lunes, 12 de enero de 2009

CUBA: ¿50 AÑOS DE QUÉ?

¿Cumpleaños o aniversario?

Yoani Sánchez
Mientras se preparan extensos dossiers sobre los cincuenta años de la Revolución Cubana, pocos se preguntan si lo celebrado es el cumpleaños de una criatura viva o sólo el aniversario de algo que ocurrió. Las revoluciones no duran medio siglo, les advierto a los que me preguntan. Terminan por devorarse a sí mismas y excretarse en autoritarismo, control e inmovilidad. Expiran siempre que intentan hacerse eternas. Fallecen por querer mantenerse sin cambiar.

Lo que comenzó aquel primero de enero lleva –según muchos– varios años bajo tierra. La discusión parece estar alrededor de la fecha en que ocurrió el funeral. Para Reinaldo
, murió aquel agosto de 1968 cuando nuestro barbado líder aplaudió la entrada de los tanques a Praga. Mi madre vio agonizar la Revolución mientras dictaban la sentencia de muerte al general Arnaldo Ochoa. Marzo del 2003, con sus detenciones y juicios sumarios, fue el estertor final que escucharon algunos empecinados que la creían viva aún.

Yo la conocí cadáver, se los digo. Aquel año 1975 en el que nací, la sovietización había borrado toda la espontaneidad y nada quedaba de la rebeldía que evocaban los mayores. No había ya pelos largos ni euforia popular, sino purgas, doble moral y delación. Los escapularios con los que habían bajado de la montaña estaban ya proscritos y aquellos soldados de la Sierra Maestra, se habían vuelto adictos al poder.

El resto ha sido el prolongado velatorio de lo que pudo ser, los cirios encendidos de una ilusión que arrastró a tantos. Este enero la difunta cumple un nuevo aniversario, habrá flores, vivas y canciones, pero nada logrará sacarla del panteón, hacerla volver a la vida. Déjenla descansar en paz y comencemos pronto un nuevo ciclo: más breve, menos altisonante, más libre.

A tí, que cínicamente apruebas la dictadura castrista

TU PORCIÓN DE MIEDO

Yoani Sánchez
El temor te ha llegado por contagio, pues la verdad nunca sufriste un interrogatorio ni te asomaste a los paredones; jamás fuiste víctima de una purga o te arrojaron un huevo a la cara. Quizás ni siquiera te llamaron a contar. Tu desasosiego te llegó de oídas, por transferencia, a través de otros que sí han tenido motivos para intimidarse.

Un día hiciste las maletas y cruzaste al otro lado del Atlántico, empacando también la porción de miedo que te toca. Tus hijos nacieron bien lejos de esta Isla, pero aún así les administraste su correspondiente cucharada de aprensión. Puede ser que no hablen español, que no sepan localizar en el mapa el país de donde viene su padre, pero si saben ubicar el miedo. Hasta ellos ha llegado la fulminante epidemia del temor, que no se cura.

LA SALUD EN CUBA ... no para los cubanos.

HOSPITALES, ¿LO LLEVAS TODO?
Yoani Sánchez

Un cubo en una mano, la almohada bajo el brazo y el ventilador apoyado en el hueso de la cadera. Entro por la puerta del hospital oncológico y la mochila que me sobresale sobre el hombro no deja ver mi rostro al custodio. Poco le importa, pues el hombre está acostumbrado a que las familias de los pacientes deben llevarlo todo, así que mi barroca estructura de aspas, cubo y fundas, no lo inmuta. Él no lo sabe todavía, pero en una bolsa que me cuelga de algún lado le he traído un pan con tortilla, para que me deje quedarme fuera del horario de visita.

Llego a la sala y Mónica sostiene la mano de su madre, cuyo rostro está cada vez más demacrado. Tiene cáncer en el esófago y ya hay poco que hacer, aunque la señora aún no lo sabe. Nunca he entendido esa negativa de los médicos a informarle a uno –directamente– cuán poco tiempo queda para el final; pero respeto la decisión de la familia, aunque no me sumo a la mentira de que pronto estará bien.

La sala tiene una luz tenue y en el aire se huele el dolor. Comienzo a desempaquetar lo que he traído. Saco la bolsita de detergente y el aromatizante con los que limpiaré el baño, cuyo “aroma” lo inunda todo. Con el cubo podremos bañar a la señora y descargar la taza, pues la válvula de agua no le funciona. Para el gran fregado traje un par de guantes amarillos, temerosa de los gérmenes que puede pescar en aquel hospital. Mónica me conmina a seguir desempacando y extraigo la cantina de la comida y un purecito especial para la enferma. La almohada ha venido de maravilla y el juego de sábanas limpias logra tapar el colchón, manchado con sucesivos efluvios.

Lo mejor recibido es el ventilador, que conecto a dos cables pelados que asoman desde la pared. Sigo desembalando y llego a la jabita con los materiales médicos. He conseguido unas agujas adecuadas para el suero, pues la que tiene en el brazo es muy gruesa y le produce dolor. También compré algo de gasa y algodón en el mercado negro. Lo más difícil –que me ha costado días e increíbles canjes– es el hilo de sutura para la cirugía que le harán mañana. Le traje además una caja de jeringuillas desechables, pues puso el grito en el cielo cuando vio a la enfermera con una de cristal.

Para la distracción, he cargado con una radio y a una paciente cercana le han traído un televisor. Mi amiga y su mamá podrán ver entonces la novela, mientras yo busco al médico y le entrego un regalo enviado por el esposo de la enferma. Al llegar la hora de dormir, una cucaracha atraviesa la pared cercana a la cama y me acuerdo que también traje un spray contra insectos. En la mochila todavía me quedan algunas medicinas y un regalito para la muchacha del laboratorio.
El dinero lo tengo en el bolsillo, pues las ambulancias son para casos muy críticos y cuando la envíen –desahuciada– a casa, tendremos que tomar un Panataxi.Frente a nuestra cama hay una viejita que se come la sopa aguada que le ha dado el personal del hospital. Alrededor de su cama no hay ningún bolso traído por la familia y no tiene almohada para apoyar la cabeza.
Pongo el ventilador de una forma que ella también reciba el fresco y le hablo sobre la llegada de otro huracán.
Sin que se dé cuenta toco la madera del marco de la puerta, no sé muy bien si para expulsar el miedo a la enfermedad o el espanto ante las condiciones del hospital. Una mujer pasa gritando que vende panes con jamón para los acompañantes y yo me encierro en el baño, que huele a jazmines después de mi limpieza.

FIDEL ¿POR QUÉ LE TEMES A LOS LIBROS?

¿Quiénes le temen a los libros?
Yoani Sánchez
Noche de sábado y acumulo bostezos frente a un aburrido thriller de policías y delincuentes. Suena el teléfono y es Adolfo, todavía tras las rejas desde que una pataleta del poder lo condenara en la Primavera Negra del 2003. Se le oye agitado.
Unos carceleros, cuasi-analfabetos, le impiden recibir los libros y revistas que le llevó su esposa en la última visita. La lista de los “peligrosos” textos retenidos incluye las publicaciones católicas Palabra Nueva, Espacio Laical y unas reflexiones espirituales de San Agustín.
Sus compañeros de causa, Pedro Argüelles Morán y Antonio Ramón Díaz Sánchez, se le han unido para presionar de la única forma que pueden: rechazar el magro sustento que ponen sobre sus bandejas. Hasta que no les dejen pasar el alimento de las letras, evitarán la insípida ración que los mantiene vivos.

La desconfianza que provocan los libros entre los guardianes de la prisión de Canaleta me ha recordado al colombiano Jorge Zalamea y su poema-novelado “El Gran Burundún Burundá ha muerto”. Un dictador, temeroso del lenguaje articulado, condena a sus súbditos a un mundo sin comunicación y sin literatura. Para hacer que se cumpla su mandato de silencio, recluta a todos aquellos a quienes ofende la palabra.
Convoca, para formar sus huestes de censores, a “los incapaces de fervor, a los que carecen de imaginación, a los que jamás se hablaron a sí mismos, (…) a los que pegan a las bestias y a los niños cuando no entienden sus miradas…”.
Los peones que hoy retienen los libros de Adolfo forman parte de esas mismas falanges de interventores iletrados. Carceleros de la expresión, intuyen –tal y como lo comprendiera el Gran Burundún- que la condición humana y “la rebeldía que la sigue, tienen su fundación en la palabra articulada”.
Sospechan que cuando Adolfo, Pedro y Antonio se sumergen en un ensayo o en un cuento los barrotes se esfuman, la cárcel se aleja y logran sacudirse sus enormes condenas. La “instrucción” recibida por los guardianes de las cárceles cubanas les alcanza para saber que un libro es algo extremadamente peligroso.

