica. Depende exclusivamente del poder que la idea -la convicción- ejerza sobre la voluntad -la resolución.
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Ahora bien, una de las características esenciales del caballero cristiano -y por consiguiente del alma hispánica- es la tenacidad y eficacia de las convicciones. Precisamente porque el caballero no toma sus normas fuera, sino dentro de sí mismo, en su propia conciencia individual, son esas normas acicates eficacísimos y tenaces, es decir capaces de levantar el corazón por encima de todo obstáculo. La valentía del caballero cristiano deriva de la profundidad de sus convicciones y de la superioridad inquebrantable en su propia esencia y valía.
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De nadie espera y de nadie teme nada el caballero, que cifra toda su vida en Dios y en sí mismo, es decir en su propio esfuerzo personal. Escaso y escueto, o abundante y rico en matices, el ideario del caballero tiene la suprema virtud de ser suyo, de ser auténtico, de estar íntimamente incorporado a la personalidad propia. Por eso es eficaz, ejecutivo y sustentador de la intrépida acción.
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El caballero no conoce la indecisión, la vacilación típica del hombre moderno, cuya ideología, hecha de lecturas atropelladas, de pseudocultura verbal, no tiene ni arraigo ni orientación fija. El hombre moderno anda por la vida como náufrago; va buscando asidero de leño en leño, de teoría en teoría. Pero como en ninguna de esas teorías cree de veras, resulta siempre víctima de la última ilusión y traidor a la penúltima. El caballero, en cambio, cree en lo que piensa y piensa lo que cree. Su vida avanza con rumbo fijo, neto y claro, sostenida por una tranquila certidumbre y seguridad, por un ánimo impávido y sereno, que ni el evidente e inminente fracaso es capaz de quebrantar.
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Esa seguridad en sí mismo del caballero cristiano es por una parte sumisión al destino y por otra parte desprecio de la muerte. Ahora bien, la sumisión del caballero a su destino no debe entenderse como fatalismo. Ni su desprecio de la muerte como abatimiento. Ya iremos viendo más adelante el sentido completo de estas cualidades. Baste, por ahora, observar que esa sumisión al destino no se basa en una idea fatalista o determinista del universo, sino que, por el contrario, se funda en la idea opuesta, en la idea de que el destino personal es obra personal, es decir, congruente con el ser o esencia de la persona, que «hace» su propio destino.
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Cada caballero se forja su propia vida; pero no una vida cualquiera, sino la que está en lo profundo de su voluntad, es decir, de su índole personal. Y de su congruencia entre lo que cada cual es y lo que cada cual hace, o entre la índole personal y los hechos de la vida, responde en el fondo la Providencia, Dios eterno, juez universal e infinitamente justo. La fe tranquila, sin nubes, del caballero cristiano es el fundamento de su tranquila y serena sumisión a la voluntad de Dios.
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El desprecio a la muerte tampoco precede ni de fatalismo ni de abatimiento o embotamiento fisiológico, sino de firme convicción religiosa; según la cual el caballero cristiano considera la breve vida del mundo como efímero y deleznable tránsito a la vida eterna. ¿Cómo va a conceder valor a la vida terrenal quien, por el contrario, percibe en ella un lugar de esfuerzo, un seno de penitencia, un valle de lágrimas, hecho sólo para prueba de la santificación creciente? Así la fe religiosa del caballero cristiano, compenetrada estrechamente con su personal fe y confianza en sí mismo, es la que sirve de base a la virtud de la valentía o del arrojo.

viernes, 20 de marzo de 2009

EL CABALLERO CRISTIANO: GRANDEZA CONTRA MEZQUINDAD


(Manuel García Morente; "Idea de Hispanidad", II, 3)
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De esa condición primaria del caballero, paladín de su propio ideal, derívanse un cierto número de preferencias más concretas, que vamos a enumerar rápidamente. En primer lugar la preferencia de la grandeza sobre la mezquindad. Pero ¿qué es la grandeza y qué la mezquindad?
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Grandeza es el sentimiento de la personal valía; es el acto por el cual damos un valor superior a lo que somos sobre lo que tenemos. Mezquindad es justo lo contrario, esto es, el acto por el cual preferimos lo que tenemos a lo que somos. El caballero cristiano cultiva la grandeza, porque desprecia las cosas, incluso las suyas, las que él posee. Pone siempre su ser por encima de su haber. Se confiere a sí mismo un valor infinito y eterno. En cambio no concede valor ninguno a las cosas que tiene. Vale uno por lo que es y no por lo que posee. Don Quijote lo afirma: «dondequiera que yo esté, allí está la cabecera».
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Antes, pues, consentirá el caballero cristiano sufrir toda clase de penurias y de pobrezas y verse privado de toda cosa, que rebajar su ser con el gesto vil, innoble, de la mezquindad, que es adulación a las cosas materiales. El adulador atribuye falsamente al adulado valores y modalidades que éste no tiene; de igual modo el mezquino supone falsamente en las cosas materiales valores que éstas no poseen. El caballero cristiano no adula ni a las personas ni a las cosas. Su grandeza le protege de cualquier mezquindad. Prefiere padecer toda escasez y sufrir trabajos que doblegar la conciencia que de sí mismo tiene.
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Esta preferencia por lo grande sobre lo mezquino, documentaríase fácilmente en mil hechos de la historia española, en innumerables productos del arte y de la vida españoles. El Escorial, por ejemplo, es la ilustración en piedra de esa preferencia; es pura grandeza pobre. La sobriedad de las formas personales y estéticas -a veces rayana en austeridad y aun en tosquedad- impresiona a todo el que se acerca a la vida española; y no es sino un derivado inmediato de esa preferencia esencial de lo grande a lo mezquino.
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La generosidad, a veces loca, del español; el desprecio impresionante con que trata las cosas materiales; la sencillez sublime con que se despoja de todo; la disposición tranquila al sacrificio de todo bien material; he aquí algunas de las consecuencias prácticas de esa condición hispánica que hemos llamado grandeza. El alma española no puede nunca conceder a lo material más valor que el de un simple medio para realzar y engarzar el valor supremo de la persona.