CUBA: ACOSTUMBRADOS A LA CENSURA

El fantasma de Pravda

Yoani Sánchez

Las noticias más importantes que aparecen en la prensa cubana no vienen con un título que delate su contenido. Bajo el calificativo de “Información a la población”, “Nota del Ministerio del Interior” o “Declaración del Consejo de Estado”, nos enteramos de los hechos más trascendentes.
Este lunes ha sido el Granma el que –con letras inmensas– anunciaba una “Información a nuestro pueblo”. Rápidamente los viejitos compraron todos los periódicos en los estanquillos y subieron, a dos pesos, el precio de reventa de un ejemplar del órgano oficial del Partido Comunista de Cuba.

“Granma está autorizado a informar” confirmaba el rotativo, como en sus tiempos lo hicieran las páginas del periódico soviético Pravda. La expresión me hizo reparar en cuántas noticias le han ordenado no decir a nuestro diario de mayor tirada, y con qué disciplina ha cumplido esa orientación de callar.
Me sacudí las reminiscencias estalinistas de la primera plana y pasé a la lectura. Después de un par de párrafos ya me quedaba claro que no sólo el diseño recordaba lo peor de la prensa rusa antes de la Glasnost, sino también el tono y las amenazas. Con la advertencia de que “cualquier intento de violar la ley o las normas de convivencia social recibirá una rápida y enérgica respuesta”, el editorial advierte a los especuladores, acaparadores o vendedores del mercado informal del castigo que les espera.

Confusión especial me ha dejado un pequeño párrafo que –en el centro de tan pravdiana composición- señalaba: “Así se actuará invariablemente ante tales hechos y contra toda manifestación de privilegio, corrupción o robo…”.
Cómo podrá dar abasto la Fiscalía General de le República ante tantos privilegios, otorgados a la fidelidad ideológica, que abundan en esta Isla. Se incluirán en estos excesos que serán penalizados la casita en la playa en la que el teniente coronel vacaciona con su familia, la jabita con pollo y detergente que le dan al censor para que filtre las páginas web, el acceso a precios preferenciales que reciben los delatores y los “quebrantahuesos” de la Seguridad del Estado. Son esos los privilegios que veo a mi alrededor, pero no creo que Granma se haya lanzado en una cruzada contra ellos. Eso sería un acto de autofagia.
“Amenaza a nuestro pueblo” debería titularse este texto, pues todos somos incluidos en las duras palabras que parecen estar destinadas sólo a los delincuentes. Lo leo así, porque quién en este país no traspasa la línea de la ilegalidad para comprar algo; qué ciudadano no depende del mercado negro; cuántas familias no viven del desvío de recursos ante la indigencia de sus salarios, cuáles son los mecanismos de distribución que no estén plagados de corrupción –tan repudiable, pero que el propio Estado ha tolerado, porque es una de las válvulas de escape para impedir la explosión social–.
El fantasma de Pravda no es el único que he percibido con la lectura de este texto, sino el de la radicalización, la mano dura y el Estado de emergencia. Esa situación de constante batalla contra algo, en la que tan cómodamente parecen sentirse nuestros gobernantes.

ASPECTOS MEDICOS DE LA MUERTE DE CRISTO (IV)

Dr. Gonzalo Alvear Téllez

Hipovolemia

Se llama hipovolemia a la disminución del contenido de sangre efectiva que llega a los diferentes órganos. La cantidad de sangre del organismo es uno de los principales contribuyentes a la mantención del equilibrio hemodinámico del sistema circulatorio. El equilibrio hemodinámico se refiere a la adecuada combinación de los factores que permiten la función perfecta del sistema circulatorio, cual es la entrega de sangre suficiente para el buen funcionamiento de los distintos órganos y tejidos.


Demás está analizar la cuantía del sangramiento que seguramente debió experimentar Jesús, pero es importante recordar que el sangramiento se inició tempranamente, antes de cualquier golpe físico, en el Huerto de los Olivos. San Lucas, el evangelista médico, describe que en ese lugar Jesús sudó sangre (Lc 22:43). Este suceso se denomina hematidrosis o hemohidrosis y se describe en la literatura médica como una condición rara que se produce por la ruptura de pequeños capilares sanguíneos hacia las glándulas sudorípadas. Volveremos más adelante sobre este hecho.


Por el momento, podríamos decir que la hematidrosis experimentada por Jesús en el Huerto de los Olivos debió ser el inicio del severo desequilibrio hemodinámico posterior. Si bien se ha descrito que una hematidrosis causa una mínima pérdida de sangre, en una noche fría puede causar que los vasos sanguíneos de las extremidades se contraigan disminuyendo la llegada de sangre a ellas. Recordemos que aquella noche fue fría, ya que se describe que San Pedro lo negó en frente de una hoguera.

Los azotes, como ya vimos, provocaban un gran sangramiento, el que, lógicamente, era mayor mientras más azotes se recibiesen. En la imagen del Sudario de Turín se pueden contar, por lo menos, 100 marcas de lo que parecen latigazos, que recorren los hombros, espalda, glúteos y pantorrillas.

La coronación de espinas, acto a todas luces injustificable, también aportó lo suyo. Las espinas usadas probablemente fueron del arbusto zizyphus spina christi, que miden en promedio 2,5 cms de longitud. Probablemente no se usó la tradicional corona tipo anillo, sino que más bien una especie de casco, ya que es más fácil armar esta forma sin pincharse. La forma de casco de la corona de espinas es la imagen que se ve en el Sudario de Turín.


Luego de la coronación, Jesús recibió golpes en la cabeza de variada magnitud, como ya lo vimos, lo que, además de provocar traumatismos craneoencefálicos, sin duda hicieron profundizar las espinas en el cuero cabelludo con probable lesión de los músculos frontal y occipital y perforación de las numerosas arterias y venas tributarias que encierran el cráneo, como las ramas frontal y parietal de la arteria y vena temporal superficial, causando sangramiento abundante. Es bien sabido que esta zona es bastante sangrante. Además, las lesiones de los nervios de la cabeza como el occipital mayor y el aurículotemporal debieron provocar gran dolor.

Una vez llegado al Gólgota, Jesús fue quitado de ropas y arrojado al suelo de espaldas, lo que probablemente hizo resangrar las innumerables heridas de los azotes y su contaminación con tierra.

Los clavos en las muñecas, fuese cualquiera su ubicación, sin lugar a dudas debieron dañar vasos tributarios de la arteria y vena radial o cubital. Probablemente se dañaron también nervios de la mano, ya sea ramas pequeñas o principales. Entre estos pudo estar el nervio mediano, que pasa por la línea media de la muñeca e inerva casi toda la mitad de los músculos de la cara anterior del antebrazo, de los tres primeros dedos y el primer y segundo músculo lumbrical. También este nervio da inervación sensorial a la palma y al 2° y 3° dedo. También pudo haber existido daño del nervio cubital o radial. Cualquiera de ellos provoca dolores que han sido descritos como extremadamente intensos y que se irradian a todo el brazo, axila y columna.


El enclavamiento de los pies, si seguimos las escrituras de que ningún hueso fue roto, también debió dañar ramas de la arteria y vena peronea o plantar lateral. El clavo, en cualquiera de las posiciones, debió lesionar el nervio peroneo profundo o plantar lateral y medial y también el músculo plantar cuadratum.

Todas estas lesiones, sin dudas, fueron responsables de aumentar, al extremo, la pérdida de sangre iniciada con los brutales azotes.

Otros eventos que probablemente contribuyeron a aumentar la hipovolemia fueron la sudoración mantenida por el calor existente aquel día, ya que en la época del año en que sucedió este crimen, las temperaturas generalmente no bajan de los 30°C, y el desarrollo probable de un derrame pleural uni o bilateral secundario al politraumatismo torácico. Se llama derrame pleural a la acumulación de líquido, de cualquier tipo, entre el pulmón y la pleura (que es una verdadera tela que cubre al pulmón). Dentro de la infinidad de causas que provocan un derrame pleural se describen los traumatismos torácicos cerrados intensos.


Cuando la pérdida de líquido es tan grande que es incapaz de mantenerse el equilibrio hemodinámica se produce un estado que se denomina shock hipovolémico. Durante el shock hipovolémico existe un déficit importante de irrigación sanguínea a los diferentes órganos del cuerpo, con el consiguiente déficit de entrega de oxígeno a ellos, lo que si se mantiene en el tiempo produce la falla en su funcionamiento, llevando al estado conocido como “falla orgánica múltiple” (FOM), el que lleva inevitablemente a la muerte.


Tal como se ha analizado en el caso del dolor y de los politraumatismos, el organismo también posee mecanismos compensatorios frente a la hipovolemia. En un primer momento se produce una vasocontricción generalizada, es decir, se disminuye el calibre de los vasos sanguíneos para tratar de “ahorrar” sangre y “entregarla” a los órganos en su medida mínima necesaria. Esta vasocontricción no es de la misma magnitud para todos los órganos, ya que el cuerpo trata de preservar “hasta el final” la función adecuada de los órganos llamados nobles, como el corazón, riñón y cerebro.