jueves, 19 de marzo de 2009

Aborto en España y la complicidad de la clase política

El aborto, un pecado que clama a Dios
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Manifiesto de la Comunidad Tradicionalista
(Fuente: agencia Faro)
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Ante la próxima aprobación de una nueva ley del aborto, la Comunión Tradicionalista Carlista (CTC) alerta de la complicidad de toda la clase política parlamentaria contra los no nacidos. La nueva ley abortista de la Ministra Bibiana Aído quiere apuntalar legalmente la actual situación de aborto libre en España, de modo que sea considerado un derecho de la mujer, lo que ya ocurre tácitamente por parte de todas las organizaciones del Congreso.
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Las reacciones de los partidos políticos con representación parlamentaria ante el proyecto de ley, lejos de discutir sobre el núcleo del problema, muestran un escenario en el que nadie defiende el derecho a la vida del nasciturus. La controversia parlamentaria gira únicamente en torno al "más aborto legal" de los partidos de izquierda y el "más aborto guardando las apariencias legales" de los partidos de derechas. De este modo, el Partido Popular no se opone a la modificación legal propuesta por el gobierno porque el aborto supone el asesinato de un ser humano, sino porque, en boca de sus dirigentes, consideran que la "actual ley es fruto del consenso y no es necesaria su modificación".
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Recordemos que la actual ley defendida por los dirigentes populares es la causante de más de un millón de muertes desde el año 1985. En contra de lo que se quiere hacer creer a los españoles, no hay dentro del actual régimen político resquicio alguno para la protección de la vida de los más inocentes.
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El sistema político actual se fundamenta en una idea falsa de libertad que destruye la posibilidad de legislar y actuar políticamente por el bien común y la defensa de los más débiles. Así, cuando desde partidos y organizaciones conservadores se pone el grito en el cielo porque la ley de Aído permite a una menor abortar sin el permiso paterno, se oculta falazmente que en regiones gobernadas por el Partido Popular, representante de esos sectores sociales, se expide gratuitamente la abortiva Píldora del Día Después entre menores sin el consentimiento de los padres.
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Del mismo modo, argumentan los mismos colectivos que la solución pasa por dar facilidades a las mujeres con problemas para que sigan adelante con sus embarazos, cuando en las comunidades regidas por los populares las ayudas económicas para familias numerosas y para nuevos nacimientos son ridículas, mientras las subvenciones para abortar alcanzan unas cifras escandalosas. En todo caso, la solución pasa por prohibir cualquier práctica abortiva y proteger explícitamente la vida de la persona desde su concepción.
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La Comunión Tradicionalista denuncia la falsedad de quienes se arrogan la representación pública de los católicos, cuando están defendiendo unas concepciones y actuaciones políticas que atentan gravemente contra la Ley Divina, la Ley Natural y la persona, creada a imagen y semejanza de Dios. La consecuencia de dicha usurpación pública, bajo el débil barniz del "humanismo cristiano", es participar activamente en el genocidio más aterrador que ha conocido la Historia.

miércoles, 18 de marzo de 2009

El CABALLERO CRISTIANO: UN PALADIN DE LO MAS PERFECTO


(Manuel García Morente, "Idea de Hispanidad", II,2)