Esta vasocontricción se acompaña del aumento del gasto cardíaco y de la ventilación, es decir, un aumento en la actividad del corazón y de los pulmones. Si estos no son capaces de responder en forma adecuada a esta demanda aumentada de trabajo, el daño celular no se podrá controlar.
En el estado de shock hipovolémico no existe suficiente entrega de sangre al corazón y al sistema respiratorio, por lo que no se produce ese aumento en el trabajo necesario para el buen funcionamiento de los mecanismos compensatorios.

Insuficiencia respiratoria

Es indudable que la posición en la cruz provoca un importante impedimento para la respiración normal.

La respiración normal se compone de dos fases: inspiratoria y espiratoria. La primera sucede gracias a la acción de los músculos inspiratorios, principalmente el diafragma y los músculos intercostales. La espiración es un evento pasivo, es decir no participa ningún grupo muscular normalmente. A mayor demanda respiratoria, más grupos musculares van a actuar. Es así como en la inspiración se agrega la acción de músculos abdominales y algunos del cuello y la espiración deja de ser pasiva y sucede con el concurso de los músculos abdominales e intercostales.

La posición del crucificado en ”Y”, con el peso del cuerpo tirando hacia abajo y los brazos y hombros extendidos alcanzando una posición de entre 60 y 70° con la horizontal, tiende a fijar los músculos intercostales en un estado de inspiración permanente, lo que dificulta la espiración y hace que la respiración sea superficial[1]. Este estado inspiratorio permanente hace que para que

se produzca una respiración efectiva se necesite aumentar el esfuerzo respiratorio.

A diferencia de lo que muchos autores han pensado, la posición en la cruz no produce asfixia, como se ha demostrado a través de experimentos en voluntarios crucificados, sino que sólo dificulta la respiración normal haciéndola muy forzosa, tal como lo analizamos. Lo que sí se comprobó en dichos experimentos que la posición en la cruz provoca rápidamente dolor y calambres en los hombros, brazos y manos, sensación de rigidez torácica y calambres en las piernas, todo debido a contracciones tetánicas musculares por la posición “anormal” de los músculos mantenida por mucho tiempo. Estas contracciones tetánicas, además de dolor, también provocan alteración en la función muscular normal.

Probablemente dichas contracciones tetánicas también le ocurrían a los músculos respiratorios, por lo que se puede suponer que su funcionamiento no era el adecuado, con lo que el mayor trabajo respiratorio producido por la posición en la cruz no podía mantenerse por mucho tiempo.
No es ilógico pensar que el crucificado, para disminuir un poco el esfuerzo respiratorio, tenía que “buscar” una posición adecuada en la cruz y así poder espirar más fácilmente. Por esto es que algunos autores han postulado que el crucifragium producía un impedimento extremo para la respiración adecuada, al quitársele a la víctima todo el soporte para buscar una posición mejor.

La posición del hombre de Giv’at ha-Mivtar en la cruz, con ambos calcáneos atravesados por un mismo clavo y las piernas dobladas sobre sus rodillas, permitía cierto movimiento del cuerpo de manera de poder espirar de manera menos forzosa.

Jesús no debió tomar esta misma posición en la cruz, ya que ninguno de sus huesos fue dañados. La imagen del Sudario de Turín permite suponer que aparentemente el pie derecho estaba directamente contra el estipes y que el izquierdo estaba levemente flectado sobre su rodilla y rotado, de manera que el pie izquierdo descansaba sobre el lado interno del pie derecho.


Esta posición también permitía cierto movimiento al extender las piernas, con lo que se producía una pequeña elevación del cuerpo de aproximadamente 10°. Este cambio de posición, hasta una postura más en “T”, permitía una mejor espiración y por lo tanto una mejor respiración. Para hacer esta maniobra Jesús debía por un lado extender lo poco que podía las piernas, lo que producía que todo el peso del cuerpo se transmitiera a los huesos del pie (tarsos), es decir, el peso del cuerpo se mantenía sobre el clavo causando obviamente un dolor indescriptible.


Además se requería también la flexión de los brazos sobre los codos, lo que producía por un lado el movimiento hacia adentro de hombros y por otro la rotación de la muñeca sobre el clavo lo que también producía gran dolor. Esto se sumaba al dolor propio muscular ya descrito que aparecía en la posición de la cruz. Tampoco es improbable que con cada movimiento en la cruz, la espalda toda herida por los azotes rozara dolorosamente con la rugosa madera del estipes provocando mayor sangramiento y dolor.

Así, tal parece que cada esfuerzo espiratorio era agonizante.

Las 7 veces que Jesús habló en la cruz fueron frases cortas, ya que probablemente las dijo al momento de espirar, requiriendo esfuerzo extra y por tanto mayor dolor.

Los experimentos antes mencionados en sujetos voluntariamente crucificados, o más bien expuestos a las condiciones fisiopatológicas de la crucifixión, no han evidenciado la presencia de dificultad respiratoria como la recién descrita. El problema de estos experimentos es que todos se han hecho en sujetos sanos, no traumatizados ni con shock hipovolémico, ni con dolor ni en las condiciones respiratorias previas a la crucifixión que presentaba Cristo, por tanto las

extrapolaciones no son muy correctas.

Como ya lo hemos mencionado, todos los mecanismos compensatorios anteriormente descritos involucran una mayor demanda en el trabajo respiratorio. Si la posición en la cruz impedía esto, es lógico pensar que ninguno de dichos mecanismos compensatorios funcionó una vez crucificado.

[1] Este estado de “inspiración permanente” podemos recrearlo artificialmente. En forma lenta tome todo el aire que pueda y luego lo bota. A continuación, tome nuevamente aire pero esta vez sólo hasta la mitad de su capacidad total y manténgase ahí. Este es un estado de inspiración. Trate ahora de tomar el aire que le falta y notará que necesitará hacer un mayor esfuerzo que durante la primera maniobra. Del mismo modo, notará que para botar el aire más allá del “estado de inspiración” necesitará hacer un esfuerzo espiratorio.

(Continúa)

ASPECTOS MEDICOS DE LA MUERTE DE CRISTO (V)



Dr. Gonzalo Alvear Téllez

Causas médicas probables de la muerte de Jesús, Nuestro Señor

Jesús estuvo crucificado entre 3 a 5 horas, lo que fue bastante poco para lo habitual, más de 6 horas. Esto se deduce así ya que Pilatos no esperaba un término tan pronto del proceso. Cerca de las 15:00 horas de aquel viernes, Cristo gritó, dobló la cabeza y murió.

Los soldados romanos certifican, en cierta manera, la muerte de Jesús en la cruz ya que no le practicaron el crucifragium como a los otros 2 crucificados con Él, sino que sólo le atravesaron el costado como “golpe de gracia”. Los Evangelios relatan este hecho y en la imagen del Sudario está representada esta herida.

Ahora bien, ¿fue la muerte de Jesús el proceso final de los eventos fisiopatológicos descritos o pudo existir un evento agudo sobreagregado que aceleró la muerte?

El hecho que Jesús gritara en voz alta antes de morir ha dado pie para pensar que pudo existir un evento agudo “catastrófico” sobreagregado a los aspectos fisiopatológicos descritos que apuró la muerte. En realidad esto es absolutamente posible y nunca sabremos si sucedió. Pudo Cristo sufrir de un infarto agudo al miocardio (IAM) o una arritmia fatal.

- IAM: Para explicar el IAM recordemos que la contusión cardíaca provoca una disminución en el flujo sanguíneo coronario y los traumas craneoencefálicos pueden provocar vasoconstricción coronaria. Si a esto agregamos la hipoxia propia de los procesos fisiopatológicos descritos y el aumento de la coagulabilidad sanguínea propia del estado de shock, se puede explicar perfectamente la ocurrencia de un IAM.

- Arritmias fatales: Vimos ya que la contusión miocárdica puede inducir la aparición de arritmias fatales que no necesariamente suceden en el mismo momento del traumatismo sino que también pueden aparecer varias horas después, estando descritas hasta 3 horas posterior al trauma.

A pesar de que estos sucesos catastróficos pudieron ocurrir de manera algo “independiente” a los 5 puntos fisiopatológicos descritos, no hay duda que estos fueron los que principalmente llevaron a Jesús a la muerte. El destino final del desarrollo en conjunto de los procesos fisiopatológicos descritos era inevitablemente la muerte, la que sobrevendría más tarde o más temprano dependiendo de la capacidad de los mecanismos de compensación para contrarrestar la aparición de la FOM (Figura 13).


Figura 13

Como ya lo vimos, los principales mecanismos compensatorios se basaban en el aumento del trabajo cardíaco y respiratorio. Pero, el dolor agudo intenso no controlado, el desorden de estrés agudo, los severos traumatismos, el sangramiento extremo y la alteración en la mecánica respiratoria provocada por la posición en la cruz llevaron, sin lugar a dudas, a la disminución en la capacidad de aumentar tanto el trabajo respiratorio como el cardíaco, con lo que los mecanismos compensatorios se vieron anulados.

Si pensamos que a mayor castigo físico, mayor sangramiento y mayor dolor, mayor impedimento habrá para que el corazón y el sistema respiratorio puedan aumentar su actividad, con lo que los mecanismos compensatorios tendrán mayor dificultad para evitar, o más bien, retardar la aparición de la FOM y, por lo tanto, la muerte.

En resumen, podríamos decir que el proceso de la crucifixión, incluyendo los azotes previos, permitían el desarrollo de procesos fisiopatológicos serios y un impedimento para que los mecanismos compensatorios pudiesen actuar para revertir dichos procesos.

En el caso de Jesús, como ya lo mencionamos, la severidad particularmente extrema de dichas torturas, incluyendo aquí la coronación de espinas, provocaron, probablemente que la falla de los mecanismos compensatorios se produjera en un menor tiempo que lo habitual.

-Sangre y agua

Uno de los aspectos más interesante sobre la muerte de Jesús que sigue causando gran debate es el atravesamiento del costado de Jesús y la salida de “sangre y agua”, tal como lo describe el Evangelio de San Juan.

A pesar que ni el lugar exacto y ni siquiera el lado de la herida por la lanza está especificado en los Evangelios, la palabra griega usada por San Juan para denotarla: “pleura”, claramente implica las costillas. Como ya lo mencionamos, se llama pleura a la membrana que envuelve a los pulmones. Por lo tanto, parece probable que la herida fue en el tórax.

En cuanto al lugar de dicha herida, tradicionalmente se le ha atribuido al lado derecho, como se puede ver en las primeras representaciones pictóricas de la crucifixión y como se puede desprender de la imagen del Sudario de Turín.

San Juan relata que de la herida salió “sangre y agua”. ¿Pudo salir de la herida primero sangre y después agua? ¿Es esto médicamente posible?

Partamos diciendo que en la antigua Grecia, el orden de las palabras generalmente denotaba la magnitud y no necesariamente la secuencia temporal de los hechos, por lo que pudo suceder que se describió primero la sangre por la cantidad de ella que salió de la herida más que por la secuencia temporal.

Si pensamos que la dirección que debió tomar la lanza al penetrar entre las costillas tuvo que ser hacia arriba y adentro, es mucho más probable que por el lado derecho la lanza hubiese perforado la aurícula o el ventrículo derecho que probablemente estaban con gran cantidad de sangre (Figura 14).


Figura 14

Se ha demostrado que luego de la muerte, ambas cavidades cardíacas son el “reservorio” de la sangre, es decir, en estas cavidades se junta la sangre que no siguió circulando. Esto contrasta notablemente con las cavidades izquierdas del corazón, las que, por un lado son mucho más gruesas y, por otro, “quedan con menos cantidad de sangre”. Este hecho también apoya la idea que la herida fue por el lado derecho.

Ahora bien, si San Juan realmente describió la secuencia temporal, es decir, que primero de la herida salió sangre y luego agua, también se puede explicar por el desarrollo de un derrame pleural.


- Derrame pleural

Como ya lo mencionamos, el derrame pleural es la presencia de líquido entre la pleura y los pulmones (Figura 15).


Figura 15


Este líquido puede ser sanguinolento, seroso (como el agua) o una mezcla de ambos. Los politraumatismos y los traumas torácicos cerrados sufridos por Jesús pueden perfectamente explicar la aparición del derrame pleural sanguinolento.

El derrame pleural seroso podría ser explicado por el desarrollo de una insuficiencia cardiaca aguda (ICA). La ICA es la incapacidad del corazón de “funcionar” según lo requerido. Como ya lo vimos, esto sucedía frecuentemente en todas las víctimas crucificadas.

Tenemos, por tanto, que probablemente Jesús desarrolló, durante su Calvario, un hemohidrotórax, es decir, un derrame pleural con mezcla de sangre y líquido seroso.
Se sabe que la sangre pesa más que el líquido seroso, por lo que luego de algunas horas en una posición vertical, como en la cruz, posiblemente el contenido sanguíneo del derrame pleural podría haberse depositado en la parte más baja del derrame. Si la lanza penetró por el lado más bajo, en dirección hacia arriba y adentro, pudo “entrar” directamente en la zona donde se depositó la sangre, por lo que ésta salió en un primer momento y luego salió el contenido seroso del derrame pleural (Figura 16).


Figura 16

Esta teoría obviamente se basa en que la lanza nunca perforó el Sacratísimo Corazón del Salvador.

POR QUÉ EL LIBERALISMO DESCRISTIANIZA


Una conferencia inolvidable de Francisco Canals Vidal


La palabra liberalismo tiene diversidad de acepciones, con frecuencia no precisadas en su posible conexión. El liberalismo económico ahora casi define la ideología de las actuales «derechas», que preferentemente gustan de llamarse «centro». Liberalismo, en el mundo protestante, especialmente anglosajón, es sinónimo, en lo religioso y teológico, del modernismo que condenó san Pío X o del actual progresismo. En el siglo XIX era una doctrina que se orientaba hacia la separación de la Iglesia y el Estado, y se realizaba en el reconocimiento obligatorio de la igualdad de derechos de todas las confesiones religiosas.

Aquí me ocuparé de esta tercera acepción, que fue cronológicamente la primera en difundirse y que fue objeto de condenaciones pontificias, sobre todo en los pontificados de Gregorio XVI, Pío IX, León XIII y san Pío X. Pío XI le dio el nombre de laicismo y lo condenó igualmente. Ahora, tanto la palabra liberalismo como la de laicismo, en este sentido de relación entre lo religioso y lo político, están prácticamente rehabilitadas y elaboradas positivamente, lo cual es un factor decisivo de la actual confusión de ideas.
Buscando razones en defensa del juicio condenatorio de la Iglesia sobre el liberalismo así entendido, se podrían aducir muchos hechos que hacen patente el efecto profunda y extensamente descristianizador de la política y de la legislación liberales. En esta misma asociación de la Ciudad Católica, y aquí en Barcelona, el profesor Alsina analizó documentadamente la pavorosa decadencia de la vida religiosa y de la fecundidad de las familias cristianas en cuanto a las vocaciones sacerdotales y religiosas, que han acaecido en España como efecto de la transición a la democracia, con el paso de una legislación que proclamaba el deber de regularse según la doctrina católica a la afirmación de la completa «descatolización» del Estado español.

Me voy a ocupar, en esta ocasión, de razonar el acierto del juicio de la Iglesia -recordemos que los juicios doctrinales no se derogan por el silencio ni por el lenguaje más o menos preciso con que se planteen cuestiones en el campo político o sociológico- atendiendo a una fuente filosófica fundamental, inspiradora del Contrato social de Rousseau, orientadora de la Ilustración del siglo XVIII y que está en el origen de la «desconfesionalización» de la sociedad política en los Estados Unidos: me refiero a la doctrina de Spinoza, el judío holandés enemistado con la sinagoga de su tiempo y más amigo de los cristianos liberales que eran los republicanos holandeses, enfrentados al calvinismo de Guillermo de Orange, el que «salvó» Inglaterra del catolicismo e instauró y reforzó la confesionalidad en el Reino de la Iglesia de Inglaterra ratificada en su protestantismo reformado, es decir, calvinista.

Bonifacio VIII promulgó una bula de las más denostadas y desprestigiadas, no sólo por los enemigos de fuera de la Iglesia, sino también desde dentro, por todos los regalistas, galicanos y febronianos y, desde luego, por los católicos liberales.