Los siglos de Reconquista han impregnado de religiosidad hasta el tuétano el alma del caballero cristiano; infundiéndole, además, la convicción de que la vida es, en efecto, lucha; la lucha por imponer a la realidad circundante una forma buena, una manera de ser excelente, que por sí misma la realidad no tendría.
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El caballero cristiano es, pues, esencialmente un paladín defensor de una causa, deshacedor de entuertos e injusticias, que va por el mundo sometiendo toda realidad -cosas y personas- al imperativo de unos valores supremos, absolutos, incondicionales. Y lo que lo caracteriza y designa como paladín no es solamente su condición de esforzado propugnador del bien, sino, sobre todo, el método directo con que lo procure.
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El caballero cristiano no tiene aguante, no aguarda, no espera; no busca, para transformar la realidad mala en realidad buena, algunos rodeos más o menos largos que de un modo, por decirlo así, mecánico, metódico y natural, vayan produciendo la deseada modificación de la realidad. El caballero cristiano cree ciegamente en la virtud y eficacia inmediata de su propia voluntad y esforzada resolución para transformar las cosas. Otras mentalidades más lentas, menos ejecutivas y más propensas a acatar el sistema de las leyes naturales, pensarán que toda modificación de la realidad por el hombre requiere tiempo, exige primero una sumisión aparente a la legalidad física y material, hasta descubrir, poco a poco, las coyunturas por donde se pueda obligar a la naturaleza a asumir la forma y función determinada por el pensamiento humano de lo mejor.
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Esta manera de actuar sobre las cosas reales postula, empero, la necesidad de esperar; requiere tiempo y trae como consecuencia la idea de una evolución lenta en el proceso de modificación de las cosas por el hombre. Mas el método evolutivo y paciente de influir sobre la realidad repugna al caballero cristiano, que quiere ahora mismo y sin más tardar, por sólo el imperio de su voluntad y poder, que el mal desaparezca y el bien sea, y que todo se someta a la fórmula contundente de sus palabras.
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Hay en la mentalidad del paladín al mismo tiempo optimismo e impaciencia; optimismo como fe absoluta en el poder moral de la voluntad; impaciencia como demanda de transformación inmediata y total, no gradual y progresiva. Para el caballero cristiano, en suma, el ideal moral no es la norma a que se somete un proceso de transformación lento y progresivo, sino el imperativo de realización inmediata, completa y perfecta.
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Esta manera de sentir y de pensar implica, a su vez, un cierto desprecio de la realidad intrínseca; no sólo en el sentido de considerarla mala o indiferente, sino también en el sentido de tenerla por fácilmente vencible, transformable, dominable. La materia, el cuerpo, los cuerpos están o deben estar a las órdenes del espíritu; si se niegan a obedecer a éste, es preciso obligarles, por la violencia, si fuera necesario, o por la penitencia o por el castigo sobre sí mismo y sobre los demás.
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El caballero cristiano no duda de poder transformar la realidad, de acuerdo con los imperativos de las preferencias absolutas; justamente porque desprecia esa realidad y la considera incapaz de verdadera y autónoma existencia. La vida, pues, toda la vida habrá de consistir esencialmente en una constante enmienda de las cosas, de acuerdo con los dictados de lo mejor, de lo más perfecto.Ahora bien, ¿qué es lo mejor, lo más perfecto? ¿Quién dice al caballero cristiano lo que tiene que preferir, lo que debe hacer, la ley a que debe someter a los demás y a sí mismo?
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Ahora llegamos a otro punto capital de nuestro análisis. Esos valores, esas preferencias absolutas, esa ley a que el caballero cristiano somete a los demás y se somete a sí mismo, no proceden de ningún código escrito, ni de costumbres, ni de convenciones humanas; proceden exclusivamente de la propia conciencia del caballero. El caballero no los encuentra hechos y vigentes, sino que los hace e impone él por sí mismo. No están «ahí», como las leyes públicas; sino que florecen en el corazón del caballero, el cual no conoce otra legalidad que la ley de Dios y su propia convicción. El caballero cristiano es el paladín de una causa, que se cifra en Dios y su conciencia. No acata leyes que no sean «sus» leyes; no se rige por otro faro que la luz encendida en su propio pecho.

martes, 17 de marzo de 2009

EL CABALLERO CRISTIANO

(Manuel García Morente, "Idea de Hispanidad")


El valor del símbolo
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Cuando algo no puede ni definirse ni señalarse con el dedo; cuando algo no tiene posible concepto ni posible intuición, entonces la única manera de descifrarlo y evocarlo consiste en descubrirle algún símbolo adecuado. Símbolo es una figura real -objeto o persona- que, además de lo que ella es en sí y por sí misma, desempeña la función de descifrar y evocar algo distinto de ella. La bandera es un símbolo. La balanza de la justicia es un símbolo. De igual manera, ¿no podríamos descubrir alguna figura de cosa o de persona que nos empujase irremediablemente hacia ciertos pensamientos, ciertos sentimientos, ciertas emociones e intuiciones similares o idénticas a esa «modalidad» del ser hispánico? Intentémoslo y preguntemos, ante todo: ¿en qué figura podría simbolizarse lo español, el estilo de la hispanidad?
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¿En qué símbolo podrá reflejarse la hispanidad?
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No podrá, desde luego, simbolizarse en una cosa. Para simbolizar un modo de ser viviente, una cosa inánime no sirve. La figura simbólica tendrá, pues, que ser figura de persona viva, un ser humano, un hombre. Puesto que lo que se trata de simbolizar aquí es un estilo de vida, el camino para hallar el símbolo no podrá ser otro que el de buscar en el arsenal de nuestra historia y de nuestra cultura españolas alguna figura humana que sea típica y que, sin ser real -pues sería entonces harto limitada-, designe en su diseño psicológico, con amplitud suficiente, la modalidad particular del alma española. ¿Dónde encontraremos semejante figura, que no siendo real se aplique, sin embargo, a la realidad hispánica y que no caiga en el peligro de la fría abstracción y del mero esquema?

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El Cid, un hombre, un símbolo

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Lo primero en que se nos ocurre pensar es el arte. En las producciones del arte tenemos, efectivamente, un buen repertorio de figuras irreales y, sin embargo, concretas, y bien llenas de espiritualidad y de estilo hispánicos. Una solución muy atractiva sería, por ejemplo, la de simbolizar el estilo español en las figuras de Don Quijote y Sancho. Encontraríamos, sin duda, en ellas, un gran número de alusiones y evocaciones de la eterna hispanidad. También podría elegirse la figura artística del Cid. Acaso, igualmente, alguna traza sacada de un cuadro español famoso. Así no sería mal símbolo del estilo español la figura central del cuadro de Velázquez denominado las Lanzas. En esta escena vemos a Espínola recibiendo con gesto de suprema elegancia y benevolencia las llaves que entrega el burgomaestre de la ciudad de Breda. El contraste entre los dos personajes es notabilísimo. Velázquez ha sabido, con intuición genial, cifrar en esas dos figuras los estilos de dos pueblos completamente dispares.
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La rendición de Breda, de Velázquez
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También el retrato del Greco, conocido bajo el nombre de «el caballero de la mano al pecho», nos proporcionaría quizás un elocuente símbolo de la humanidad española.
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El Caballero de la mano en el pecho, de El Greco
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Pero todas estas figuras, tomadas del tesoro artístico de España, tienen un grave inconveniente: su excesiva determinación, su adscripción marcada a un momento, a un lugar o a una esfera de la realidad vital. Y esta determinación excesiva les impide desempeñar con plenitud de valor la función de símbolos de la hispanidad integral. Podrán, sin duda, plasmar con acusado relieve, en trazos inolvidables, una o dos o tres cualidades de la índole hispánica; pero no es fácil que tengan la universalidad que para nuestro intento se requiere.
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Nuestro intento, efectivamente, no es sólo de evocación concreta, sino también de sugestión amplia; es, a un tiempo mismo, sentimental, intuitivo e intelectual, discursivo. Los símbolos procedentes de esferas demasiadamente acusadas y de concreciones demasiadamente limitadas, correrían el riesgo de reducir con exceso el área de su vigencia y aplicación. Más que una figura, lo que necesitamos, pues, para simbolizar la hispanidad, es un tipo, un tipo ideal; es decir, el diseño de un hombre que, siendo en sí mismo individual y concreto, no lo sea, sin embargo, en su relación con nosotros; un hombre que, viviendo en nuestra mente con todos los caracteres de la realidad viva, no sea, sin embargo, ni éste, ni aquél, ni de este tiempo, ni de este lugar, ni de tal hechura, ni de cual condición social o profesional; un hombre, en suma, que represente, como en la condensación de un foco, las más íntimas aspiraciones del alma española, el sistema típicamente español de las preferencias absolutas, el diseño ideal e individual de lo que en el fondo de su alma todo español quisiera ser.
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El Cid. Buscando lo que todo español quisiera aspirar.
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El Caballero cristiano
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Los antiguos griegos, para representar plástica e intuitivamente el estilo de su nación, forjaron el término bien expresivo de kalós kai agathos; el hombre bello y bueno. La síntesis de esas dos virtudes, material y corpórea la una, moral y cordial la otra, simbolizan perfectamente el ideal humano, que, más o menos claro, se cernía ante la mirada de todos los griegos clásicos.
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Del mismo modo, el ideal humano, que los romanos clásicos aspiraban a realizar, puede también condensarse o simbolizarse en los dos términos famosos del otium cum dignitate, que dibujan inequívocamente la gravedad honorable del patricio, alejado de todo negocio (nego otium) y exclusivamente dedicado a la administración de sus bienes, de la república y de la honra personal y familiar. Y para no citar sino un solo ejemplo de naciones modernas, recordad la significación de infinitas resonancias que tiene para los ingleses la palabra gentleman, donde se concreta y a la vez se condensa toda una ética, una estética, una sociología y, en suma, la manera misma de ser típica del pueblo inglés.
....€ La "Tizona", actualmente en el Palacio Real de Madrid
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Pues bien, yo pienso que todo el espíritu y todo el estilo de la nación española pueden también condensarse y a la vez concretarse en un tipo humano ideal, aspiración secreta y profunda de las almas españolas, el caballero cristiano. El caballero cristiano -como el gentleman inglés, como el ocio y dignidad del varón romano, como la belleza y bondad del griego- expresa en la breve síntesis de sus dos denominaciones el conjunto o el extracto último de los ideales hispánicos. Caballerosidad y cristiandad en fusión perfecta e identificación radical, pero concretadas en una personalidad absolutamente individual y señera, tal es, según yo lo siento, el fondo mismo de la psicología hispánica. El español ha sido, es y será siempre el caballero cristiano. Serlo constituye la íntima aspiración más profunda y activa de su auténtico y verdadero ser -que no es tanto el ser que real y materialmente somos, como el ser que en el fondo de nuestro corazón quisiéramos ser.
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Vamos, pues, a intentar un análisis psicológico del caballero cristiano, de ese ser irreal, que nadie ha sido, es, ni será, pero que -sépanlo o no- todos los españoles quisieran ser. Vamos a intentar describir a grandes rasgos la figura del caballero cristiano, como representación, símbolo o imagen del estilo español, de la hispanidad. ¿Qué siente, qué piensa, qué quiere el caballero cristiano? ¿Cómo concibe la vida y la muerte? ¿Cómo cree en Dios y en la inmortalidad? ¿Cuál es el matiz de su religiosidad? ¿Cuál es, en suma, su sistema de preferencias absolutas? Esta descripción interior del caballero cristiano es la única manera posible de determinar -en cierto modo- la esencia de la hispanidad, el estilo de la nación española.