Leamos el punto de partida y la definición a que llega la bula, de 18 de noviembre de 1302: «La fe nos urge y obliga a creer y mantener y confesar que es una la Santa Iglesia Católica y Apostólica, fuera de la cual no se da salvación ni remisión de los pecados, que es único el Cuerpo místico, cuya Cabeza es Cristo, que es el Cristo de Dios, en la cual Iglesia hay un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo» (DS núm. 870).
La conclusión que contiene la fórmula definitoria dice:
«Así pues, estar sometido al Romano Pontífce es absolutamente de necesidad para la salvación para toda humana criatura. Lo declaramos, lo afrmamos y lo decimos» (DS núm. 875).
En el texto de la bula se habla de las «dos espadas», la espiritual y la temporal. «La primera, ejercida por la Iglesia: la segunda, por los reyes y soldados. Pero, según el agrado y tolerancia del sacerdote. Pues es necesario que una espada esté bajo la otra espada, y que la autoridad temporal se someta a la autoridad espiritual» (DS núm. 873).
El tema de las dos espadas se toma a partir del pasaje evangélico en el cual los Apóstoles, durante la Pasión del Señor, aluden a que tenían «dos espadas». Según el magistral estudio del padre Francisco Segarra, esta argumentación y su contexto no son lo definido infaliblemente. Lo definido infaliblemente es el universal deber de obedecer a la Iglesia en todo lo humano, fundado en que la Iglesia es la única Iglesia de Cristo.
El rey Jacobo I de Inglaterra escribió el tratado Contra la doctrina católica de la autoridad pontificia sobre los reyes. El último acto de juicio formal condenatorio de un rey, y declaratorio de que sus súbditos no le debían obediencia, por oponerse él a la Ley divina, es el de san Pío V contra la reina Isabel de Inglaterra, en una bula de 25 de febrero de 1570 (véase Historia de los papas, de Ludovico Pastor, versión castellana, vol. XVIII, Barcelona, 1931, p. 180 ss.).
Notemos que es el último papa canonizado anterior a Pío X y recordemos que los ingleses católicos no lo recibieron con adhesión entusiasta. En réplica al rey Jacobo, escribió Suárez, en 1613, su Defensa de la fe católica contra los errores de lo secta anglicana con respuesta a lo apología a favor del juramento de fidelidad y el Prefacio monitorio del Serenísimo Rey de Inglaterra Jacobo.
En esta obra de Suárez, la cuestión decisiva es tratada en su parte tercera. El rey Jacobo defendía que, siendo el poder real de origen divino, era una usurpación de los papas romanos pretender que tenían juicio y autoridad sobre el poder real. Suárez argumenta contra el rey Jacobo partiendo del principio de que no podrían existir en el mundo dos autoridades soberanas entre las que no se diese ningún orden ni dependencia de una con otra: «O la Iglesia tiene autoridad sobre los reyes en lo que ha sido confiado a la autoridad de la Iglesia o, por el contrario, habrá que reconocer que la Iglesia ha de someterse al poder real». Si no se acepta la autoridad del Papa sobre los reyes, hay que aceptar la autoridad de los reyes sobre la Iglesia.
En realidad, en la hostilidad secular contra la doctrina de Bonifacio VIII estaba subyacente la voluntad de que el poder humano de las autoridades de los estados no tuviese que reconocer ninguna dependencia ni deber de obediencia respecto de los juicios morales que diese la Iglesia sobre las leyes y decisiones políticas. Esta emancipación del hombre frente a Dios, realizada a pretexto del principio de independencia de lo político respecto de la autoridad religiosa, que fue madurando desde el regalismo a través de la Ilustración de las monarquías del despotismo ilustrado, no tendría en el mundo su culminación definitiva más que en el Estado liberal. En la proposición veinte del Syllabus de Pío IX, de 8 de diciembre de 1864, leemos:
«El poder eclesiástico no debe ejercer su autoridad sin permiso ni asentimiento de la autoridad política» (DS núm. 2920).

Y en la proposición treinta y nueve, encontramos condenado el siguiente principio: «El Estado de la República (es decir, el Estado de origen democrático), en cuanto que es el origen y la fuente de todos los derechos, goza de un derecho no circunscrito por límite alguno» (DS núm. 2939).

Recuerdo que, en los tiempos del ascenso del totalitarismo del Estado nazi, comentaban algunos que Pío IX se había anticipado a su condenación. Lo que en realidad hizo Pío IX es condenar muy explícitamente y con perfecto conocimiento de causa el liberalismo de su tiempo, que sentó el principio que desde entonces no ha hecho sino consolidarse y desarrollarse en sus consecuencias. La democracia absoluta que ahora se presenta a sí misma como la única forma de poder humano acorde con la naturaleza del hombre se fundamenta en principios filosóficos de los que se deduce lógicamente la absoluta independencia respecto de Dios de la voluntad política de los hombres.
Spinoza sostiene que «siempre que en un Estado se admita el ejercicio de una autoridad independientemente del poder político habrá, necesariamente, escisión y lucha, como ocurrió a los reyes de Israel, a los que pretendían juzgar los Profetas». Y, a partir de aquí, sostiene que «sólo el poder político puede ser fuente de la vida moral» y que «los que tienen el poder soberano son guardianes e intérpretes, no sólo del derecho civil, sino también del sagrado, y que únicamente ellos tienen derecho a decidir qué sea lo justo y qué lo injusto, lo que sea conforme o no a la piedad. Mi conclusión, finalmente, es que, en orden a mantener el derecho de la mejor manera posible y asegurar la estabilidad del Estado, conviene dejar a cada uno libre de pensar lo que quiera, y de decir lo que piense» (Tractatus theologico-politicus, prefacio).
El Tractatus theologico-politicus de Spinoza fue escrito en 1670. Fue más conocido como el punto de partida de los criterios metafísicos y epistemológicos que pusieron en marcha la lectura racionalista y modernista de la Sagrada Escritura, pero ejerció una inspiración profunda en lo más originario y auténtico del pensamiento liberal. Parece muy probable que el verdadero creador del edificio político americano, Thomas Jefferson, aparentemente «unitariano» era, en su pensamiento profundo, un discípulo de Spinoza, porque hacía ya tiempo que el unitarianismo, que se presentaba como «negador de la Trinidad», había evolucionado en la dirección del monismo panteísta y naturalista que se había expresado en forma tan explícita en la obra del judío no creyente, sino «filósofo», Baruch de Spinoza.
Los católicos liberales del siglo XIX ponían en duda el acierto y la justicia de las condenaciones pontificias sobre el liberalismo, e inspiraron prácticamente la aceptación de los principios liberales. Si hubiesen atendido a las fuentes filosóficas del liberalismo, hubieran comprendido el profundo acierto de las condenaciones de la Iglesia.

En realidad, el Estado moderno de inspiración filosófica deriva prácticamente del panteísmo que. con formulaciones de un monismo estático spinoziano o de un monismo dialéctico hegeliano, vino a reinar en el Occidente apóstata del cristianismo a partir de la Revolución francesa. La primera proposición del Syllabus de Pío IX contiene una admirable síntesis de todos los errores contemporáneos en esta su doble raíz spinoziana y hegeliana. La proposición condenada dice así:
«No existe ningún poder divino supremo sapientísimo y providentísimo, distinto de la
universalidad de las cosas, y Dios es idéntico con la naturaleza y, por lo mismo, sometido a cambio, y en realidad Dios se realiza en el hombre v en el mundo, y todas las cosas son Dios, y tienen la mismísima substancia de Dios, y una y la misma cosa es Dios y el mundo y, por consiguiente, el espíritu y la materia, la necesidad y la libertad, lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto» (DS núm. 2901).
Si los católicos liberales hubiesen atendido a las fuentes filosóficas del liberalismo, hubieran podido advertir la razón profunda de su devastadora influencía descristianizadora. El venerable obispo Torras y Bages veía la revolución liberal como la puesta en práctica del Contrato social de Rousseau. Acertaba plenamente, pero podemos añadir que el propio Rousseau, en su Contrato social, viene a ser un epígono de Spinoza, en todo el sistema de su pensamiento (expuesto en la Ethica, el Tractatus theologico-politicus y el Tractatus politici).
Desde el naturalismo integral de Spinoza carece de sentido el libre albedrío, la conciencia del deber, del mérito y del demérito, o del bien y del mal, pensados como distintos de la utilidad o del deseo al que el hombre es impulsado necesariamente por la naturaleza. Si proclamamos la necesidad natural de todas las operaciones del hombre, nos libramos del sentimiento de culpa por el remordimiento.
El mismo Freud es spinoziano. Un misterio presente en el mundo contemporáneo descristianizado es la frecuencia del lenguaje moralizador, condenatorio precisamente de lo tradicional cristiano y del orden natural de las cosas -del matrimonio monógamo e ¡ndisoluble entre varón y mujer, de la fecundidad contraria al aborto, de la conservación de la vida contraria a la eutanasia, de toda autoridad en la familia y en la escuela- para cumplir literalmente la profecía bíblica: «¡Ay de los que a lo bueno llaman malo y a lo malo, bueno!».
Nuestro mundo está atravesado por la desconcertante paradoja de que la filosofía que inspira el liberalismo es determinista, negadora del libre albedrío y desconocedora del carácter personal del individuo humano. Por esto, no es de extrañar que la mayoría de los que combaten la pena de muerte defiendan la licitud del aborto y de la eutanasia. El juicio condenatorio de Pío IX en la Quanta cura y el Syllabus fue reiterado y sistematizado con precisión admirable en el plano doctrinal por León XIII, sobre todo en sus encíclicas Immortale Dei y Libertas, que presentan el liberalismo como la puesta en práctica del inmanentismo naturalista y, a la vez, advierten que el liberalismo conduce al ateísmo.
León XIII insistió en que viene del ateísmo el que el Estado conceda a todas las religiones iguales derechos. Su juicio se corresponde plenamente con la intención profunda de la concesión, por el Estado liberal, del derecho que propugnaba Spinoza de dejar a cada uno pensar lo que quiera y decir lo que piensa como camino para que el poder político se constituya en única fuente de ideas morales.
En realidad, estamos viendo esto en la vida política interna de los estados y en la vida internacional: desde la ONU y desde la UNESCO, los criterios y las normas con que se pretende evitar el contagio del SIDA o regular la explosión demográfica en el mundo dan por presupuesto como algo obvio que desde los poderes estatales o internacionales no se ha de esperar ni se puede aceptar ninguna normatividad moral de origen religioso, procedente de cualquier iglesia o confesión.