lunes, 16 de marzo de 2009

Mil científicos contra el aborto: "Manifiesto de Madrid"

Más de mil científicos e intelectuales lanzan en España un manifiesto contra la nueva ley de aborto que prepara el Gobierno socialista
(Fuente: ABC de Madrid, edición del 15 de marzo y Cope.es 17 de marzo)



"Ustedes recomiendan el aborto libre hasta la semana 14 ¿Por qué no hasta la 12 o en la 18? ¿Me puede decir cuando consideran que se produce el inicio de la vida?». Fue la pregunta de un periodista al portavoz de los expertos de Bibiana Aído el día en que ésta presentó orgullosa las recomendaciones para una nueva ley del aborto. La respuesta fue tan evasiva como absurda: «No vamos a entrar en cuestiones religiosas».
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Por mucho que les pese a los expertos de la ministra de Igualdad, la cuestión era científica, pero también, ética y legal. Por ello, este martes se presentará el «Manifiesto de los 300», un documento en el que reputadísimos científicos, profesores e intelectuales de distintas ramas de la Bio-Medicina, las Humanidades y las Ciencias Sociales defienden el derecho a la vida.
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Titulado «Ante la iniciativa gubernamental de una ley de plazos del aborto» ha sido impulsado por los profesores Nicolás Jouve, catedrático de Genética; César Nombela, catedrático de Microbiología; Francisco Abadía Fenoll, catedrático emérito de Biología Celular; y Julio Navascués Martínez, catedrático de Biología Celular. El número de adhesiones era el viernes pasado de 323. Una cifra muy elevada ya que no se trata de un manifiesto abierto al público y, además, se ha buscado que los firmantes respondieran a un perfil de excelencia y autoridad intelectual.

En los doce puntos del Manifiesto, a cuyo borrador ha tenido acceso ABC, se defiende «la vida humana en su etapa inicial, embrionaria y fetal» y se rechaza «su instrumentalización al servicio de lucrativos intereses económicos o ideológicos». Exige el escrito «una correcta interpretación de los datos de la ciencia en relación con la vida humana en todas sus etapas».

Dan en su trabajo cumplida respuesta al experto de Aído: «Existe sobrada evidencia científica de que la vida empieza en el momento de la fecundación. Los conocimientos más actuales así lo demuestran» y lo documentan desde las ramas de la Genética, la Biología Celular y la Embriología
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.«Una sociedad enferma»

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Ironiza sobre la terminología progresista: «Un aborto no es sólo la "interrupción voluntaria del embarazo" sino un acto simple y cruel de interrupción de una vida humana». Reflexiona sobre las consecuencias sociales: «El aborto es una tragedia... Una sociedad indiferente a la matanza de cerca de 120.000 bebés al año es una sociedad fracasada y enferma».
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Critica la posibilidad de que a los 16 años se pueda abortar sin consentimiento paterno: «Obligar a una joven a decidir sola a tan temprana edad es una irresponsabilidad y una forma clara de violencia contra la mujer». Concluye que: «Lejos de suponer la conquista de un derecho para la mujer, una Ley del aborto sin limitaciones fijaría a la mujer como la única responsable de un acto violento contra la vida de su propio hijo».
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Y considera que «una ley de plazos, agrava la situación actual y desoye a una sociedad que, lejos de desear una nueva Ley para legitimar un acto violento para el no nacido y para su madre, reclama una regulación para detener los abusos y el fraude de Ley de los centros donde se practican los abortos».
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La ministra de Igualdad, Bibiana Aído, reconoció a Ep la necesidad de alcanzar «suficiente consenso jurídico, médico y parlamentario» para la nueva ley del aborto. Aseguró que «será escuchado todo el mundo»; pidió «prudencia y sosiego» a los antiabortistas; y, al comentar la polémica recomendación de permitir abortar a los 16 años sin permiso ni conocimiento paterno, amagó una retirada: «El Gobierno incluirá este aspecto en función de que se tenga el suficiente consenso»
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Principales conclusiones del Manifiesto
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1. La vida empieza en el momento de la fecundación y el cigoto es la primera realidad corporal del ser humano.
2. Ni el embrión ni el feto forman parte de un órgano de la madre.
3. Un aborto es un acto simple y cruel de «interrupción de una vida humana».
4. Las mujeres deben conocer la secuelas psicológicas: el «síndrome postaborto».
5. Que una joven de 16-17 años decida sola es una forma de violencia contra la mujer y una irresponsabilidad.
Lee el Manifiesto en

jueves, 12 de marzo de 2009

11-M: Lo que queda por averiguar

¿Quiénes fueron realmente los que estuvieron detrás del ataque terrorista?



En el programa "La Linterna" de la cadena española COPE, César Vidal ha expuesto lo que queda por averiguar del atentado terrorista en Atocha, Madrid, el 11 de marzo del 2004.