Hay que reconocer que desde la ONU, como desde los poderes políticos estatales, ni se espera ni se aceptaría un juicio moral venido del mundo religioso. Sociológica y culturalmente, nos encontramos con la trágica exclusividad del islamismo en aparecer como una resistencia explícita a la secularización del laicismo en nuestra vida colectiva. Si se hubiese atendido a los procesos reales que hemos presenciado y que han llevado a la descristianización de la cristiandad occidental, tendríamos que reconocer dos hechos importantísimos y de significado decisivo:
En primer lugar, la injusticia sectaria que ha hecho evolucionar el Estado separado de la Iglesia hacia el Estado laicista opresor del derecho a la presencia de la fe en la educación y en la vida social, que no es algo contradictorio con los principios de liberalismo que la Iglesia condenó, ni accidental su dinamismo profundo. En segundo lugar, la hegemónica influencia del sectarismo anticristiano en los medios de comunicación social y en todos los ámbitos culturales que han conformado la mentalidad contemporánea antiteística es algo no sólo coherente con los principios del liberalismo, sino algo intentado por «principios» explícitamente afirmados como la finalidad del propio liberalismo desde sus fuentes filosóficas originarias y capitales.

Al preparar el envío de la ponencia pronunciada en Barcelona en el último congreso de la Ciudad Católica, me parece oportuno añadir unas notas sobre la filosofía profunda de los nacionalismos, a modo de homenaje al eminente pensador Rafael Gambra, recientemente fallecido, y que durante tantos años había colaborado activamente manteniendo la presencia del pensamiento tradicional en tantos ámbitos de la vida española.

En un iluminador trabajo titulado Patriotismo y nacionalismo, publicado en la revista barcelonesa Cristiandad (núm. 160. noviembre 1950, pp. 507-508), Rafael Gambra formuló un análisis profundo y fundamental sobre la génesis y el sentido de la ideología nacionalista que me parece oportuno citar literalmente con alguna extensión:

«Para los ilustrados, las diversas religiones... eran visiones burdas, representaciones populares de una más profunda verdad, que es la comprensión racional, científica, del universo. Y como complemento de este nuevo gnosticismo vulgarizado dominó, en el ambiente de las Luces, una filosofía de la historia según la cual se va operando lentamente un proceso de racionalización en el cual la razón va abriéndose paso a través de las nieblas de la ignorancia, de la superstición y de la creencia. [...]

»La actitud personal del enciclopedista, congruente con esta concepción, habría de ser idéntica a la del antiguo sofos griego, que fue heredada por el gnosticismo: un aristocrático desdén hacia las perecederas creencias del pueblo y del medio ambiente, y la pasividad meramente espectadora del «iniciado» que espera lo que necesariamente y por sus pasos contados ha de suceder.
»Sin embargo, en el seno de la Ilustración, surgió una voz que, si participante del espíritu general del movimiento, era disidente respecto de la filosofía de la historia... fue la voz la J.J. Rousseau. Para el autor del Emilio, el advenimiento de la era racional de la humanidad no ha de venir por sus pasos contados, en un lento pero necesario abandono de los ídolos, porque la irracionalidad no es meramente un estrato previo que se transformará en Ilustración, sino que es causa del mal, del único mal posible, origen de la perversión del hombre, naturalmente bueno... es preciso, en consecuencia, destruir esa sociedad para, sobre ella, edificar la nueva sociedad racional, en la que el hombre, libre de estas influencias deletéreas... recupere el máximo posible de libertad, y con ello de espontánea inocencia.
»Entonces surge de un modo explícito el espíritu revolucionario, por oposición y en contraste con el plácido espíritu enciclopedista que, simplemente, esperaba la evolución. [...] »Esta organización de la sociedad sobre bases racionales a partir de una ruptura con el pasado debería realizarse, para ser lógica, sobre la sociedad universal, o al menos sobre un ideal universalista, antinacional.

»Sin embargo, contra la lógica interna del sistema, el constitucionalismo decimonónico admitió y se aplicó a las nacionalidades existentes, estableciéndose para cada nación una Constitución racional y definitiva que tomaba como objeto y calificativo, precisamente, el nombre de la nacionalidad. Entonces surge un nuevo y extraño sentimiento que, como el antiguo patriotismo, representa una adhesión afectiva a la propia nación, pero que no puede llamarse ya 'patriotismo' porque reniega de la obra de los padres y antepasados, y se funda sobre una ruptura con su mundo y sus valores. Este sentimiento es el nacionalismo».
A continuación, Gambra señala dos características del nacionalismo como «nueva fuerza espiritual del mundo moderno»: su naturaleza teórica frente a la meramente afectiva y existencial del patriotismo... y su absolutividad.
«Al paso que el patriotismo puede ser un sentimiento condicionado y jerarquizado... en el nacionalismo la razón de Estado es causa suprema e inapelable, y la nación o Estado, hipostasiados, comunidad abstracta, constituyen una instancia superior sin ulterior recurso». El fundamentado juicio de Rafael Gambra responde a un conocimiento auténtico de las bases filosóficas y los condicionamientos culturales en que se gestó la doctrina nacionalista: el idealismo filosófico, elaborado en el contexto cultural del Romanticismo alemán. En esta nota de homenaje a Gambra, no haré sino subrayar los rasgos característicos de este pensamiento en el doctrinario del nacionalismo catalán.
Enric Prat de la Riba, en su decisivo manifiesto La nacionalitat catalana, afirma:
«Descentralización, autogobierno, federalismo, estado compuesto, autonomismo, particularismo, suben con el astro nuevo, pero no lo son. Una Cataluña libre podría ser uniformista, centralizadora, democrática, absolutista, católica, librepensadora. Unitaria, federal, individualista, estatista, autonomista, imperialista, sin dejar de ser catalana. Son problemas internos que se resuelven en la conciencia y en la voluntad de un pueblo, como sus equivalentes se resuelven en el alma de un hombre, sin que el hombre y el pueblo dejen de ser el mismo hombre y el mismo pueblo por el hecho de pasar por estos diferentes estados».
No puedo dejar de recordar la indignación con que leía este texto de Prat de la Riba el padre Orlandis, al dármelo a conocer. Contiene un juicio desorientado y desorientador que explica, probablemente, muchas incoherencias internas y debilidades en las posturas políticas que ven en esto una inspiración de sus actitudes pero, con su vaciedad e inconsistencia, el significativo párrafo de Prat de la Riba es coherente con la inspiración filosófica que revela al escribir «la nacionalidad es un 'Volksgeist', un espíritu social o público».
Para los sistemas idealistas en que se plasmaron estos conceptos, este «espíritu del pueblo» es una más cercana y profunda expresión de lo absoluto que la fe o el culto religioso. Aunque tal vez Prat de la Riba no fuese plenamente consciente de ello, se habia ciertamente contaminado e impregnado de aquellas deletéreas concepciones filosóficas.
Se explica así que, para negar que la «unidad católica» pueda ser admitida como explicación de la existencia histórica de España, afirme que «es un contrasentido inexplicable hacer de la religión católica, que es por su naturaleza universal, un elemento de diferenciación de los pueblos. Por su origen, por su fin, por su doctrina y por su misión social, la religión católica es incompatible con la acción nacionalizadora que se le atribuye».
Podríamos observar aquí el carácter abstracto y, en el fondo, racionalista, que atribuye a la catolicidad de la Iglesia, que siempre, a lo largo de su historia, ha asumido y se ha compenetrado en la vida histórica de los pueblos, de tal manera que no sólo los pensadores católicos, apologistas de la fe y de la Iglesia en los distintos pueblos, sino la misma autoridad jerárquica de la Iglesia, ha hablado frecuentemente y ha reconocido secularmente su presencia generadora de tradición católica en los pueblos.
Hace poco tiempo, Juan Pablo II llamó a España «evangelizada y evangelizadora», y nunca la Iglesia ha dejado de proclamarse «generadora maternal» de la vida colectiva y de la tradición de pueblos como Italia, Irlanda, Polonia, Francia o Bélgica. La Santa Sede ha dado el título de Católica a la Corona española, de Cristianísima a la Corona francesa, de Fidelísima a la Corona portuguesa, o de Apostólica a la Corona de Hungría.
El pensamiento implícito del extraño juicio de Prat de la Riba se pone más gravemente de manifiesto si continuamos la lectura del párrafo en que acaba de negar la posibilidad de que la Iglesia católica ejerza una acción formadora de la tradición de un pueblo. Escribe Prat de la Riba:
«Causa de individualización social sólo podrían serlo las religiones antiguas, las religiones naturales, que nacían en cada pueblo como los otros elementos de la vida popular, como el derecho, la lengua. No lo podrá ser la religión de todas las naciones y lenguas».
La extravagancia de estas afirmaciones, desenfocadas y erróneas, pone también de manifiesto que Prat de la Riba no era consciente de que, en la filosofía inspiradora del contemporáneo nacionalismo revolucionario, la negación o total olvido de la trascendencia de lo religioso sobrenatural sobre la sociedad y la cultura humana se apoya, precisamente, en aquella absolutización de lo inmanente. No se da cuenta de que, entendida como «espíritu del pueblo», universalizada y absolutizada en las filosofías idealistas, la nación pasa a tener el papel de las religiones gentiles y a dar desde luego por «cancelada» la economía sobrenatural y divinizante de la Iglesia católica, máximamente apta para ser orientadora y generadora de culturas humanas.
(Esta conferencia fue pronunciada en la Reunión de Amigos de la Ciudad Católica, celebrada en la Fundación Balmesiana (Barcelona) los días 28, 29 y 30 de noviembre de 2003. Se encuentra publicada en la Revista Cristiandad)