Escúchalo en:
http://www.cope.es/lalinterna#resultadosProgramas
11/03/2009 Editorial César Vidal

lunes, 9 de marzo de 2009

De cómo en toda gran cuestión política va envuelta siempre una gran cuestión teológica

J. Donoso Cortés
"Ensayo sobre el Catolicismo, Liberalismo y Socialismo", Libro I, Cap. I

M. Proudhon ha escrito en sus Confesiones de un revolucionario estas notables palabras: «Es cosa que admira el ver de qué manera en todas nuestras cuestiones políticas tropezamos siempre con la teología». Nada hay aquí que pueda causar sorpresa, sino la sorpresa de M. Proudhon. La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas.

Esto sirve para explicar por qué causa, al compás mismo con que se disminuye la fe, se disminuyen las verdades en el mundo; y por qué causa la sociedad que vuelve la espalda a Dios ve ennegrecerse de súbito, con aterradora oscuridad, todos sus horizontes. Por esta razón, la religión ha sido considerada por todos los hombres y en todos los tiempos como el fundamento indestructible de las sociedades humanas: Omnis humanae societatis fundamentum convellit qui religionem convellit, dice Platón en el libro X de sus Leyes. Según Jenofonte (sobre Sócrates), «las ciudades y naciones más piadosas han sido siempre las más duraderas y más sabias». Plutarco afirma (contra Colotés) que «es cosa más fácil fundar una ciudad en el aire que constituir una sociedad sin la creencia de los dioses».

La diminución de la fe, que produce la diminución de la verdad, no lleva consigo forzosamente la diminución, sino el extravío de la inteligencia humana. Misericordioso y justo a un tiempo mismo, Dios niega a las inteligencias culpables la verdad, pero no les niega la vida; las condena al error, mas no a la muerte.

Y lo mismo que aquí se dice de las edades, puede decirse de los hombres. Negándoles o concediéndoles la fe, les niega Dios o les quita la verdad; ni les da ni les quita la inteligencia. La de los incrédulos puede ser altísima, y la de los creyentes humilde: la primera, empero, no es grande sino a la manera del abismo, mientras que la segunda es santa a la manera de un tabernáculo: en la primera habita el error, en la segunda la verdad.
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En el abismo está, con el error, la muerte; en el tabernáculo, con la verdad, la vida. Por esta razón, para aquellas sociedades que abandonan el culto austero de la verdad por la idolatría del ingenio, no hay esperanza ninguna. En pos de los sofismas vienen las revoluciones, y en pos de los sofistas los verdugos.
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Posee la verdad política el que conoce las leyes a que están sujetos los gobiernos; posee la verdad social el que conoce las leyes a que están sujetas las sociedades humanas; conoce estas leyes el que conoce a Dios; conoce a Dios el que oye lo que Él afirma de sí y cree lo mismo que oye. La teología es la ciencia que tiene por objeto esas afirmaciones. De donde se sigue que toda afirmación relativa a Dios, o, lo que es lo mismo, que toda verdad política o social se convierte forzosamente en una verdad teológica.
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(Extractos)

domingo, 8 de marzo de 2009

"Che": las mentiras de la película de Soderbergh y de Benicio del Toro

EL VERDADERO CHE GUEVARA
(Extractos del artículo de Guy Sorman, publicado en ABC, edición del domingo 8 de marzo del 2009)



La historia de Hollywood es a menudo disparatada, pero los directores de cine normalmente tienen el buen juicio de no encubrir a los asesinos y a los sádicos. Sin embargo, la nueva película de Steven Soderbergh sobre Che Guevara hace eso y más.

Che, el revolucionario romántico, tal como lo representa Benicio del Toro en la película de Soderbergh, nunca existió. Ese héroe de izquierdas, con su peinado y su barba hippies, una imagen hoy simbólica que se prodiga en camisetas y tazas en todo el mundo, es un mito inventado por los propagandistas de Fidel Castro, algo así como un cruce entre Don Quijote y Robin Hood.

Como esos cuentos chinos, el mito de Fidel sobre el Che tiene poco que ver con los hechos históricos, pero la historia real es mucho más siniestra. Un Robin Hood probablemente maltrataría a los ricos y, para cubrirse las espaldas, daría parte de su botín a los pobres.

Lo mismo sucede con el legendario Che. Ningún adolescente enfadado con el mundo o con sus padres parece capaz de resistirse a la seductora imagen del Che. Llevar una camiseta del Che es la forma más explícita y barata para pretender que uno está en el lado correcto de la Historia.

Lo que funciona con los adolescentes también parece funcionar con los directores de cine eternamente jóvenes. En los años sesenta, el look Che, con barba y boina, era como mínimo una simplista declaración política. Hoy en día, es poco más que un accesorio de moda que inspira una superproducción de Hollywood de gran presupuesto. ¿Qué será lo siguiente, parques temáticos sobre el Che?

Pero una vez existió un Che Guevara de verdad: es menos conocido que el títere de ficción que ha sustituido a la realidad. El verdadero Che era un personaje más significativo que su clon ficticio, porque era la encarnación de lo que la revolución y el marxismo realmente significaban en el siglo XX.


El Che no era un humanista. Ningún comunista, de hecho, tuvo nunca valores humanistas. Karl Marx desde luego tampoco lo era. Fieles al profeta fundador de su movimiento, Stalin, Mao, Castro y el Che no tenían respeto por la vida. Era preciso derramar sangre si se iba a bautizar un nuevo mundo. Cuando fue criticado por uno de sus primeros compañeros por la muerte de millones de personas durante la revolución china, Mao señaló que innumerables chinos morían cada día, así que, ¿qué importancia tenía?