domingo, 11 de enero de 2009

"AUTOBUSES ATEOS": LO QUE ESCONDEN

"Probablemente Dios no exista.
Así que deja de preocuparte y disfruta de la vida".


"Probablemente Dios no exista. Así que deja de preocuparte y disfruta de la vida". Este es el eslogan blásfemo que autobuses urbanos del centro de Londres y de otras ciudades de Inglaterra llevan a partir de enero, tanto en el interior como en sus laterales exteriores. Esta semana llega también a España, primero a Barcelona, después a Madrid.
¿Quienes están detrás de la iniciativa y quiénes la financian? En Inglaterra, han aparecido como sus autores la "British Humanist Association" y el escritor Richard Dawkins, autor de 'El espejismo de Dios'. En España, la Unión de Ateos y Librepensadores (UAL), una federación nacida en Cataluña que agrupa a asociaciones en defensa del ateísmo y del laicismo.
* * *
Nosotros creemos que han sido otras manos quienes han escrito esta frase. Las mismas que hacen dormitar a esa inmensa mayoría que dice creer en Dios, y que asiste casi indiferente a este preludio de universal aquelarre. Las mismas que convierten esta campaña de propaganda en una avanzada psicológica para TESTEAR cuánto se ha helado el fuego del amor de Dios entre los hombres.
* * *
Esas manos! ¿No las reconoces? Observa su desprecio y desenfado. Mira lo que primero ha escrito: "Probablemente Dios no exista". No quiere afirmar que Dios no existe, porque eso de alguna manera es nombrarlo. Prefiere el desprecio de la indiferencia teatralmente displicente.
"Así que deja de preocuparte y disfruta de la vida". El desenfado que se refleja en esta frase, no es propio, por cierto, de un ateo común. Hay un trecho entre ser ateo y odiar a Dios, entre el ateísmo y el anti-teísmo. Para odiar a Dios es necesario paradojalmente haberlo Conocido, o Verlo representado en el orden que imprimió en la creación; es necesario dar por sentada Su existencia, y hacerse la ilusión de que se Le puede dañar. ¿No es ésta la ilusión luciferna?
* * *
"Deja de preocuparte y disfruta de la vida" no es algo que se le haya ocurrido ciertamente a Richard Dawkins. Es una frase sacada del Antiguo Testamento que rechaza tal actitud, designándola así: «Comamos y bebamos, que mañana moriremos.».
Curiosamente ambas son idénticas en su significado. Sólo que ahora, se nos invita a asentir a lo que en realidad es una proclama inversa a lo que advierte la Sagrada Escritura para quienes se dejen llevar por ella. Alguién que conoce muy bien la divina Palabra la ha convertido en una especie de burla. ¿Un aviso a los iniciados en los senderos ocultistas del odio a Dios de que el tiempo ha llegado?
* * *
¿Qué tiempo?
"El dragón sabe que no le queda mucho tiempo" dice el Apocalipsis
Y del profeta Isaías leemos:
12 El Señor Yavé de los Ejércitos los invitaba aquel día a llorar y lamentar sus pecados, a cortarse el pelo y a vestirse con un saco. (1Cor 15,32)
13 Pero prefirieron reír y divertirse. Mataron bueyes y degollaron ovejas, comieron carne y bebieron vino: «Comamos y bebamos, que mañana moriremos.»
14 Ahora bien, Yavé de los Ejércitos me ha comunicado esto: «Esta falta sólo será pagada con la muerte.»



El demonio promete la vida a quien disfrute de ella. Y Dios promete la muerte a las sociedades que quieran vivir como si El no existiese. Tremenda alternativa la de nuestros días!

¿Tú qué eliges?

Resurrexit sicut dixit, Alleluia

Santo Tomás de Aquino:

La Pasión de Cristo es suficiente para modelar por completo nuestra vida

§2 Como dice San Agustín, la Pasión de Cristo es suficiente para modelar por completo nuestra vida. Quien quiera vivir a la perfección, no tiene que hacer más que despreciar lo que Cristo despreció en la Cruz, y desear lo que El deseó. En la Cruz no falta ningún ejemplo de virtud.
Si buscas un ejemplo de caridad, "nadie tiene mayor caridad que dar uno su vida por sus amigos" (Jn 15,13). Esto lo hizo Cristo en la Cruz. Por consiguiente, si dio por nosotros su vida, no debe resultarnos gravoso soportar por El cualquier mal. "¿Cómo pagaré al Señor todo lo que me ha dado?" (Ps 115,12).
Si buscas un ejemplo de paciencia, extraordinaria es la que aparece en la Cruz. Por dos cosas puede ser grande la paciencia: o por soportar uno pacientemente grandes sufrimientos, o por soportar sin evitar lo que podría evitar.
Cristo en la cruz sobrellevó grandes sufrimientos: "Vosotros todos los que pasáis por el camino, fijáos, y ved si hay dolor semejante a mi dolor" (Lam 1,12); y pacientemente, pues, "cuando padecía, no profería amenazas" (1 Pet 2,23); "como oveja será llevado al matadero, y como cordero ante quien lo esquila enmudecerá" (Is 53,7). Además pudo evitárselos, y no los evitó: "¿Piensas que no puedo rogar a mi Padre, quien pondría a mi disposición inmediatamente más de doce legiones de ángeles?" (Mt 26,53).
Grande fue, por tanto, la paciencia de Cristo en la Cruz. "Con paciencia corramos nosotros a la lucha que se nos presenta, poniendo los ojos en Jesús, el Autor y Consumador de la fe, el cual, en lugar del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz sin miedo a la deshonra" (Heb 12,1-2).
Si buscas un ejemplo de humildad, mira al Crucificado: Dios quiso ser juzgado bajo Poncio Pilato, y morir. "Tu causa ha sido juzgada como la de un impío" (Iob 36,17). Como la de un impío auténtico: "condenémoslo a la muerte más infame" (Sap 2,20). El Señor quiso morir por su esclavo; El, que es vida de los ángeles, por el hombre. "Hecho obediente hasta la muerte" (Philip 2,8).
Si buscas un ejemplo de obediencia, sigue al que se hizo obediente al Padre hasta la muerte. "Como por la desobediencia de un solo hombre fueron hechos pecadores muchos, así también serán hechos justos muchos por la obediencia de uno solo" (Rom 5,19).
Si buscas un ejemplo de menosprecio de las cosas terrenas, sigue al que es Rey de reyes y el Señor de los que dominan, en quien están los tesoros de la sabiduría: en la Cruz aparece desnudo, burlado, escupido, azotado, coronado de espinas; le dan a beber hiel y vinagre, muere. No te aficiones, por tanto, a los vestidos ni a las riquezas, puesto "que se repartieron mis vestiduras" (Ps 21,19); ni a los honores, pues yo sufrí burlas y azotes; ni a las dignidades, porque trenzando una corona de espinas la pusieron sobre mi cabeza; ni a los placeres, ya que "en mi sed me dieron a beber vinagre" (Ps 68,22).

A propósito de Heb 12,2: "El cual, en lugar del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz sin miedo a la deshonra", comenta Agustín: "Jesucristo hombre despreció todos los bienes de la tierra para indicar que deben ser despreciados".


Santo Tomás de Aquino,
"Exposición del Símbolo de los Apóstoles", C. 4, 2.

RAFAEL GAMBRA: HOMENAJE

A CINCO AÑOS DEL FALLECIMIENTO DE
RAFAEL GAMBRA C

El día trece se cumple el V aniversario de la muerte del Excmo. Sr. D. Rafael Gambra Ciudad, jefe de la Secretaría Política de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón, comendador de la Orden de la Legitimidad Proscrita, requeté veterano de la Cruzada de Liberación, el pensador tradicionalista más destacado de la segunda mitad de siglo XX.