Del mismo modo, el Che podía matar encogiéndose de hombros. Tras haber estudiado medicina en Argentina, no eligió salvar vidas, sino acabar con ellas. Después de llegar al poder, el Che ajustició a quinientos «enemigos» de la revolución sin juicio y sin mucho criterio.

Castro, que tampoco es un humanista, hizo lo que pudo para neutralizar a Guevara nombrándolo Ministro de Industria. Como cabía esperar, el Che aplicó políticas soviéticas a los cubanos: la agricultura fue destruida y las fábricas fantasmas salpicaban el paisaje. No le preocupaban ni la economía de Cuba ni su pueblo: su intención era continuar la revolución por la revolución, como el arte por el arte.

De hecho, sin su ideología, el Che no habría sido nada más que otro asesino en serie. Los eslóganes ideológicos le permitieron matar a más personas de lo que cualquier asesino en serie podría imaginar, y en nombre de la justicia.

Pero supongamos que juzgamos a este héroe marxista siguiendo sus mismos criterios: ¿realmente transformó el mundo? La respuesta es sí, pero para peor. La Cuba comunista que él ayudó a forjar es un innegable y craso fracaso, mucho más empobrecida y mucho menos libre que antes de su «liberación».

A pesar de las reformas sociales de las que a la izquierda le gusta alardear cuando habla sobre Cuba, su índice de alfabetización era mayor antes de que Castro llegara al poder, y el racismo contra la población negra era menos omnipresente. De hecho, los líderes cubanos actuales tienen más tendencia a ser blancos que en los días de Batista.

Más allá de Cuba, el mito del Che ha movido a miles de estudiantes y activistas de toda Latinoamérica a perder sus vidas en imprudentes guerras de guerrilla. La izquierda, inspirada por los cantos de sirena del Che, eligió la lucha armada en lugar de unas elecciones. Al hacerlo, abrió camino a la dictadura militar. Latinoamérica todavía no se ha curado de esas consecuencias imprevistas del guevarismo.


De hecho, cincuenta años después de la revolución cubana, Latinoamérica continúa dividida. Aquellas naciones que siguen añorando la causa del Che, como Venezuela, Ecuador y Bolivia, en este preciso momento están al borde de la guerra civil.

El verdadero Che, que pasó la mayor parte del tiempo como banquero central de Castro supervisando ejecuciones, merece que se le conozca mejor. A lo mejor, si la superproducción en dos partes de Soderbergh sobre el Che triunfa en taquilla, sus patrocinadores financieros querrán rodar una secuela más verídica. La verdad es que no falta material para Che, lo que no se ha contado. En la historia no contada, una de las grandes sorpresas para el público sería descubrir que el Che fue asesinado a petición de la Unión Soviética.

Cuando fue capturado por el Ejército boliviano, Castro podría haber liberado al Che previo pago de un rescate; los soviéticos sugirieron lo contrario al considerar que el Che estaba fuera de control. Entonces el Che creía de verdad en la revolución: los apparatchiks no podían soportarlo más. Tras su asesinato, Castro creó un culto alrededor del Che. Desde ese día, ese culto tiene seguidores; llevar una camiseta del Che o ver la mística película de Soderbergh tiene más que ver con el culto que con la ideología.

Mientras esperamos esa secuela, podemos recostarnos y disfrutar un poco más de la historia de Hollywood, ahora que Jodie Foster supuestamente se está preparando para protagonizar una película sobre la vida de Leni Riefenstahl, la escritora oficial del Tercer Reich. Si ésta sigue los principios de Soderbergh, que nadie con un mínimo conocimiento de historia se presente al casting para hacer el papel de su bondadoso mecenas, Adolf Hitler.

domingo, 1 de marzo de 2009

¿Por qué "negar el holocausto" es un crimen y matar 300 menores en Gaza no lo es?

Una interrogante sobre el Holocausto .... y Gaza
(Julio Alvear Téllez)




Ciertamente nadie tiene derecho a minimizar los horrores que los criminales nazis cometieron contra la población judía durante la Segunda Guerra Mundial. Pero el hecho de que el pueblo hebreo sea hoy o haya sido ayer objeto de injusticias e iniquidades, no autoriza al Estado de Israel a cometer por su parte injusticias y horrores análogos. Ni tampoco a reivindicar un extraño status, un inusual privilegio entre todas las naciones del orbe, a fin de que la historia reciente del pueblo judío no pueda ser objeto de investigaciones históricas.


A los sectores ultraortodoxos del pueblo judío (que por cierto, no representan a todos los hijos de Israel) les interesa mantener viva en la conciencia occidental (por medio de la longa manus de Hollywood y el poder de la midia) la noción del "holocausto", en hebreo Soah. Les interesa especialmente aplicar el sentido religioso de este término no a Nuestro Señor Jesucristo -a Quien niegan hasta el día de hoy- sino al pueblo judío, que sería el gran inocente víctimado de las naciones, porque no han querido reconocen su papel de pueblo elegido. Recordemos, para los no iniciados, que Soah evoca el IV cántico del Siervo de Yavé (Isaías 53) que se refiere al "varón de dolores" "que como un cordero es llevado al matadero", y que la Iglesia siempre aplicó a Cristo Jesús.


Es de sorprender que se combata con tanto ardor y con tan inédita capacidad de influencia y presión (no sé mediante qué especie de círculos concéntricos de poderes no oficiales) a través de los gobiernos y los medios de comunicación occidentales, la opinión histórica que niega -le llaman "negacionismo"- que la cifra de víctimas hebreas de los horrores nazis haya alcanzado los seis millones de muertos. Pero entendamos bien. No es que se niegue el crimen nazi -lo que por cierto sería condenable- lo que se niega es que el pueblo judío haya tenido tantas víctimas como lo afirma la versión más comunmente difundida.


Resulta entonces que se puede discutir que Stalin haya asesinado a 10 millones de ucranianos durante la hambruna programada de los años 1932-33, y no pasa nada. Se puede disputar las altas cifras de muertos de los genocidios de Camboya, Bosnia o Ruanda, y no pasa nada. Se puede hacer abstracción de que Mao Zedong haya matado a más de 60 millones de chinos y no pasa nada. Se puede mirar para el lado frente a los crímenes de Fidel Castro, y no pasa nada.


Pero sobre la cifra canónica de seis millones ahora resulta que se ha impuesto a priori que nadie puede disputar ni levantar hipótesis ni siquiera con documentos en la mano. Incluso el órgano de prensa del Vaticano ha avalado inexplicablemente esta postura al sostener que "de la aceptación del Concilio (Vaticano II) desciende necesariamente una límpida posición sobre el negacionismo (se refiere a la negación del holocausto judío). La declaración "Nostra aetate" , que representa la más autorizada revisión católica respecto del hebraísmo, deplora 'los odios, las persecuciones y todas las manifestaciones del antisemitismo dirigidas contra los hebreos en cualquier tiempo y por cualquiera que fuere'. Se trata de una enseñanza no opinable para un católico". (Cfr. "L'Osservatore Romano", edición del del 26 - 27 de enero de 2009)


Si entendemos bien, el órgano oficioso del Vaticano nos dice que un judío ortodoxo puede negar a Nuestro Señor Jesucristo sin problemas, pero que un católico no puede negar la Soah.....


Sin embargo, el historiador anglo-judío Norman G. Filkenstein en "La industria del Holocausto" ("The Holocaust industry", Londres, 2000) muestra cómo la cifra de seis millones de víctimas del holocausto y 600.000 sobrevivientes no se compagina con el hecho de que fueron 4.390.049 los judíos a los que la República Federal Alemana pagó 50.18 billones de marcos entre octubre de 1953 y diciembre de 1983 a título de indemnización. Y Paul Rassinier, víctima de los campos de concentración nazis y condecorado con la "Medaille de la Resistance" y la "Reconnaissance Française", en su obra "Desmintiendo el mito de los seis millones" ("Debunking the 6 Million Myth") también contesta la versión oficial.


Por cierto, tampoco podemos canonizar estas opiniones en un sentido contrario. Simplemente estamos diciendo que no comprendemos por qué este tema -ciertamente doloroso aún para las víctimas- no puede ser objeto libre de investigaciones históricas, teniendo en cuenta, asimismo, que desde el propio mundo judío se han alzado voces de historiadores en este sentido. Por lo demás, no sólo los judíos fueron víctimas del nazismo, sino también los cristianos, especialmente los católicos, cuyas muertes, a decenas de miles, conocemos poco, o desconocemos del todo.


Mientras tanto, nos abruma que el Estado de Israel cargue sobre sus hombros, sin dejo de arrepentimiento, la matanza de más de 300 niños palestinos -una especie de Holocausto de menores en su género- en su reciente incursión armada a Gaza bajo la indiferencia general.


La UNICEF declaró que al 14 de enero del 2009 "más de 300 niños palestinos han muerto y más de 1.500 se encuentran heridos como consecuencia de la invasión israelí a la Franja de Gaza. No se trata sólo de números. Estas cifras hablan de vidas de niños interrumpidas. Ningún ser humano puede ver esto sin conmoverse. Ningún padre puede presenciar esto sin pensar en sus propios hijos”, apuntó Ann Veneman, directora ejecutiva del organismo.



Es una situación trágica e inaceptable, agregó Veneman. Recordó que los niños conforman la mayor parte de la población de Gaza y cargan el peso de un conflicto que no es de ellos.



Por su parte, el 14 de enero del 2009, la ONG Asociación para los Derechos Humanos en Israel (ACRI, por sus siglas en inglés) publicó a toda página en el diario israelí Haaretz un obituario para recordar a los cientos de niños palestinos muertos hasta la fecha en la ofensiva en la franja de Gaza como señal de protesta. En letras grandes, de color rojo y colocadas en medio de la página se podía leer la palabra "Stop".





La portavoz de ACRI, Nirit Moskovitz, en declaraciones al diario Yediot Aharonot destacó que "más de 300 menores palestinos han muerto hasta ahora", algo que la sociedad israelí "necesita recordar". Para Moskovitz, parece que tanto los medios como la opinión pública israelí han permanecido indiferentes ante la situación que se está viviendo en la franja de Gaza, transcribe el diario español "El País", en su edición del 15 de enero del 2009.