El sábado 17, a las diez y media de la mañana (D.m.) se celebrará una Santa Misa gregoriana de aniversario en la Capilla Santiago Apóstol, Madrid. A continuación, a las doce y cuarto del mediodía, tendrá lugar un seminario de formación sobre don Rafael Gambra, organizado por el Círculo Cultural Antonio Molle Lazo, con la colaboración del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II, en la Fundación Francisco Elías de Tejada

EL CARLISMO Y LA LIBERTAD RELIGIOSA

El Carlismo y la Libertad Religiosa


UN TEXTO CÉLEBRE DE RAFAEL GAMBRA
SOBRE LA DECLARACIÓN DE LA LIBERTAD RELIGIOSA
DEL CONCILIO VATICANO II

El Carlismo ha defendido siempre la unidad religiosa de España. Más aún: esa unidad es la piedra angular del orden político que el Carlismo propugna. Cuando hace de Dios el primero de sus lemas no significa simplemente que cree en la existencia de Dios en el Cielo o que propone la religiosidad como norma de vida de sus adeptos.


El trilema carlista no es un programa de vida personal, sino el ideario de un sistema político. La unidad católica, por lo demás, aunque a veces de forma incongruente con el régimen político, ha estado vigente en España desde tiempos de Recaredo, en el siglo VI, hasta la actual Constitución de 1978, con la sola excepción de los cinco años de la segunda República.


¿Qué es la unidad religiosa? Para mejor entendernos, digamos ante todo qué no es la unidad religiosa. No es, contra lo que muchos creen, coacción ni intolerancia. La fe no puede imponerse a nadie, ni moral ni siquiera físicamente, puesto que es una virtud infusa que Dios concede y que incide en lo más íntimo de cada alma. Tampoco debe ejercerse coacción alguna sobre el culto privado de otras religiones, ni sobre su práctica en locales o templos reservados, con tal de que no se exteriorice ni se propague públicamente, ya que en un Estado confesional la difusión de las religiones falsas debe considerarse como más dañina que la propagación de drogas o sustancias nocivas.


Más aún: el sistema tradicional aconseja el prudencialismo político de acuerdo con el cual el gobernante católico en cuyo pueblo estén arraigadas de hecho más de una confesión religiosa, debe basarse en lo que tengan de común esas religiones, y practicar la tolerancia de cultos. No es el caso de España, donde no existe otra religión ni histórica ni ambientalmente establecida más que la católica.


¿Qué significa entonces la unidad religiosa que el Carlismo propugna como primero de sus lemas? Simplemente, que la legislación de un país debe estar inspirada por la fe que se profesa –la católica en nuestro caso– y que no puede contradecirla; que las costumbres, en cuanto son influidas por la ley y la política del gobernante, debe procurarse que permanezcan católicas. Que la religión, en fin, debe ser objeto de protección por parte de la autoridad civil.


Dicho de otro modo: que no se pueden dictar ni proponer leyes que contradigan a la moral católica –ante todo el Decálogo–, ni que atenten a los derechos y funciones de la Iglesia. Este fundamento religioso (religión es religación con un orden sobrenatural) es radicalmente opuesto al principio constitucional moderno, según el cual el poder procede del hombre, de su voluntad mayoritaria, y nada tiene que ver con Dios ni con el Decálogo, que sólo concierne a la vida privada de quienes profesan esa religión. Recordemos que el origen de nuestras guerras civiles –que siempre tuvieron un trasfondo religioso– los dos gritos que se oponían entre sí eran ¡Viva la Religión! y ¡Viva la Constitución!


La confesionalidad del Estado y la conservación de la unidad religiosa allá donde exista son, ante todo, una consecuencia del primer Mandamiento que nos prescribe amar a Dios sobre todas las cosas, y no sólo en nuestro corazón o privadamente, sino también las colectividades que formemos, familiares o políticas. En segundo término, es una necesidad para conservar el bien inmenso de una religiosidad ambiental o popular, de lo que depende en gran medida la salvación de las almas.


En algunos momentos cumbre de la historia el Cristianismo se propagó de un modo súbito, cuasi milagroso: en el Imperio Romano en tiempos de los apóstoles, en la rápida cristianización de los pueblos bárbaros a la caída de Roma, en la difusión fulgurante de nuestra fe en la América española. Pero en lo demás la fe requiere ser mantenida con esfuerzo y evitarle peligros, al igual que debemos hacer con nuestra fe personal, y con la salud y el dinero, y cualquier género de bienes, que requieren ser guardados y preservados. Bajo un Estado laico la fe tiene que perderse, porque ese pueblo no merece la fe que ha recibido, y ello está a la vista en nuestra sociedad.

En segundo lugar, tampoco puede subsistir un gobierno estable que no se asiente en lo que Wilhelmsen ha llamado una "ortodoxia pública". Es decir, un punto de referencia que sirve de fundamento a la autoridad y a la obligatoriedad de las instituciones, las leyes, las sentencias. En rigor, si se establece la libertad religiosa (y el consecuente laicismo de Estado) resulta imposible mandar ni prohibir cosa alguna. ¿En nombre de qué se preservará en una tal sociedad el matrimonio monógamo? ¿Bajo qué título se prohibirá el aborto, la eutanasia y el suicidio? ¿Qué se podrá oponer al nudismo, a la objeción de conciencia, a las drogas o a la promiscuidad de las comunas?


Bastará que el afectado por el mandato o la prohibición apele a una religión cualquiera –incluso individual– que autorice tal práctica o la prohiba. ¿Y qué límite podrá poner el Estado a esa libertad religiosa si se la supone basada en "el derecho de la persona"? Quien desee divorciarse o vivir en poligamia no tendrá más que declararse adepto a múltiples religiones orientales, o al Islam, o a los mormones. Quien quiera practicar la eutanasia o inducir al suicidio, podrá declararse sintoísta. El que desee practicar el desnudismo público alegará su adscripción a la religión de los bantús, y los objetores al servicio militar buscarán su apoyo en los Testigos de Jehová. En fin, los que vivan en promiscuidad o se droguen, hallarán un recurso en los antiguos cultos dionisíacos o báquicos.


La inviabilidad última de cualquier gobierno humano (que recurre simplemente a la fuerza) se hace así patente. La "libertad religiosa" es, por su misma esencia, la muerte de toda autoridad y gobierno.


Se objetará, sin embargo, que la Declaración Conciliar Dignitatis Humanae del Concilio Vaticano II ha propugnado la libertad religiosa y el consiguiente laicismo de Estado.


¿Qué hemos de pensar de esto los carlistas? A mi juicio, lo siguiente:

1.º.- El Concilio Vaticano II no es un concilio dogmático sino sólo pastoral, por propia declaración: por lo mismo, exento de infalibilidad.

2.º.- La libertad religiosa en el fuero externo al individuo contradice la enseñanza de todos los papas anteriores (uno de ellos santo) desde la época de la Revolución Francesa, y particularmente a la encíclica Quanta Cura de Pío IX que reviste las condiciones de la infalibilidad.

3.º.- La Declaración Conciliar se contradice a sí misma, puesto que afirma al mismo tiempo que deja intacta la doctrina anterior.

4.º.- Los amargos frutos de esa Declaración son bien patentes en la Iglesia y en la sociedad.

5.º.- Si esa Declaración hubiera de ser recibida como "palabra de Dios", al Carlismo no le quedaría más que disolverse, porque ha sido el último y más heroico empecinamiento en la defensa del régimen de Cristiandad.


(Cfr. HOJA INFORMATIVA de la Comunión Católico-Monárquica-Legitimista, Madrid, septiembre
1985)

EL AVE MARÍA y EL ROSARIO: SIGNO DE CONTRADICCIÓN

VERDAD OLVIDADA

Todos los herejes, que son hijos del demonio, y que llevan las señales evidentes de la reprobación, tienen horror al avemaría; aprenden el padrenuestro, pero no el avemaría y preferirían llevar sobre sí una serpiente antes que un Rosario.

Entre los católicos, los que llevan el signo de la reprobación no se cuidan apenas del Rosario, son negligentes en rezarlo o lo rezan con fastidio y precipitadamente. Yo no sé, ni veo con claridad cómo es que una devoción aparentemente tan pequeña puede ser señal infalible de eterna salvación, y su defecto, signo de reprobación; y no obstante, nada más cierto.

Nosotros mismos vemos que quienes en nuestros días profesan las doctrinas nuevas condenadas por la Iglesia, a pesar de su piedad aparente, descuidan la devoción del Rosario y con frecuencia lo separan del corazón de quienes les rodean, con los pretextos más hermosos del mundo. Se guardan muy bien de condenar abiertamente el Rosario y el escapulario, como hicieron los calvinistas; pero su manera de conducirse es tanto más perniciosa cuanto más sutil.

San Luis María Grignion de Montfort
"El Secreto admirable del Santo Rosario", Nº50